domingo, 20 de diciembre de 2009

RECIBÍ UN REGALO PARA NAVIDAD



El escrito que sigue me lo envió como obsequio CRISTINA DI MARTINO, mi maestra en Símbolos de Luz, lo camparto con ustedes para que mañana recibamos con AMOR al Espíritu de Navidad:


La noche del 21 de diciembre baja el ESPIRITU DE NAVIDAD con la misión de DAR. Es tu oportunidad. Esa noche toma uno o varios papeles y después de saludar al ESPIRITU DE NAVIDAD, pasa a hacer tus peticiones para el año que va ha comenzar.

Escribe un saludo al ESPIRITU DE NAVIDAD y comienza a hacer tus peticiones:

Puedes hacer peticiones de todo orden pero es bueno que pidas también para los demás, pide salud para ti, para tus familiares, para el mundo entero. Pide mejores ingresos, pide ropa, pide abundante provisión, pide una casa propia, pide lo que se te antoje, no te limites, que nuestro Padre Celestial, es riquísimo, su poder y sus bienes no tienen limites.

Antes de comenzar a pedir, confiésate ante el Señor, pide perdón de todo corazón por tus faltas reconocidas y aún por la que no reconoces. Ofrece y proponte corregirlas de veras. Luego perdona de todo corazón a todo el que tu creas que te a hecho algo que te ha disgustado, perdona, perdona, perdona de veras. Has un acto de amor y gratitud. Ante este DIOS paciente que siempre esta dispuesto a perdonar, y ahora limpiecito, con el corazón radiante de alegría y esperanza, comienza tus peticiones. Cada petición ha de ir escrita en una tira de papel. La puedes guardar en una caja, bolsa o lo que sea. A medida que se van cumpliendo las quemas y das gracias, o bien el otro año antes de comenzar a pedir miras tus peticiones del año que paso y cada petición cumplida la quemas y das las gracias. Veras que es mucho lo que has alcanzado.

Que sepas pedir y que la LUZ te envuelva. Ah!!! Y que sepas hacer uso de los bienes que recibas.

Un gran abrazo de Luz
Cris
www.simbolosdeluz.com.ar

sábado, 12 de diciembre de 2009

NAVIDAD






Hasta no hace mucho, Navidad fue para mí una palabra que me llevaba con su mano cálida hacia distintos momentos de alegría, de aroma a jazmines y perfumes de budines horneándose, de vísperas y preparativos alrededor del árbol, de regalos, de besos amorosos, y también de la primera comunión en la Parroquia de la Merced, ceremonia que esa vez se llevó a cabo en un día tan especial.
Hoy ese equipaje del pasado y la palabra NAVIDAD le abren las puertas a un espacio presente que elijo transitar. Con profundo agradecimiento por lo vivido, me instalo en la intención de que LA NAVIDAD sea un sentimiento continuo de PAZ Y AMOR INCONDICIONAL, que se genere y enriquezca cada mañana de todos los días de todos los años, como si la mesa festiva continuara puesta para siempre porque el corazón así lo ha decidido.

En mi casa el árbol ya está adornado, los jazmines perfuman los rincones, preparo tortas con miel y canela, el 24 iré con José y mi mamá a la Misa del Padre Carlitos, me encontraré con gente muy querida (Lili Llamas de Tognetti y su familia, los Lorenzo, Negrita Spinetta, Cintia Yaryura y su mamá, Susy Biale con Jorge y los hijos y más), luego brindaré con mis familiares, mis primos Santiago, Lucas y Gabriel encenderán globos a las 12 recordando la LUZ del CREADOR y pasará la noche y el día siguiente y el otro y el otro con la mirada perenne de este, mi nuevo tiempo en el que intento con certeza que LA NAVIDAD no se vaya nunca.



¡FELICES FIESTAS!

lunes, 30 de noviembre de 2009

SANARSE DE UN REMEDIO



Hace muchos días que no escribo para este querido blog. Estoy reponiéndome de los efectos de un “remedio” y mi energía estaba un poquito debilitada. Ustedes pensarán qué significa “rehabilitarse de un remedio”.
Sucedió que una raíz que sostenía perno y corona desde hace veinte años me produjo un infección en la boca y el dentista prescribió antibióticos para realizar la extracción. Los tomé confiada pese a que, en general, no consumo medicamentos alopáticos. Supuse que el odontólogo hacía lo mejor para mí. Ni bien terminé la última pastilla comenzaron molestias en el aparato digestivo que se convirtieron en un vendaval desestabilizante: tuve cistitis, mucha fiebre, decaimiento, vómitos, etc, etc.
Vivimos un tiempo que nos exige estar bien despiertos y concientes de cada paso porque como el miedo se ha impuesto “hay que salvarse uno y el otro, bueno, que se arregle como pueda”. Consulté con dos médicos alópatas y dijeron lo mismo: excesiva dosis de “remedio por las dudas”, sin tener en cuenta quién es el que lo va a ingerir.
No estoy en contra de los “remedios” que en otro tiempo me han ayudado por ejemplo a curar una fístula, ni de los odontólogos que nos ven solamente como una BOCA, pero insisto en que abramos bien los ojos antes porque no siempre se piensa en el bien del paciente.
El miedo a los juicios por mala praxis, el miedo a perder, a no tener, lleva a la desesperación por cubrirse entonces los “remedios” se convierten en enemigos.
Pensar en qué le pasa al otro tiene que ser una prioridad de todos y en esta palabra “todos” están incluidos los profesionales de la salud.

viernes, 6 de noviembre de 2009

CONTINÚA LA ESCRITURA Y EL DESTINO


Transcribo fragmentos de Abril y La casa de Isabel, dos de mis cuentos.


Abril

“A las doce llegaba la tía Madrina en el tren.
La iba a buscar a la estación de la mano de su papá. Esperaban. A cada rato se ponían en puntas de pie para vigilar el horizonte como si el deseo pudiera dibujar el tren, de golpe, para calmar la ansiedad. Mientras, la gente iba cubriendo el andén, unos con valijas, otros, como ellos, con un equipaje invisible como tal pero bien a la vista en la mirada, en los gestos.
La nena, cada dos por tres, cierra los ojos con fuerza, luego de unos segundos los abre y encuentra nada más que la desnudez de los rieles juntándose lejos. Cuando vuelve a mirar, después de haberse distraído girando sobre sus talones con las puntas de los pies levantadas, lo ve venir. Primero la máquina definiendo su solemnidad con paso seguro y enseguida los vagones constantes, demasiado veloces para distinguir a los viajeros preparándose para bajar. La nena busca a la Madrina y por eso salta, le habla al padre interceptando con su voz el sonido de los frenos, agita los brazos pensando que ella puede verla desde arriba.

Hay una edad imprecisa en la que uno desconoce el tiempo. Después cuando la Madrina deja de venir porque es “la ley de la vida”, se sabe que el tiempo está hecho de las imágenes que le proporcionamos desde nuestro comienzo. Ellas se colocan una a continuación de la otra sin perspectiva.

Allí está, elegante, con traje gris o azul, el bolso apoyado en el suelo y la cartera negra de cuero colgando desde el codo, aprovechando el doblez del brazo cuya mano retoca los rulos de la permanente recién hecha para venir al cumpleaños de la nena. La otra mano sostiene con fuerza la baranda sin brillo.
El tren termina de llegar con una frenada definitiva y el sol certero completa esa imagen del tiempo. Siempre es abril con olor a hojas quemadas y a otras que si se las recoge así, separadas, no tienen perfume, pero juntas en el suelo a punto de retractarse de un verde hasta ese momento eterno, hacen que el viento huela y aún con los ojos cerrados se sabe el mes. Pero también se sabe porque viene la Madrina al cumpleaños de la nena que aguarda en la estación.

¿Será la memoria quien define la existencia del tiempo o es que todo sucede ahora? ¿Cuándo empieza uno a evocar y en ese acto lo evocado vuelve a suceder como la primera vez?

La hora de la siesta del día del cumpleaños, es la imagen que sigue.
El toldo naranja y blanco del patio estaba corrido para atenuar el sol de frente y la puerta de vidrio que daba al hall, abierta de par en par. Allí sentadas a la mesa, la nena y la Madrina rellenaban las tarteletas; unas con apio y mayonesa, otras con crema de morrones.
Conversan de sus cosas, la nena habla de la banda rítmica de la escuela, a ella le dieron los toc-toc para marcar el compás de “La danza de las horas”, le sale bien, le gusta el salón con el piso de madera que huele a cera, la maestra de música se llama Elena y tiene peluca marrón, se le nota y todos se ríen cuando se da vuelta. La Madrina, entrecerrando los ojos cuando habla, cuenta de allá, de su marido que corta el pelo, de su hijo que trabaja en el banco en la capital y ella lo extraña, de las chicas de enfrente que juegan con la nena todos los veranos, de la pileta que estará terminada para enero, de los amarilis y las rosas, de las gallinas un poco haraganas para poner ese año, tal vez por el calor, no sabe. Entre las palabras acomodan los bocaditos uno al lado del otro formando círculos concéntricos.
La cadencia de la charla entusiasta es testigo en la penumbra de la siesta de un día distinto.
Otro día o el mismo, las dos iban a misa. La fiesta empezaba al levantarse, yendo y viniendo en camisón por la casa, midiendo el aire desde adentro para elegir la ropa adecuada. Interceptan un mate y empiezan a vestirse con esmero. Antes de salir el espejo de la cómoda les da el visto bueno mientras la mamá de la nena tiende la cama. La mantilla va en la mano detrás del misal que aloja el rosario de nácar con cadena de plata.
La nena tiene botitas blancas y mantilla de tul del mismo color, la madrina, repite el negro en los mocasines y en el encaje que le cubrirá la cabeza. Se vuelven solo si han olvidado de ponerse colonia pero cuando las campanas empiezan a llamar ya no hay más que hacer. Se apuran y salen escuchando orgullosas los reclamos del estómago. No han comido nada porque Nuestro Señor sólo puede entrar con un ayuno de tres horas.
La nena y la Madrina se van con sonrisas y taconeos rápidos hasta la iglesia, suben los dos escalones y se persignan antes de mojar los dedos en el agua bendita para repetir luego la señal de la cruz. Se las ve celebrar con devoción una muy cerca de la otra, en los bancos más pegados al altar para no perder el hilo de los acontecimientos sagrados.
Ese día la misa no es lo más importante de la mañana de un domingo, es nada más que una parte de la gran ceremonia que se repite cada abril para el cumpleaños de la nena.

Las evocaciones parecen retratos y lo son. Pertenecen a la cadena de imágenes de la propia vida, creo.
Salen de la iglesia con los ramos de olivo bendecidos. Van por la vereda del brazo, sin apuro, conversan, se ríen, hacen el camino de vuelta entre las hojas que no tienen perfume pero saben el mes. Es abril.”
La casa de Isabel
“Volví después de treinta años y toqué el timbre. La casa parecía igual. Siempre me resultó lógica la casa de Isabel porque, al estar construida en el centro de un gran terreno, la rodeaban espacios abiertos que, según mis ojos y algo más, constituían el paraíso. Un enorme cantero verde formaba el jardín del frente con seis plantas de rosas atadas a los testigos pintados de blanco y rojo (obra del abuelo); dos ventanales y la puerta de entrada de madera maciza miraban a este sector; en la porción de jardín del costado izquierdo, había más rosales y un jazmín; por el lado derecho, en cambio, un camino ancho de laja parduzca conducía al garage levantado en el fondo; atrás, finalmente, estaba el patio similar a un tablero de ajedrez, adonde daban la puerta y la ventana del comedor de diario. Para nosotras era muy conveniente que toda la casa estuviera circundada por un camino angosto de baldosas, porque nos permitía dar la vuelta manzana, pasando siempre por el tablero del patio. Como nuestra consigna era que nadie nos viera desde adentro, nos agachábamos al llegar a cada ventana, es decir ocho veces por vuelta.
La vereda era un territorio al que no le prestábamos mucha atención; nos bastaba con el lugar que teníamos desde la verja verde de alambre artístico hacia adentro; mi imaginación de nueve años la consideraba un abismo infranqueable, idea que Isa respetaba seria y callada. Me llevaba muy bien con ella desde que en primero superior la maestra decidió sentarnos juntas porque yo hablaba mucho; las dos aprendimos a equilibrar mi charla interminable y sus silencios prolongados, aunque a veces lo eran tanto, que me enojaba y suspendíamos los encuentros. Después de unos días de incomunicación a pesar de estar en el mismo grado, una de las dos proponía reunirse para hacer los deberes y entonces me quedaba en su casa después de mi clase de piano con Inés, su hermana mayor.
Esperé y no salió nadie, toqué dos timbres cortos y observé las rosas.
Mi mamá me acompañaba a la casa de Isabel, íbamos caminando. Yo tenía permiso del médico porque era una travesía corta; los grandes me explicaban que, después de cuatro años con las piernas enyesadas, debía recuperar la movilidad paulatinamente; tal vez para ellos era razonable pero poder caminar y correr significaban, para mí, descubrir lo trivial, todo aquello que otros chicos habían explorado al cumplir un año, por eso en el caminito de la casa me olvidaba del paulatinamente y corría tanto como la renguera me lo permitiese.
Los martes y jueves a las tres, entraba al living fresco y suntuoso con perfume a viejo en primer plano y después un vago olor a flores. Allí los pasos percutían la madera durante el viaje que recorría con la profesora hasta llegar al piano abierto. Dejaba que Inés fuera adelante y me retrasaba avanzando sin apuro, con ganas de retener el paso para que no terminara el sabor anticipado del presagio. Era el momento en que yo iba únicamente conmigo hasta el piano inminente y me gustaba la seducción de esa soledad diminuta.
Todo empezaba con una hora de estudio al compás del metrónomo inagotable que marcaba las semicorcheas. Inés interrumpía a cada rato y de a poco mis dedos cortos se unían al marfil como si no los pudiera dominar. Corrían locos en blanco y negro a pesar de que mi mente navegaba alucinada hacia el futuro inmediato. Las manos, desligadas de la indomable ansiedad por lo que vendría, lograban un decir que mi boca ni siquiera intentaba. Yo deseaba el resto de la tarde con la gente y la casa; mis manos, no sé.
A las cuatro aparecía Isabel con su abuela, como el gong que marcaba el final de la clase sonando al unísono con el tañido del reloj de pared. Inés, luego de hacer las últimas indicaciones, desaparecía detrás del cortinado de brocato que separaba el living del comedor. La fiesta comenzaba sin importarme el pasado y menos el futuro. La abuela con el corsé apretado delineando su figura delicada, ponía las manos blancas sobre el piano, marcaba el ritmo con el pie y los valses alemanes de su juventud subían más allá de las nubes, mientras nosotras bailábamos levantándonos la pollera con la punta de los dedos, imitando a las damas de las ilustraciones de los libros de cuentos. A veces la pianista octogenaria se acomodaba los anteojos y aprovechaba para relatar alguna anécdota graciosa y entonces, cuando volvía al teclado, otro vals surgía de su memoria, quizás evocando ilusiones de antes. Cuando la madre de Isabel nos llamaba desde la cocina impregnada con olor a torta en el horno, dejábamos la fiesta, casi siempre protestando y nos instalábamos en el comedor de diario para hacer la tarea. Isa me explicaba los problemas de Matemáticas que a mí me costaban y después calcábamos los mapas con plumín y tinta china. Si no había mapas terminábamos más rápido y nos íbamos a jugar alrededor de la casa infinita.
No salió nadie -quizás esté deshabitada- pensé, aunque los rosales florecidos y la tierra regada no lo confirmaban. Toqué otra vez y esperé.
A las seis, la abuela nos llamaba a tomar el té. A veces en invierno era casi de noche con lo cual la infinitud de la casa se volvía fascinante porque semejaba una gran mansión sin límites visibles que contenía abuelos, hermanos, habitaciones enormes, un perro salchicha, un auto y sobre todo el misterio fantástico de las travesías desde y hasta donde yo quisiera recorrer, sin preocuparme por la sombra de la noche que invadía el juego.
La ceremonia del té no era la de una merienda común. Se encendían todas las luces del comedor, un enorme mantel blanco caía largo sobre la mesa de caoba, la abuela de piel blanca vestida de negro traía la tetera caliente y ocupaba la cabecera más cercana al pasillo, porque la otra pertenecía al abuelo. Ponían sobre la mesa una bandeja con jamón y queso, una con pan tostado, el plato grande de porcelana inglesa verde con torta de manzana o bizcochuelo recién enfriado, las tazas y las cucharitas, la azucarera, la lechera y la dulcera de cristal con mermelada brillante de naranja.
La familia se sentaba en sus lugares y nosotras, siempre juntas, no parábamos de cuchichear. A pesar de la formalidad de los preparativos que le imponían seriedad a la circunstancia, una vez que todos desdoblábamos las servilletas almidonadas sobre la falda, transitábamos una de mis travesías favoritas: casi sin darnos cuenta rompíamos el acartonamiento con movimientos suaves llenos de tintineos de porcelana, migas de tostadas y charla risueña.
Alrededor de las siete me venían a buscar, era el momento en que, de común acuerdo, Isa y yo franqueábamos la verja y jugábamos un rato en la vereda mientras nuestras madres hablaban.
Después de tanto esperar se abrió la puerta de madera. Apareció una mujer no muy alta y detrás de ella las dos nenas de nueve o diez años que, sin tomarme en cuenta, huyeron corriendo por el caminito. La mujer me preguntó qué necesitaba y no pude responder, balbuceé que me habían dado mal la dirección y enfrenté una travesía: crucé la calle para alejarme y mirar. Desde allí vi a las nenas jugar a la escondida en la eternidad de la tarde, daban la vuelta manzana hasta perderse; una de ellas peinada con dos colas de pelo largo, corría con esfuerzo y rengueaba al caminar pero no paraba de reírse. Al terminar la sexta campanada lejana del reloj, la abuela de Isabel, vestida de negro, las llamó a tomar el té”.


Escribir y caminar son, para mí, inseparables. Desde su relación simbiótica me permiten delinear mi vida, hacerme. La realidad es que las actuales prótesis de ambas caderas me obligan a pisar lo menos posible por lo cual la escritura es una extensión de las piernas y más que eso, me ha formado alas por todos lados para que libremente elija adónde ir. No hay laberintos que no quiera recorrer, ni encrucijadas que me obliguen a dar marcha atrás.
Si las adversidades intentan desatar mi autocompasión por ejemplo cuando las barreras arquitectónicas me impiden ir al teatro, al cine, al baño, a cumplir con trámites; no dejo que la rabia tome el mando. No me compadezco de mí. Busco otra forma, pregunto, pido ayuda. Mientras, pienso en alguien que me necesite, lo llamo por teléfono, le doy una mano con la palabra o con conocimientos que puedan aliviarlo. Con más o menos esfuerzo, me corro del lugar de “mí misma con un problema”. Milagrosamente mis cosas se encaminan.

ORACIÓN POR LA SEQUÍA





Todos juntos podemos aunar nuestra energía y lograr resultados magníficos. Esta oración me la envió Cristina Di Martino quien me acompañara el domingo pasado en el nuevo camino de los SÍMBOLOS DE LUZ.



Se unirán quienes sientan en su corazón a trabajar con el Rayo Rosa del Amor Divino
llenando de este Rayo lugar, país y ciudad para la Alabanza del Amor en el lugar
y así pedir:



"Que la gloria del Padre Madre baje en abundancia en todos los elementos,
Que el Amor de Dios regocije el lugar llenando de Pura Luz,
Que el agua esté en Perfección Divina Manifiesta
que así sea y así es".

UN ABRAZO DE CORAZÓN A CORAZÓN

NORA

miércoles, 28 de octubre de 2009

LOS ABRAZOS ROTOS



Es la última película escrita y dirigida por Pedro Almodóvar. Fui a verla el miércoles pasado y estrené, una vez más, el placer que el cine me genera cuando el film completa aquellos espacios pendientes siempre de un feliz sentido estético.
Quiero decir que es como si “el otro” –en este caso un conjunto sobresaliente formado por el guión, la escenografía, el trabajo actoral, la dirección y la bellísima isla de Lanzarote- se integrara a mí que pese a estar absorta en la butaca entro en la historia por dos horas, recorro el celuloide y el alma de los personajes maravillosamente delineados por el pincel de las palabras y los gestos.
Cuando terminó quería quedarme un rato más con el “guionista-director ciego” Cane –seudónimo elegido por el personaje que nos remite a la película El Ciudadano, uno de los homenajes de Almodóvar al cine- y decirle que Diego es...; o sentarme a tomar café con Penélope Cruz en una de las últimas escenas de la película dentro de la película... o... No, no quiero contar más porque el mayor encanto de esta historia es sentarse en el cine y convocar la magia de sus hacedores para que se encienda la pantalla y comience esa riquísima porción de vida.

LAS FOTOS SON DE LUGARES DE LANZAROTE DONDE SE FILMÓ LA PELÍCULA

sábado, 24 de octubre de 2009

UN NUEVO MANDALA






Cuando en Capilla del Monte Ana me habló de mi ángel, el Querubín Yesalel que trabaja los siete días de la semana “poniendo amor” en La Creación, se me ocurrió dedicarle un mandala que había dejado inconcluso. De regreso lo terminé con rosa que es el color de Yesalel.

Deseo compartirlo para que, si resuenan con él, o simplemente les gusta, lo utilicen como vehículo para la meditación.
UN ABRAZO AMOROSO:


NORA

miércoles, 21 de octubre de 2009

PARA ALIVIAR EL SUFRIMIENTO





Nos ha tocado nacer en este tiempo en el que transitamos importantes bifurcaciones. Caminos que vienen de antes toman el rumbo generado por conocimientos nuevos, y la senda espiritual –terrena, asible y maravillosa como el regalo de un atardecer-, enciende su faro que aún nos cuesta seguir. Persiste nuestra atadura al ego que nos enferma y nos impide vislumbrar la fuente Divina de sanación, paz, felicidad y abundancia que llevamos dentro por pertenecer a La Luz, Lo Supremo, La Creación, Dios, Alá, La Divina Providencia, Lo Inefable, El Uno.
Por el ego sucumbimos a vivir del qué dirán, a pensamientos negativos (no tengo, no puedo), al deseo de recibir todo para nosotros, a enjuiciar y criticar, a las ansias de tener en lugar de SER genuinamente lo que somos: Espíritu Divino.
Podemos elegir soltarnos de una vez del sufrimiento y de la enfermedad y buscar salidas. Tenemos mucho para ver y optar:
Homeopatía, Alopatía, Terapias Psicológicas, Chamanismo, Terapias Alternativas, Rei-Ki, Metafísica, Kabbalah, Oración a Jesús, a la Virgen y a todos los Maestros Espirituales Ascendidos, por nombrar algunas opciones que no excluyen otras. A lo mejor todas juntas o combinadas pueden ayudarnos a levantar las barreras que nos encierran en el desasosiego.
Tengo claro, porque así me sucedió, que uno elige de acuerdo a lo que puede según su momento. De muy joven hubiera debido abordar una terapia psicológica y mil veces aseguré no precisarla. Después de muchos años hubo una situación de sufrimiento que me trajo la necesidad de buscarla y lo hice con afán. Me fue muy bien. Cuando se me abrió una fístula en la pierna –consecuencia de un recambio de prótesis de cadera-, uní la alopatía con la homeopatía, el Rei-Ki, el psicoanálisis, la Unción de los enfermos –Sacramento Cristiano-, y las oraciones a la Virgen María. La fístula se curó. Dijo mi maestra de Rei-Ki que mi elección de sanarme fue la motivación para encarar todos los tratamientos.
Cada uno de nosotros circula por su momento absolutamente individual y respetable, propio de su circunstancia. Él nos conducirá a elegir aquello que pueda sacarnos del dolor y del sufrimiento.
María del Carmen Sandoval –mi querida prima compañera de la vida desde los primeros suspiros-, es Licenciada en Servicio Social y está dedicada, junto a otros profesionales de diferentes disciplinas, al Cuidado Paliativo.
Comparto con ustedes su página esclarecedora del tema:

www.cuidadospaliativos.net.ar

Los saludo con el amor de siempre
NORA



miércoles, 14 de octubre de 2009

SEPTIEMBRE EN CAPILLA DEL MONTE


En septiembre estuve con José (mi compañero de la vida) en Capilla del Monte. Fuimos muy felices, el paisaje nos dio una bienvenida de cielo y cerros sublimes.
Conocimos a Ana, una hermosa persona sabedora de las piedras y los ángeles.
En nuestros dos encuentros latimos al compás de la misma melodía, entendimos nuestra unión como almas pertenecientes a un Todo inefable. Encuentro-hallazgo cuyas ondas amorosas se expanden y resuenan en la búsqueda de otros.
Si vamos por los senderos de la vida sin juzgar y vivimos con plenitud el presente esforzándonos en el perdón, los encuentros-hallazgos se producen casi a diario, la felicidad nos da su bienaventuranza, el sufrimiento deja de tener existencia.

lunes, 12 de octubre de 2009

UN MANDALA

¿QUÉ SIGNIFICA DIBUJAR YPINTAR MANDALAS ?


Es sentir lo profundo de mi interior
rebalsándose de su cauce en armonía mientras acaricia y tranquiliza mis espacios.
Es la emoción de ser que viene a la
superficie con inmensa alegría aunque
genere lágrimas amorosas. ¿Por qué
amorosas? Porque, como un milagro,
evaporan la angustia.

domingo, 11 de octubre de 2009

El primer capítulo de LA ESCRITURA Y EL DESTINO

Aparente quietud

Nací con una malformación en ambas caderas, me faltaban las cabezas de los dos fémures. Cuenta Elsa, mi mamá, que el médico– pediatra y traumatólogo- me revisaba exhaustivamente y no veía nada extraño.
Recién a los 13 meses empecé a caminar moviéndome como un pato. Solo daba pocos pasos y pedía upa. En la primera radiografía se vio y tuvimos el diagnóstico: Luxación congénita. Era lamentable que hubiera caminado –según expresaron los profesionales. Nunca supe bien por qué. El pediatra le enrostró a mi mamá el hecho de no haberse dado cuenta de que al cumplir el año todavía no caminaba sola. “Estábamos en sus manos, doctor”, dice ella que le contestó decidida.
Crecí con esta frase. Si bien los conocimientos especializados confieren autoridad, pienso que tenemos el derecho y la obligación de ver a los depositarios de un saber como seres humanos con historia personal a cuestas y con el ego que muchas veces esconde las palabras realmente necesarias para ayudarnos.
¿Tenemos que vivir “en manos de otros” o es mejor tomar el control de nuestra vida? No quiero dejar que alguien decida por mí justamente sobre mí.

Elsa es hija de inmigrantes italianos: María y Gennaro que llegaron a Buenos Aires en 1909 y se instalaron en Mercedes porque ya tenían familiares que habían venido antes. El apellido de Elsa significa “refuerzos” y, tal cual dice la palabra de su nombre, eso ha sido no solo para mí, sino también para Juan Manuel, mi papá, que necesitó el apoyo femenino en la misma proporción del que daba a los demás: cuantioso, ilimitado a veces. Él fue militar, suboficial. Se casaron en 1948 en Mercedes y se establecieron en Caseros en un pequeño departamento alquilado. Rápidamente entablaron amistad con Susy y Oscar, otra pareja de la cuadra que se había casado el mismo día pero en Caseros y se veían todas las mañanas cuando las mujeres despedían a sus esposos muy temprano.
Recién después de siete años nací yo. Al principio no habían querido hijos para poder disfrutar de la vida solos, después llegó el miedo a parir porque una hermana muy joven de Juan Manuel murió de ataque de clancia al dar a luz a su segundo hijito. Cuando tomaron la decisión Elsa quedó embarazada y lo perdió a los dos meses. Finalmente el 1º de abril de 1955, después del fórceps, los sorprendí con cuatro kilos ciento cincuenta gramos. Esperaban un varón “con una gran cabeza”, según el obstetra. Como no habían pensado nombre de mujer Elsa eligió el de una prima de Juan Manuel a quien ella quiere mucho: Nora, y Beatriz porque se usaba y quedaba lindo al lado de Nora.

Si la radiografía de fines del 56 explicó por qué caminaba mal y me cansaba, el tratamiento dio vuelta la vida de la familia. A los diecinueve meses me enyesaron en posición de rana desde debajo del busto hasta los pies con los dedos al aire. La inmovilidad era fundamental para que se formaran las cabezas de los fémures. Dice Elsa que Juan Manuel lloraba por “la nena” y ella le aseguraba que yo me iba a recuperar.
No tengo recuerdos de ese principio, el primero es el día en que cumplí dos y me asustó mucho el flash del fotógrafo. Cuenta Elsa que pedía brazos, lloraba, no comía bien y me encaprichaba. Cuando se lo dijo al Dr. Rámos Vértiz (un traumatólogo del Hospital Militar que llegó a ser muy reconocido) él le aconsejó que me pusiera límites porque: “con el tiempo la nena va a caminar pero si usted la malcría y la acompleja eso no se lo saca más”. Elsa “refuerzos” tomó estrictamente las palabras del médico y procedió.
Para poder llevarme de otra manera que no fuese alzada Elsa y Juan Manuel encontraron una solución. Una familia de Caseros, cuya hija había tenido luxación en una pierna, nos prestó la silla hecha con un armazón de hierro, ruedas y lona donde dos orificios permitían que pasara las piernas quedando suspendida.
Elsa mandó a confeccionar fundas de piqué blanco que tapaban el yeso –para evitar que se ensuciara, consejo de los médicos – y me vistió primorosamente la parte superior.
Periódicamente íbamos en tren al Hospital para cambiarme el yeso. Como no me quedaba quieta el ratito que me liberaban, el anestesista me dormía con la máscara de gas que olía a goma. Todavía tengo que pensar mucho antes de pronunciar estas palabras porque tiendo a decir “cámara de gas”. El día antes Elsa me preparaba con cuidado y yo quería saber si tenía que ir en ayunas. Cuando era sí la respuesta, enmudecía porque significaba “máscara de gas, olor a goma, frialdad de azulejos ¿verdes o celestes?, aire helado, es decir tortura y una especie de muerte. Es que las palabras nos llevan por el rumbo que les damos con los pensamientos. Parece mentira que el sencillo acto de sacar un yeso y poner otro hubiese sido una negrísima espesura.
Muy distinto era si “no tenía que ir en ayunas”. Solo unas radiografías sin tocar nada, la mirada de los médicos y después el premio: la confitería con la pared azulada que representaba el fondo del mar, mucha gente, las mesas llenas de charla, las tazas envueltas en cálidas ondas de aroma a café y el olorcito inconfundible del pebete con jamón y queso.

En el tiempo de quietud aparente, Elsa y Juan Manuel fueron los artífices de momentos realmente maravillosos. Lograban restablecer mi alegría corriéndome del lugar de “nena imposibilitada”. Por eso quiero ponerlos porque son recuerdos vivos que huelen como si estuviesen sucediendo:

Un verano fuimos de vacaciones en tren a Bahía Blanca. El camarote de madera lustrada con sábanas impecables fue inolvidable, como un mundo de juguete con ventanillas grandes y el campo reluciente de verde que se me escapaba rápido de los ojos. En la base Naval de Puerto Belgrano vivían mis tíos Pula y César. La hermana de Elsa estaba casada con un suboficial de Marina. Tenían una chalecito precioso y un pino igual al que, años más tarde, disfrutamos en la casa de la Isla Martín García; idéntico al que plantamos en el fondo de mi casa paterna cuando yo tenía veinte. Es un cedro azul. Cobijo de juegos con los tíos y de lecturas y mate en mi jardín. Como si fuese el mismo árbol que, pese a los tiempos y lugares diferentes, está conmigo. También hoy, dulce testigo de fiestas de cumpleaños, en la casa de mis adorados sobrinos Dante y Emilia.
A la tardecita, en Puerto Belgrano, sentados en sillones de hierro debajo del pino, mi papá se esforzaba para que yo comiera leche condensada disfrazándola de “dulce de leche blanco”, porque mi aversión por la leche venía desde que nací. Para los grandes había mate y facturas del panadero del barco. La nochecita de verano en la Base olía a pasto recién regado, mi primo Hugo (que hacía “la Marina” allí, sobrino de mi tía y mi mamá) me paseaba con la sillita por las calles internas con bordes verdeazulados y estrellas al alcance de la mano.
Visitamos Pehuen-Có. El mar fue uno de los descubrimientos que más me impresionaron. Tuve la sensación de que el mundo se dividía en dos partes. De un lado nosotros y del otro, a continuación del borde húmedo, alguien que desde la espuma yodada de las olas imparables parecía decirme: el movimiento de la vida no se detiene si le damos impulso a su columpio.
El hacer como posibilidad de movimiento lo entiendo hoy de modo conciente. Si se me ocurre una idea para un proyecto sea de escritura, de cambios en mi casa, de viajes, de visitar a alguien, tengo que dar el paso inicial. “Empujar el columpio” para que las circunstancias me ayuden que es como decir para que la Creación disponga lo necesario y el camino se vea despejado.

¿Qué pasa si no llego a lograrlo en el momento que lo deseo pese al esfuerzo? Insisto en ejercitar la paciencia y pienso que si no sucede es porque algo mejor se está preparando para mí. No es conveniente gastar energía en empecinarse cuando los obstáculos que se presentan al intentarlo nos están diciendo claramente “que la cosa no va por ahí”.

Esa tarde en Pehuen-Có, donde el mar me endulzó de salado únicamente la cara y los brazos, se me fue la pelota a gajos de colores. El mar le ganó a mi tío que nadó hacia ella y no pudo alcanzarla.

Algo muy lindo eran mis cumpleaños. Venían de Mercedes mi abuela, mi Madrina y Lida, una prima de Juan Manuel -hermana de Nora, la de mi nombre. La llegada de ellas era la fiesta del 1º de abril. El momento de la velita encendida sobre la torta de milhojas que mi papá compraba en la confitería EL MOLINO se quedó entre las imágenes perfumadas de la infancia.

Había en mi casa una mesita que me ponían delante de la silla para que yo me entretuviera con juguetes y libros o restos de masa mientras escuchábamos la radio hasta que Oscar, el esposo de Susy (aquel matrimonio amigo de mis padres que ya no vivían en la misma cuadra y tenían dos hijas, antes y ahora entrañables) que trabajaba en Fabricaciones Militares le ofreció a Juan Manuel comprar un televisor de los que armaban allí. Recuerdo el día que lo trajeron. Era una enorme caja con botones que fue a un rincón del comedorcito. “¿Qué hay ahí?”, era mi pregunta. Ni bien giraban la ficha de abajo y la pantalla cobraba vida, mi mesa de los juegos ya no era la única responsable del entretenimiento. Veíamos películas, ballet, a doña Petrona, los primeros teleteatros, las series. La vida de otros reales y ficticios estaban conmigo.

¿Fue también ese mundo un disparador de mis relatos de ficción? ¿Es que se escribe aún sin hacerlo con lápiz y papel?
Creo que la inactividad física nutrió de movimiento mi fantasía que compensó la quietud de las piernas y se expandió a través de la palabra aunque no la convierta en un hecho visible con el acto de escribir. Así sucede también en el presente. Escribo desde el pensamiento y también me escribo hasta que el impulso ineludible presiona y se corporiza como letra en el papel o en una decisión necesaria para la vida de ese momento.


Tuve otro regalo valioso por las posibilidades que me trajo. Me compraron el Wincofón, los discos Calesita y los de pasta donde escondida y prodigiosa me cantaba Lolita Torres. La magia del brazo y la púa invocaban la voz cristalina que me hacía bailar con castañuelas de verdad y traje de andaluza imaginado igual a los de la tele. ¡Sevilla, ay, tierra de amores, Sevilla, ay, de mis entrañas! Así canté el mediodía calurosísimo de mayo al bajar del micro de la excursión por el Sur de España y pude caminar por la tierra de los amores del Winco, de Lolita, y de mi aparente anclaje ya liberado.
Repito a conciencia la palabra aparente. Cuando una embarcación está anclada no puede seguir su ruta pero de todas formas se mueve por más imperceptible que sea la actividad del agua. Así sucedió conmigo. Físicamente no me era posible “ir hacia”, con el deseo, sí. Con la imaginación continuaba el viaje.
Mi casa estaba al fondo de un pasillo. En el primer departamento a la calle vivía Mamela -para mí una abuela muy querida-, su hija Margarita, docente y Luis su esposo. En la casita del medio había un matrimonio con una única hija, Mónica, tres años mayor que yo. Cuando cumplí cinco Mónica estaba en cuarto, estudiaba las tablas que su mamá le tomaba y a voz en cuello le corregía los errores. Yo la escuchaba con ganas de que me pasara lo mismo. Le dije a Elsa que “quería hacer deberes”.
Felizmente, a “refuerzos” se le iluminó una idea y consiguió que me tomara la señora de Tedesco, profesora de piano que vivía en la misma cuadra. Pese a que no sabía leer ni escribir, una tarde, Elsa empujó el cochecito y entré a la casa de Zulema apretando el cuaderno pentagramado y el lápiz. Una ventana daba a la calle y la otra al jardín del frente. Gracias a esa distribución el sol, todavía un poco reticente, se desplegaba por la habitación. El piano de un cuarto de cola era negro y tenía la tapa cerrada. Le habían puesto una carpeta blanca tejida que no llegaba al teclado ya destapado. Había perfume a las cosas. Era el distintivo de ese entorno, difícil de adjudicar a algo preciso.
-¿Esta nena sabe escribir, che?-, le preguntó a mi
mamá, tocándose el rodete impecable.

-No, señora, hace dibujos y pone algunas letras, nada más.
-Entonces no va a ser muy fácil pero lo vamos a intentar, che.
-A ver las manos, nena. Algo se puede hacer-, aseguró después de revisarme los dedos con atención.
Me gustó que no usara diminutivos. El trato con ella era directo y franco. “A ver, che, tocá esto; ¡Repetí el compás, está mal!, ¡Es una negra, vale un tiempo no le alargués la vida, caracho!” A otros chicos les pegaba en las manos con el puntero y las madres se quejaban.
-Pobre de ella que la toque a Norita-, dijo Elsa con énfasis un día conversando con la tía de un damnificado.
-¡Qué! ¿A su nena no le pega?, claro, debe ser porque la ve a usted que tiene carácter fuerte.
Mi primera experiencia de escritura fue el lenguaje musical.

Al mismo tiempo que iba a piano a la tarde, por la mañana empecé el Jardín de Infantes en el Colegio de La Merced, a la vuelta de mi casa. Me hicieron el jumper gris, la camisa blanca y la corbata roja. Aprendí palabras en inglés y me gustó compartir con otros chicos el lenguaje, los gestos; me gustó ser como los demás.
Fueron esas elecciones de mis padres que establecieron en mi niñez distinta los cimientos de un sendero que yo debía ensanchar para aceptarme y elegir el destino que hoy quiero.
Ellos podrían haberse compadecido de su suerte o haber renegado de la situación, en cambio escogieron una meta, empujaron el columpio de la vida y miraron hacia delante buscando lo mejor para mí.

El año que cumplí los seis no pude comenzar la escuela. La rehabilitación, lenta y esforzada implicó aprender a caminar. Me trajeron una “paralela” y, de a poco, di pasos sin soltarme hasta que logré el equilibrio para salir de ahí y andar sola. Al decirlo siento que con la terapia psicoanalítica repetí las etapas: dar pasos tomada de un baranda, alcanzar el equilibrio transformador y “andar sola”.
El médico aconsejó que al principio saliera en bicicleta. Me compraron la roja rodado veintidós y fui a una maestra particular para no atrasarme en el aprendizaje.
En la cuadra siguiente a mi casa estaba la familia Grillo. El matrimonio tenía dos hijas docentes: Norma, que muchos años después fue mi profesora de Castellano en La Merced y Marta, maestra de primaria que atendía alumnos en lo de sus padres.
Una mañana de marzo crucé con la bicicleta roja, un cuaderno silencioso, un lápiz nuevo, la goma intacta y Elsa.
Ni bien terminó el cálido recibimiento del matrimonio Grillo, entró Marta con el libro UPA y gestos de amor en la mirada. La Señorita preguntó si yo sabía algo. Mi mamá le contestó que cuando miraba televisión preguntaba el nombre de las letras y que iba a piano pero nada más.
Estuvimos en el patio fresco. Marta abrió el libro y yo supe lo que ella me indicaba con su lápiz trabajado. En voz alta, leí sin entender por qué sus ojos se agrandaban tanto. Después estrené los útiles y puse palabras. Ella no dijo nada y me dio varios besos.
Cuando vino Elsa hablaron con raro entusiasmo. Recibimos felicitaciones y augurios. Parece que las horas frente al televisor me habían ayudado. La verdad es que ese día lo que más me gustó fue dibujar palabras con el lápiz que olía a madera.
Subí a la bicicleta y empecé a pedalear el regreso. Don Grillo, desde su silla de ruedas, no paraba de decirme, muy contento, algo del futuro y Elsa le contaba que el Dr. Ramos Vértiz se lo había anticipado: “estos chicos desarrollan mucho la inteligencia y por ende habría que aprovecharla”.
Pasamos por la casa de Isabel Barros que estaba justo al lado y en la esquina cruzamos en diagonal. Nada se veía idéntico al camino de ida, la luz de marzo era más intensa, daban ganas de pensar en muchas cosas y ponerlas sobre los renglones vacíos.
Una especie de maravilla interior había salido de las sombras y me llevaba la mano hasta el papel para hacer los signos. Era el primer paso en un camino espiralado, la marca prototipo, un germen de lo que vendría después. El ancla se levantaba y mis piernas ya no estarían mudas ni la escritura inmóvil.
Estaba en condiciones de “ir hacia” junto a la palabra escrita recién nacida casi como yo misma.
Hubo grandes cambios. En septiembre me tomaron de oyente en una escuela pública –donde ejercí la docencia en 1978. El contacto con los demás chicos me hacía tan feliz como “los deberes”. Elsa y Juan Manuel me compraron el delantal, el portafolio de cuero color tostado y le pidieron a la maestra que por favor inventara un boletín porque yo quería lo mismo que los demás. Tomé parte en el acto de fin de año en la banda rítmica y me hice muy amiga de Isabel –vecina de los Grillo.
Al finalizar el año la directora opinó que estaba muy adelantada y podía saltear primero superior, en consecuencia me anotaron directamente en segundo grado y la amistad con Isabel creció.
Hay algunas experiencias que me unen a los recuerdos de la nueva etapa después de la quietud aparente, cuando pude “ir hacia”. Los relaté en mis primeros cuentos.
SIGUE...

sábado, 10 de octubre de 2009

GRUPO NAMASTÉ

Quiero contarles que las meditaciones de los viernes con la gente del Grupo Namasté me dieron
la posibilidad de ver la vida de otra manera, de sentirla en toda su maravilla.


Por eso comparto con ustedes la dirección: http://www.gruponamaste.com.ar/


Un cariño gigante para todos y espero comentarios.



MI NUEVO LIBRO: LA ESCRITURA Y EL DESTINO

¿De qué se trata este nuevo libro que acabo de terminar?


La propuesta para hacer este trabajo surgió, hace varios años, de Silvia, mi terapeuta.
-Algún día lo va a tener que escribir-, había dicho refiriéndose al tratamiento.
-¿Qué pongo?-, recuerdo que le pregunté dubitativa.
-Ah, no sé, haga lo que quiera-, respondió.
Su vaguedad fue un desafío que durmió muy tranquilo y tal como me sucede siempre con los retos, sólo se concretan cuando el momento propicio llega acuciante, como si la necesidad estallara. Se desencadena y no hay más margen para las dilaciones.
El año pasado comencé a escribir mi historia desde que nací, descripciones de hechos que consideré relevantes y que desembocaron en el comienzo de la terapia psicoanalítica y de la escritura. En ningún momento sentí el deseo perentorio de decir lo que hoy me tira de la mano. Iba por el papel sin rumbo preguntándome ¿qué debo poner? Llegué a pensar que lo hacía por agradecimiento a Silvia.
No pude o no quise continuar. Me faltaba el ¿hacia dónde voy y para qué? Abandoné las palabras, quedaron solas latiendo a la espera de más.
Pero hace pocos días un algo ineludible y perentorio irrumpió en mi vida como consecuencia de nuevas experiencias en el camino espiritual. Tuve que volver urgentemente a los papeles del año pasado porque el reclamo interior exigía.
Los releí y encontré huecos. Me parecieron descripciones vacías de significado. Faltaba impregnarlas de sentido. El tiempo para transmitir lo que antes, pese a mi perseverancia y esfuerzo en la búsqueda, se había escondido estaba frente a mí y me ordenaba.
Me dejé llevar, la escritura me arrastró a su antojo - es lo que hace cuando no se puede callar más.
Tomé aquellas antiguas palabras de mi terapeuta “haga lo que quiera”, que por su presencia inefable constituían casi una entidad y trabajé sin respiro.
La historia que voy a contar es “autobiográfica”, no hay personajes ni conflictos inventados, tampoco es un ensayo sobre el Psicoanálisis. Aquí están los hechos de mi vida desde una mirada presente después de trece años de terapia que me dieron el bagaje necesario para que naciera mi palabra y descubriese el ancho y benévolo mundo espiritual que me ha cambiado la forma de vivir y sentir la vida.

viernes, 9 de octubre de 2009

FELIZ COMIENZO

Estaré con ustedes en este derrotero haciendo lo que más me gusta: escribir.