lunes, 30 de noviembre de 2009

SANARSE DE UN REMEDIO



Hace muchos días que no escribo para este querido blog. Estoy reponiéndome de los efectos de un “remedio” y mi energía estaba un poquito debilitada. Ustedes pensarán qué significa “rehabilitarse de un remedio”.
Sucedió que una raíz que sostenía perno y corona desde hace veinte años me produjo un infección en la boca y el dentista prescribió antibióticos para realizar la extracción. Los tomé confiada pese a que, en general, no consumo medicamentos alopáticos. Supuse que el odontólogo hacía lo mejor para mí. Ni bien terminé la última pastilla comenzaron molestias en el aparato digestivo que se convirtieron en un vendaval desestabilizante: tuve cistitis, mucha fiebre, decaimiento, vómitos, etc, etc.
Vivimos un tiempo que nos exige estar bien despiertos y concientes de cada paso porque como el miedo se ha impuesto “hay que salvarse uno y el otro, bueno, que se arregle como pueda”. Consulté con dos médicos alópatas y dijeron lo mismo: excesiva dosis de “remedio por las dudas”, sin tener en cuenta quién es el que lo va a ingerir.
No estoy en contra de los “remedios” que en otro tiempo me han ayudado por ejemplo a curar una fístula, ni de los odontólogos que nos ven solamente como una BOCA, pero insisto en que abramos bien los ojos antes porque no siempre se piensa en el bien del paciente.
El miedo a los juicios por mala praxis, el miedo a perder, a no tener, lleva a la desesperación por cubrirse entonces los “remedios” se convierten en enemigos.
Pensar en qué le pasa al otro tiene que ser una prioridad de todos y en esta palabra “todos” están incluidos los profesionales de la salud.

viernes, 6 de noviembre de 2009

CONTINÚA LA ESCRITURA Y EL DESTINO


Transcribo fragmentos de Abril y La casa de Isabel, dos de mis cuentos.


Abril

“A las doce llegaba la tía Madrina en el tren.
La iba a buscar a la estación de la mano de su papá. Esperaban. A cada rato se ponían en puntas de pie para vigilar el horizonte como si el deseo pudiera dibujar el tren, de golpe, para calmar la ansiedad. Mientras, la gente iba cubriendo el andén, unos con valijas, otros, como ellos, con un equipaje invisible como tal pero bien a la vista en la mirada, en los gestos.
La nena, cada dos por tres, cierra los ojos con fuerza, luego de unos segundos los abre y encuentra nada más que la desnudez de los rieles juntándose lejos. Cuando vuelve a mirar, después de haberse distraído girando sobre sus talones con las puntas de los pies levantadas, lo ve venir. Primero la máquina definiendo su solemnidad con paso seguro y enseguida los vagones constantes, demasiado veloces para distinguir a los viajeros preparándose para bajar. La nena busca a la Madrina y por eso salta, le habla al padre interceptando con su voz el sonido de los frenos, agita los brazos pensando que ella puede verla desde arriba.

Hay una edad imprecisa en la que uno desconoce el tiempo. Después cuando la Madrina deja de venir porque es “la ley de la vida”, se sabe que el tiempo está hecho de las imágenes que le proporcionamos desde nuestro comienzo. Ellas se colocan una a continuación de la otra sin perspectiva.

Allí está, elegante, con traje gris o azul, el bolso apoyado en el suelo y la cartera negra de cuero colgando desde el codo, aprovechando el doblez del brazo cuya mano retoca los rulos de la permanente recién hecha para venir al cumpleaños de la nena. La otra mano sostiene con fuerza la baranda sin brillo.
El tren termina de llegar con una frenada definitiva y el sol certero completa esa imagen del tiempo. Siempre es abril con olor a hojas quemadas y a otras que si se las recoge así, separadas, no tienen perfume, pero juntas en el suelo a punto de retractarse de un verde hasta ese momento eterno, hacen que el viento huela y aún con los ojos cerrados se sabe el mes. Pero también se sabe porque viene la Madrina al cumpleaños de la nena que aguarda en la estación.

¿Será la memoria quien define la existencia del tiempo o es que todo sucede ahora? ¿Cuándo empieza uno a evocar y en ese acto lo evocado vuelve a suceder como la primera vez?

La hora de la siesta del día del cumpleaños, es la imagen que sigue.
El toldo naranja y blanco del patio estaba corrido para atenuar el sol de frente y la puerta de vidrio que daba al hall, abierta de par en par. Allí sentadas a la mesa, la nena y la Madrina rellenaban las tarteletas; unas con apio y mayonesa, otras con crema de morrones.
Conversan de sus cosas, la nena habla de la banda rítmica de la escuela, a ella le dieron los toc-toc para marcar el compás de “La danza de las horas”, le sale bien, le gusta el salón con el piso de madera que huele a cera, la maestra de música se llama Elena y tiene peluca marrón, se le nota y todos se ríen cuando se da vuelta. La Madrina, entrecerrando los ojos cuando habla, cuenta de allá, de su marido que corta el pelo, de su hijo que trabaja en el banco en la capital y ella lo extraña, de las chicas de enfrente que juegan con la nena todos los veranos, de la pileta que estará terminada para enero, de los amarilis y las rosas, de las gallinas un poco haraganas para poner ese año, tal vez por el calor, no sabe. Entre las palabras acomodan los bocaditos uno al lado del otro formando círculos concéntricos.
La cadencia de la charla entusiasta es testigo en la penumbra de la siesta de un día distinto.
Otro día o el mismo, las dos iban a misa. La fiesta empezaba al levantarse, yendo y viniendo en camisón por la casa, midiendo el aire desde adentro para elegir la ropa adecuada. Interceptan un mate y empiezan a vestirse con esmero. Antes de salir el espejo de la cómoda les da el visto bueno mientras la mamá de la nena tiende la cama. La mantilla va en la mano detrás del misal que aloja el rosario de nácar con cadena de plata.
La nena tiene botitas blancas y mantilla de tul del mismo color, la madrina, repite el negro en los mocasines y en el encaje que le cubrirá la cabeza. Se vuelven solo si han olvidado de ponerse colonia pero cuando las campanas empiezan a llamar ya no hay más que hacer. Se apuran y salen escuchando orgullosas los reclamos del estómago. No han comido nada porque Nuestro Señor sólo puede entrar con un ayuno de tres horas.
La nena y la Madrina se van con sonrisas y taconeos rápidos hasta la iglesia, suben los dos escalones y se persignan antes de mojar los dedos en el agua bendita para repetir luego la señal de la cruz. Se las ve celebrar con devoción una muy cerca de la otra, en los bancos más pegados al altar para no perder el hilo de los acontecimientos sagrados.
Ese día la misa no es lo más importante de la mañana de un domingo, es nada más que una parte de la gran ceremonia que se repite cada abril para el cumpleaños de la nena.

Las evocaciones parecen retratos y lo son. Pertenecen a la cadena de imágenes de la propia vida, creo.
Salen de la iglesia con los ramos de olivo bendecidos. Van por la vereda del brazo, sin apuro, conversan, se ríen, hacen el camino de vuelta entre las hojas que no tienen perfume pero saben el mes. Es abril.”
La casa de Isabel
“Volví después de treinta años y toqué el timbre. La casa parecía igual. Siempre me resultó lógica la casa de Isabel porque, al estar construida en el centro de un gran terreno, la rodeaban espacios abiertos que, según mis ojos y algo más, constituían el paraíso. Un enorme cantero verde formaba el jardín del frente con seis plantas de rosas atadas a los testigos pintados de blanco y rojo (obra del abuelo); dos ventanales y la puerta de entrada de madera maciza miraban a este sector; en la porción de jardín del costado izquierdo, había más rosales y un jazmín; por el lado derecho, en cambio, un camino ancho de laja parduzca conducía al garage levantado en el fondo; atrás, finalmente, estaba el patio similar a un tablero de ajedrez, adonde daban la puerta y la ventana del comedor de diario. Para nosotras era muy conveniente que toda la casa estuviera circundada por un camino angosto de baldosas, porque nos permitía dar la vuelta manzana, pasando siempre por el tablero del patio. Como nuestra consigna era que nadie nos viera desde adentro, nos agachábamos al llegar a cada ventana, es decir ocho veces por vuelta.
La vereda era un territorio al que no le prestábamos mucha atención; nos bastaba con el lugar que teníamos desde la verja verde de alambre artístico hacia adentro; mi imaginación de nueve años la consideraba un abismo infranqueable, idea que Isa respetaba seria y callada. Me llevaba muy bien con ella desde que en primero superior la maestra decidió sentarnos juntas porque yo hablaba mucho; las dos aprendimos a equilibrar mi charla interminable y sus silencios prolongados, aunque a veces lo eran tanto, que me enojaba y suspendíamos los encuentros. Después de unos días de incomunicación a pesar de estar en el mismo grado, una de las dos proponía reunirse para hacer los deberes y entonces me quedaba en su casa después de mi clase de piano con Inés, su hermana mayor.
Esperé y no salió nadie, toqué dos timbres cortos y observé las rosas.
Mi mamá me acompañaba a la casa de Isabel, íbamos caminando. Yo tenía permiso del médico porque era una travesía corta; los grandes me explicaban que, después de cuatro años con las piernas enyesadas, debía recuperar la movilidad paulatinamente; tal vez para ellos era razonable pero poder caminar y correr significaban, para mí, descubrir lo trivial, todo aquello que otros chicos habían explorado al cumplir un año, por eso en el caminito de la casa me olvidaba del paulatinamente y corría tanto como la renguera me lo permitiese.
Los martes y jueves a las tres, entraba al living fresco y suntuoso con perfume a viejo en primer plano y después un vago olor a flores. Allí los pasos percutían la madera durante el viaje que recorría con la profesora hasta llegar al piano abierto. Dejaba que Inés fuera adelante y me retrasaba avanzando sin apuro, con ganas de retener el paso para que no terminara el sabor anticipado del presagio. Era el momento en que yo iba únicamente conmigo hasta el piano inminente y me gustaba la seducción de esa soledad diminuta.
Todo empezaba con una hora de estudio al compás del metrónomo inagotable que marcaba las semicorcheas. Inés interrumpía a cada rato y de a poco mis dedos cortos se unían al marfil como si no los pudiera dominar. Corrían locos en blanco y negro a pesar de que mi mente navegaba alucinada hacia el futuro inmediato. Las manos, desligadas de la indomable ansiedad por lo que vendría, lograban un decir que mi boca ni siquiera intentaba. Yo deseaba el resto de la tarde con la gente y la casa; mis manos, no sé.
A las cuatro aparecía Isabel con su abuela, como el gong que marcaba el final de la clase sonando al unísono con el tañido del reloj de pared. Inés, luego de hacer las últimas indicaciones, desaparecía detrás del cortinado de brocato que separaba el living del comedor. La fiesta comenzaba sin importarme el pasado y menos el futuro. La abuela con el corsé apretado delineando su figura delicada, ponía las manos blancas sobre el piano, marcaba el ritmo con el pie y los valses alemanes de su juventud subían más allá de las nubes, mientras nosotras bailábamos levantándonos la pollera con la punta de los dedos, imitando a las damas de las ilustraciones de los libros de cuentos. A veces la pianista octogenaria se acomodaba los anteojos y aprovechaba para relatar alguna anécdota graciosa y entonces, cuando volvía al teclado, otro vals surgía de su memoria, quizás evocando ilusiones de antes. Cuando la madre de Isabel nos llamaba desde la cocina impregnada con olor a torta en el horno, dejábamos la fiesta, casi siempre protestando y nos instalábamos en el comedor de diario para hacer la tarea. Isa me explicaba los problemas de Matemáticas que a mí me costaban y después calcábamos los mapas con plumín y tinta china. Si no había mapas terminábamos más rápido y nos íbamos a jugar alrededor de la casa infinita.
No salió nadie -quizás esté deshabitada- pensé, aunque los rosales florecidos y la tierra regada no lo confirmaban. Toqué otra vez y esperé.
A las seis, la abuela nos llamaba a tomar el té. A veces en invierno era casi de noche con lo cual la infinitud de la casa se volvía fascinante porque semejaba una gran mansión sin límites visibles que contenía abuelos, hermanos, habitaciones enormes, un perro salchicha, un auto y sobre todo el misterio fantástico de las travesías desde y hasta donde yo quisiera recorrer, sin preocuparme por la sombra de la noche que invadía el juego.
La ceremonia del té no era la de una merienda común. Se encendían todas las luces del comedor, un enorme mantel blanco caía largo sobre la mesa de caoba, la abuela de piel blanca vestida de negro traía la tetera caliente y ocupaba la cabecera más cercana al pasillo, porque la otra pertenecía al abuelo. Ponían sobre la mesa una bandeja con jamón y queso, una con pan tostado, el plato grande de porcelana inglesa verde con torta de manzana o bizcochuelo recién enfriado, las tazas y las cucharitas, la azucarera, la lechera y la dulcera de cristal con mermelada brillante de naranja.
La familia se sentaba en sus lugares y nosotras, siempre juntas, no parábamos de cuchichear. A pesar de la formalidad de los preparativos que le imponían seriedad a la circunstancia, una vez que todos desdoblábamos las servilletas almidonadas sobre la falda, transitábamos una de mis travesías favoritas: casi sin darnos cuenta rompíamos el acartonamiento con movimientos suaves llenos de tintineos de porcelana, migas de tostadas y charla risueña.
Alrededor de las siete me venían a buscar, era el momento en que, de común acuerdo, Isa y yo franqueábamos la verja y jugábamos un rato en la vereda mientras nuestras madres hablaban.
Después de tanto esperar se abrió la puerta de madera. Apareció una mujer no muy alta y detrás de ella las dos nenas de nueve o diez años que, sin tomarme en cuenta, huyeron corriendo por el caminito. La mujer me preguntó qué necesitaba y no pude responder, balbuceé que me habían dado mal la dirección y enfrenté una travesía: crucé la calle para alejarme y mirar. Desde allí vi a las nenas jugar a la escondida en la eternidad de la tarde, daban la vuelta manzana hasta perderse; una de ellas peinada con dos colas de pelo largo, corría con esfuerzo y rengueaba al caminar pero no paraba de reírse. Al terminar la sexta campanada lejana del reloj, la abuela de Isabel, vestida de negro, las llamó a tomar el té”.


Escribir y caminar son, para mí, inseparables. Desde su relación simbiótica me permiten delinear mi vida, hacerme. La realidad es que las actuales prótesis de ambas caderas me obligan a pisar lo menos posible por lo cual la escritura es una extensión de las piernas y más que eso, me ha formado alas por todos lados para que libremente elija adónde ir. No hay laberintos que no quiera recorrer, ni encrucijadas que me obliguen a dar marcha atrás.
Si las adversidades intentan desatar mi autocompasión por ejemplo cuando las barreras arquitectónicas me impiden ir al teatro, al cine, al baño, a cumplir con trámites; no dejo que la rabia tome el mando. No me compadezco de mí. Busco otra forma, pregunto, pido ayuda. Mientras, pienso en alguien que me necesite, lo llamo por teléfono, le doy una mano con la palabra o con conocimientos que puedan aliviarlo. Con más o menos esfuerzo, me corro del lugar de “mí misma con un problema”. Milagrosamente mis cosas se encaminan.

ORACIÓN POR LA SEQUÍA





Todos juntos podemos aunar nuestra energía y lograr resultados magníficos. Esta oración me la envió Cristina Di Martino quien me acompañara el domingo pasado en el nuevo camino de los SÍMBOLOS DE LUZ.



Se unirán quienes sientan en su corazón a trabajar con el Rayo Rosa del Amor Divino
llenando de este Rayo lugar, país y ciudad para la Alabanza del Amor en el lugar
y así pedir:



"Que la gloria del Padre Madre baje en abundancia en todos los elementos,
Que el Amor de Dios regocije el lugar llenando de Pura Luz,
Que el agua esté en Perfección Divina Manifiesta
que así sea y así es".

UN ABRAZO DE CORAZÓN A CORAZÓN

NORA