domingo, 19 de diciembre de 2010

HACEMOS ALGO RICO PARA ESTAS FIESTAS

TORTA DE FRUTAS OSCURA ( PARA NAVIDAD O CUANDO QUIERAN SABOREAR ALGO RIQUÍSIMO)


INGREDIENTES:
MANTECA, 120g.
AZÚCAR INTEGRAL, 100 g.
YEMAS, 4
CLARAS, 4
HARINA LEUDANTE, 450g. (se puede reemplazar la mitad por harina integral).
BICARBONATO, 1 cucharadita
CANERA, 1 cucharadita
CLAVO DE OLOR MOLIDO, una pizca
NUEZ MOSCADA, una pizca
ESPECIES PARA TORTAS, 1 cucharadita
LECHE, 250cm3
FRUTA ABRILLANTADA, 300g.
PASAS DE UVA SIN SEMILLAS, 250g.
NUECES CORTADAS CHICAS, 250g.
MIEL LÍQUIDA O KERO, medio pocillo
COGNAC, una copita
Ralladura de 1 limón grande

PREPARACIÓN: Batir la manteca con el azúcar hasta que se forme una crema, agregar de a una las yemas, luego el cognac, la miel, las especies y la nuez moscada. A continuación incorporar la harina tamizada alternando con la leche. Agregar la fruta mezclando suavemente. Para finalizar ponerle las claras batidas a punto nieve.
Colocar la preparación en un molde bien enmantecado y enharinado y cocinar en horno suave una hora y cuarto aproximadamente.
Consejitos: no abrir el horno antes de los primeros veinte minutos de cocción.
Al cabo del tiempo total, introducir un cuchillo en el centro, si sale limpio, apagar el horno y dejarla no más de cinco minutos.
Antes de que se enfríe completamente (fuera del horno) desmoldarla sobre rejilla.
Yo la cocino en molde savarín, se obtiene una mejor cocción.
Considerar que es una torta húmeda y que se puede preparar 15 días antes de las fiestas y ya fría envolverla en papel madera o conservarla en el freezer.
Si la quieren más chica lleva:
330g. de harina
90g. de manteca
3 huevos

sábado, 27 de noviembre de 2010

LA PUERTA

Comparto con ustedes el cuento finalista del Certamen de Literatura de Tres de Febrero:

LA PUERTA

Recién a los trece años empecé a deleitarme con lo que hasta entonces las ganas de jugar habían postergado. La mirada del río, los árboles recortados en el cielo cambiante, las cartas de mi amiga Cecilia y la maravilla de leer conformaron mi flamante realidad.
Dediqué los veranos a los libros que me regalaba Lucio. Nuestro pensativo quiosquero me advertía que a lo mejor no eran para mi edad pero mi papá aseguraba que los libros de buena escritura son apropiados para todos y que igual, aunque algo no entendiera, las palabras provocarían un aleteo, un gesto de libertad a punto de convertirse en vuelo y que eso era lo importante.
Corría las diez cuadras con el impredecible equipaje envuelto y la ansiedad desenvuelta y lista para las palabras nuevas. Entraba por la puertita del frente desgarrando el plástico y me acomodaba en el cobijo del fresno del fondo.
A los trece fueron novelas románticas y de terror, a los catorce irrumpieron los misterios donde fascinantes laberintos abrían los ojos de sus tramas turbias. Apoyada en el árbol generoso iba por los pasadizos y las calles lóbregas con asesinos en cierne. Inmersa en el encanto de cada urdimbre descubrí que las puertas me obsesionaban. A veces eran el comienzo del enigma, otras, la luz que lo descifraba, y siempre decían algo. En cambio las de mi casa –de madera opaca- parecían testigos mudos de nuestra vida sencilla en el Barrio San José donde crecí con mi papá y una sola foto de mi mamá que él guardaba adentro del ropero con la puerta siempre cerrada.
En la víspera de los quince escogí lo que llamamos iglesia–no terminada aún y preciosa de todas maneras- como lugar de lectura. La paz y la soledad fresca de su interior me conmovieron.
Creo, a la distancia, que necesitaba ir más allá del fresno del fondo y de las puertas opacas y silenciosas de mi casa.
El primer día de esas vacaciones cargué el libro y una manzana y salí. Crucé corriendo el campito que separa mi barrio del río, reflejo manso de su paisaje en ese tramo. Luego de unos metros de soledad llegué al otro campito donde algunos veían a la Virgen, allí me tiré a descansar, y a esperarla. No entendí de dónde me nació ese impulso porque mi educación religiosa brillaba por su ausencia, si le preguntaba a mi papá por Dios él respondía: “Está en todos lados y en nosotros”. Quizás su natural veracidad, sin frases hechas ni avisos sobre cielos e infiernos, no me inducía a indagar más, igual que con la ausencia de mi mamá.
Ahora, viéndome sobre el césped de ese verano presumo, casi con certeza, que la aparición esperada era otra.
A las once entré al templo por la amplia puerta lustrada. El silencio de sus paredes altísimas fue una caricia. Me senté en uno de los últimos bancos en dirección al altar sobrio. Había una mesa con mantel blanco que sostenía el atril y la Biblia, al costado un portavelas de pie con un velón y cerca, la Virgen con el hijo. Me concentré en la lectura y comí la manzana.
Recién cuando las sombras se estiraron puse atención en el otro costado del altar y vi la puerta. Era un recorte con manija en la pared celeste que formaba el cielo de fondo para la madre y el hijo. Era una puerta distinta, inesperada. Deduje que por allí entrarían los curas para las misas y con creciente inquietud conjeturé sin parar influida por mi libro donde detrás de una puerta cerrada se escondía el secreto de todo.
Al día siguiente entré inquieta. Algunas personas iban y venían deteniéndose en la cúpula central que termina en un espacio cristalino, precioso. Me acomodé más adelante con los ojos en mi nueva obsesión. Después de unos minutos decidí leer sin abandonar la vigilancia de la puerta. En un atisbo vi un chico descalzo que caminaba rápido y se paraba frente a ella. A los pocos segundos una mano emergió de su garganta y lo tiró para adentro. Cerré el libro y salí corriendo hasta el campito donde tuve que parar porque me dolía el estómago.
De regreso mis presunciones eran atroces: “robarían personas para..., los noticieros hablaban de... ¿serían extraterrestres? Investigaría, no, ni loca...sí, ¡sí!”. Por primera vez mis miedos se refugiaron desesperados en un cosquilleo desconocido y el deseo de escribir emergió nuevo, indefectible.
Entré a mi casa, saqué la foto del ropero y le hablé como otras veces:
-Voy a golpear esa puerta, mamá. Después de guardarla con cuidado busqué lo necesario y me guarecí en la sombra acogedora de mi árbol.
En los días que siguieron vi más chicos y también adolescentes que eran tragados por la puerta del cielo. Yo escribía con el miedo como pésimo interlocutor y así dilataba el momento crucial que daba vueltas en mi cabeza. Antes de enfrentarme de una vez, vigilé el barrio en la búsqueda de indicios pero solo encontré casas insospechables y el quiosco de Lucio cerrado.
Elegí un día en que el verano era una llama incandescente. Entré al templo cerca de las doce, caminé sin apuro pese al deseo de apurarme. Llegué por fin a la puerta de ese cielo que de cerca sentí gris. La mirilla, invisible de lejos, se movió al mismo tiempo que salió un brazo apurado y me hizo entrar. La joven mujer sonrió y dijo:
-Hiciste bien en venir.
La seguí atónita por el lúgubre pasillo de paredes sin revocar.
-Me llamo Silvia Gracia-, agregó en el camino.
-Magdalena, me dicen Magda-, murmuré más sola que nunca y a punto de llorar.
Al final de la penumbra del principio, la realidad estalló distinta de aquel terror ahora viejo. Era una gran construcción con ventanales por donde el sol jugaba a través de las cortinas anaranjadas. Había olor a limpio, a pan horneándose, a cosas de la casa. Gente de distinta edad trajinaba envuelta en un simple murmullo que me pareció el sonido de la alegría. En el sector cocina se hacía el almuerzo y las viandas, en otro las mujeres cosían; los chicos escuchaban un cuento en el rincón infantil.
-Magdalena, hoy te precisamos en la cocina, hay que pelar fruta.
El velo del misterio se había corrido. La incertidumbre que me quitara hasta los sueños se convertía en la certeza provocada por sentimientos nuevos y claros.
-Este hogar es La Casa del Sol, Magda. Acá todos somos necesarios, hacemos viandas económicas, comemos, tenemos un coro, una carpintería, talleres, compartimos... para vivir, hacemos la vida con menos reclamos y más acción. La queja te inmoviliza, Magda... -, me explicó dulcemente Silvia Gracia en su bienvenida.
Con las sombras calurosas y largas, salí por la calle lateral y llegué a mi casa, liviana, casi libre. Le conté todo a mi papá. Esa tarde él me cebó mate y juntos nos reímos del miedo que me habían provocado mis presunciones fantasiosas.
-Sé del hogar, hija, como no leés el diario... –Hizo una pausa y siguió–. También será un aleteo de prueba para que vueles...para que aprendas a elegir tu destino, –me dijo acariciándome la cabeza.
Durante años fui diariamente a La Casa del Sol donde crecí. Hubo sacrificios, alegría y problemas pero allí supe que no necesitaba dogmas, ni religiosos ni políticos, para que el amor fuese un faro en todo momento.
Con su llamado tenaz la lectura equilibró lenta y minuciosa mi afán por escribir; las conjeturas se debilitaron cuando entendí que lo aparente dispara la opinión que me puede conducir hacia lo equivocado.
Mi mamá no regresó. Al observar su foto me veo y le digo que mis deseos más profundos se cumplen inexorablemente y de la mejor forma aunque a veces parezcan no coincidir con lo imaginado.
Desde aquella primera vez en La Casa del Sol con el inesperado descubrimiento de un sentir nuevo y una vida distinta, Silvia Gracia me ha ayudado a que las puertas no sean un obstáculo ni una inquietante obsesión; junto a ella abrí muchas, todas las infinitas imprescindibles para poder, hoy, escribir este cuento.

lunes, 18 de octubre de 2010

Me llegó hoy y lo comparto


¿Has oído hablar del 2012 como un año en que algo va a suceder?



Bueno, por un lado hay varias profecías que indican a esta fecha como un punto importante en la historia de la humanidad, pero la más significativa es el término del calendario Maya, cuya profecía se ha interpretado de distintas maneras, los más negativos piensan que ese año se termina el mundo, pero no será así, es sabido que ese año comienza una nueva era, la era de acuario.
Esto tiene que ver con la rotación del sistema solar completo (ciclo solar) que va pasando por las 12 distintas eras y cada una de ellas dura 5.125 años. La era en la que estamos llamada era de piscis, comenzó el año 3.113 AC y termina el 2012.
Lo cierto es que el planeta viene cambiando su estado de vibración y este cambio se ha intensificado desde el año 1989 donde los polos magnéticos se desplazaron estos últimos 20 años lo que no había ocurrido en miles de años.

Sí, hay un cambio en el magnetismo de la tierra, hay un cambio no sólo de conciencia sino que también una adaptación a nivel físico para esta nueva vibración.
Los cambios no sólo son en nuestro planeta, sino que afectan al universo completo, y la ciencia hoy día puede dar cuenta de ello. Infórmate sobre los cambios en las tormentas solares (que son tormentas magnéticas) y verás que los científicos están al tanto de estas cosas, o pregúntale a algún aviador acerca del desplazamiento de los polos magnéticos en los últimos años, ya que los aeropuertos han tenido que modificar sus instrumentos.
Este cambio en el magnetismo se traduce como un incremento de la luz, un aumento de la vibración planetaria.

Para que lo vayas entendiendo de manera más fácil debes saber que esta vibración es afectada e intensificada por la conciencia de todos los seres humanos. Cada pensamiento, cada emoción, cada nuevo despertar de alguien a la conciencia de Dios eleva la vibración del planeta.

Esto te puede parecer una paradoja, puesto que la mayoría ve a su alrededor más odio y miseria, sin embargo no es así. Ya lo he venido diciendo, cada uno elige donde enfocar la mirada, sólo ven la oscuridad aquellos que están enfocados hacia el drama, el dolor y la injusticia. Si no ves el avance espiritual que ha tenido la humanidad es porque no te has enfocado en ello, pero si haces el trabajo correcto y liberas tu mente de lo negativo abrirás un espacio donde podrá manifestarse tu esencia divina que te pondrá en el foco de lo que realmente está ocurriendo en la humanidad y el planeta. "Estamos elevando nuestra conciencia como nunca antes".

¡Pero cómo!... ¿no ves la oscuridad? me podrás decir...

Sí, la veo, pero no me identifico con ella, no le temo... ¿Cómo le voy a temer a la oscuridad si veo tan clara la luz?... por supuesto que entiendo a aquellos que temen.
La oscuridad no es una fuerza que te empuje a ser más malo o a vivir con más odio, la oscuridad no es una fuerza contraria a la luz, es ausencia de luz, tú no puedes invadir la luz con oscuridad, no funciona así el principio de la luz.
El temor, el drama, la injusticia, el odio y la infelicidad sólo existen en estados de penumbra porque no puedes ver el contexto global en que se desarrolla tu vida, y la única manera de ver desde la luz cuando estás ahí es por medio de la fe.
Una vez que aumentes tu frecuencia de vibración (estado de conciencia) podrás ver hacia la oscuridad y entender lo que has vivido.

Pero... ¿Cómo puedes decir esto si en el mundo hay más maldad cada día?...

No hay más maldad... lo que hay es "más luz", y de eso estoy hablando ahora.
Imagina que tienes un cuarto o bodega donde guardas tus cosas desde hace años y es iluminado por una lámpara de 40W. Cambia la lámpara a una de 100W y verás lo que ocurre allí. Verás el desorden y el polvo que pensabas que no existía. La suciedad será más clara.
Esto es lo que está pasando, y esto es lo que hace posible de que muchos lean esto y no les parezca una locura como pudo haber sido hace algunos años.

¿Te has dado cuenta que hoy en día las mentiras y los engaños salen a flote con mayor rapidez que antes?... Bueno, acceder al entendimiento de Dios y el funcionamiento de la vida también es más rápido que antes.

Esta nueva vibración del planeta es la que tiene a todos nerviosos, depresivos o enfermos, ya que para poder recibir más luz las personas deben cambiar tanto física como mentalmente.
Deben poner en orden sus bodegas porque cada día les llega más luz a su conciencia y por mucho que quieran evitarlo, deberán elegir poner manos a la obra y comenzar la limpieza o vivir en medio del chiquero.

Este cambio provoca dolores físicos en los huesos, que los doctores no pueden solucionar ya que no se ve una enfermedad que los provoque. Te dirán que es estrés y no se trata de eso, se trata de emociones negativas acumuladas, se trata de miedos y angustias, se trata de ese polvo acumulado por años que ahora estás viendo para ser limpiado.

Habrá noches en que te despiertes y desveles por unas horas. No te alteres, lee un libro, ve tele, medita, no luches pensando en que algo está mal contigo, es la nueva vibración planetaria que estás asimilando, te volverás a dormir y al día siguiente no sentirás falta de sueño.

Si no canalizas bien este proceso, los dolores serán más intensos y te diagnosticarán fibromialgia, que es un nombre que la medicina ha dado a estos dolores que no tienen causa visible y para los que no proponen ningún tratamiento con resultados concretos, sólo te recetan antidepresivos para que evadas la oportunidad de cambiar tu vida.

Una vez más tú eliges en qué realidad deseas vivir, sólo que esta vez el drama será más intenso y por supuesto el amor también.
Si se incrementa la Luz, también lo hace del mismo modo la falta de ella, esto explica por qué hay tanta violencia irracional en los últimos años.

Estamos viviendo la mejor época que la humanidad jamás vivió, seremos testigos y actores de la transformación más grande de conciencia que jamás imaginaste.

Infórmate; despierta tu inquietud por estos temas, la ciencia sabe que algo está pasando, tú sabes que algo está pasando, sé actor conciente de estos tiempos, que no te pillen asustado porque no sabes lo que pasa.

Sai Baba. .

jueves, 14 de octubre de 2010

ESTUVIMOS EN JUNÍN


Fue un fin de semana MARAVILLOSO con la grata compañía de mi querida amiga Sonia, la Laguna de Gómez, mi compañero de la vida y mi mamá.

Rodolfo Pedoggi(Ediciones de las Tres Lagunas) organizó una fiesta donde todos los escritores tuvimos un lugar y también la Banda de chicos y adolescentes de la Municipalidad de Junín, el tango y el folklore.

El cuento Jorge Javier recibió una MENCIÓN DE HONOR que guardo en el corazón de los personajes.

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL CUENTO PREMIADO



Jorge Javier


Cuando vio que eran las seis de la tarde, se levantó del sillón de cuero azul y caminó hacia la oficina de su secretaria. Ella y los demás empleados se habían retirado. Seguramente lo saludaron pero, entretenido con el trabajo, no les prestó atención. Resultaba raro no haber escuchado la voz de Dolores quien, en los últimos días era más que una empleada eficiente. Le gustaba y creía que ella también había empezado a coquetearle.
Jorge Javier Mansilla, gerente de la empresa, llevaba veinte años casado con la misma mujer. Tenían tres hijos adolescentes, una linda casa, un auto nuevo y una vida familiar tranquila, ideal para su gusto.
Había disfrutado algunos romances pasajeros que, sin riesgos, pudo concretar en los viajes de negocios. Él sabía que estaba lejos de brillar en sus roles, no obstante, Celina, su esposa, seguía acompañándolo. Ella era muy buena en todo aunque algo pasada de moda en comparación con las mujeres de los otros gerentes que lucían retocadas y trabajaban en oficinas con hombres que podían admirarlas y hasta... algo más. Celina, su esposa, no, estaba en la casa dedicada a él y a los hijos, como siempre les había gustado, por lo menos a él.
Ellos se querían y también a la costumbre. Pero cuando la rutina tediosa venía a malograrles la vida, trataban, con salidas al cine o cenas con amigos y encuentros inusuales en hoteles caros, de recrear aquel fogoso principio a los veintitantos en el que Celina le murmuraba al oído que él había sido su primer hombre. Sin embargo, sus proyectos estaban impregnados de sabores suaves y a Jorge Javier no le interesaba excederse en ningún ámbito y así evitar complicaciones, no a los altibajos, no a la pasión descontrolada, no a los cambios que pudieran atormentarlo. Casi nada lo seducía demasiado excepto Dolores, su joven, inteligente y hermosa secretaria que, con cautela, le hacía sentir su presencia. Dolores no era bonita pero emanaba una belleza fresca relacionada, sin duda, con su sensibilidad.
Jorge Javier había notado el cambio una tarde que se quedaron trabajando en su oficina. En un instante diminuto ella permaneció quieta, con sus ojos en los de él, diciéndole así callada y por primera vez, cosas que nada tenían que ver con la tarea y entonces la reunión fue un encuentro mágico que cambió el aire. El duende oculto y solapado del deseo había hecho su aparición instalándose adentro y afuera de ellos como si la famosa flecha mitológica hubiera respondido el llamado de los ojos, de los dos.
De a poco, Jorge Javier empezó a tener en cuenta cada movimiento de Dolores y si bien se esforzaba para no demostrarlo, solía agregar un roce de manos que ella tomaba con estudiada indiferencia. En el rincón más profundo de su interioridad sentía la vehemencia del impulso en creciente ebullición y aunque simulaba restarle importancia, madrugaba ansioso para llegar temprano y encontrarla sola en la computadora u organizando la correspondencia.
Una tarde salió del edificio alrededor de las dos para almorzar en el centro comercial. Parado en la esquina esperando que el semáforo lo habilitara a cruzar, vio un auto idéntico al suyo, la curiosidad lo llevó a observar adentro y quedó perplejo: él manejaba muy suelto acompañado de Dolores. Pese al tránsito conversaban con la confianza que se ve en quienes comparten una historia por mínima o insignificante que sea.
Jorge Javier caminó ensimismado hacia la confitería y no almorzó. El té y la aspirina que pidió en su lugar quedaron intactos. Absorto aún en la imagen que se le había impregnado en el pensamiento pagó la cuenta y se volvió.
Dolores conversaba con el cliente que tenía cita a las tres, la situación, por demás ordinaria, también lo sobresaltó porque, de acuerdo a su visión, ella no debía estar allí, ¡y tampoco él!
La llamó a su despacho y le preguntó, con disimulo, si había salido a almorzar. Como respuesta recibió casi una justificación: el presidente de Rear S.A. le había ocupado su horario de descanso, por lo tanto prefería quedarse para adelantar el envío semanal.
No puede ser, repetía callado, esto es una fantasía...una cosa de la imaginación. Terminó extenuado por los nervios. No veía la hora de llegar a su casa y confirmar que allí todo era como siempre.
Así fue, Celina recién llegada de la peluquería lo esperaba lista para ir al cumpleaños de su suegra del que, por supuesto, no tenía noción de que le hubiera comentado.
Esa noche, después de varias copas de vino, soñó con Dolores. Se acariciaban desnudos en el sofá de la oficina. Se despertó excitado y ya no pudo dormir.
Apagó el reloj antes de que sonara, se preparó el mate y lo disfrutó solo en la cocina. Después se dio una ducha apresurada y eligió el traje nuevo con la camisa blanca que abrochó despareja y no le importó, quería correr a la empresa. Necesitaba ver a Dolores, sentir su presencia tranquila y viva al mismo tiempo. Sacó el auto de la cochera y tomó la mano rápida de la autopista hasta el centro, la desesperación por llegar antes que los demás le hacía transpirar las manos. Desacostumbrado a los sobresaltos manejaba torpe y saboreando la idea de esa mujer, la única en ese momento. Cuando la culpa lo zamarreaba la justificación se imponía: Total una aventura más no lo convertiría en mal tipo, con tomar los recaudos para que nadie sufriera...
Jorge Javier se dio cuenta de que el deseo ardiente y no suave le gustaba. En medio del desbarajuste de tránsito y sentimientos, recordó su noviazgo con Celina que desembocó inevitablemente en matrimonio. En los cuatro lustros de amistad de sus padres estuvo dicho que se casarían y ellos habían aceptado cómodos la decisión bienintencionada de los grandes.
Dobló por Marcelo T. de Alvear y al detenerse en el semáforo de Libertad vio a una pareja de la mano. Ella hablaba risueña mientras él desenvolvía un caramelo y la escuchaba con atención, cruzaban en dirección a Libertador. Al principio no se fijó en las caras pero algo familiar lo obligó a hacerlo. Era él con Dolores. Él con el traje azul nuevo y ella con uno rojo encantador como su apasionada sencillez.
¿Estoy soñando? ¿Qué me pasa? ¿Cuál de las dos es la realidad? Tocó bocina preguntándose sin parar y como a esa hora había menos ruido, el otro -que era él- giró la cabeza en su dirección. No supo qué decirle y se agachó como si buscase en la guantera. Su otro él no pareció reconocerlo. Al cambiar la luz arrancó y dio varias vueltas antes de estacionar cosa que le costó porque no podía concentrarse en nada que no fuera Dolores y los interrogantes.
Atravesó el hall hacia el ascensor que se abrió como una invitación a la aventura. Marcó el cinco. Se vio preocupado y canoso en el espejo impecable. Entró a su despacho y se sentó frente al periódico puesto con cuidado sobre el escritorio. Hasta ese momento todo parecía normal. Cuando escuchó pasos, se asomó temeroso a la oficina de Dolores. Allí estaba su secretaria acomodando la mañana, se movía ágil y hermosa vestida de rojo. El saludo de los dos fue un suspiro y Jorge Javier se acercó desesperado dispuesto a abrazarla.
No pudo, retrocedió esforzándose por esconder lo que sentía pero fue inútil. Intentó una explicación e inventó una serie de incongruencias que, en su interior, decían todo lo contrario. Quiso ocultar la pasión y habló de ella, de sus desvelos, de la necesidad física, de los sueños, de la urgencia... Dijo casi todo, menos que se vio con ella. Dolores habló después:
-Yo también te quiero-, murmuró mientras le mostraba los dos pasajes a Río de Janeiro.
Jorge Javier se pasó la mano por la cara y la cabeza y se acercó sin atreverse a más.
-¿Sabe Celina?-, le preguntó ella naturalmente.
A él le corrió hielo por la espalda. No recordaba ningún viaje inminente ni haber hablado con Mr.Jones al respecto. Tendré que pedir hora con... con un médico, un psicólogo, un curandero, como Mia Farrow en aquella película, ¿era Chino o?... que me saque de esto, que me despierte o me duerma del todo. Lo único que pudo hacer fue acercarse a Dolores y besarla. Aunque con miedo, rompió sus barreras y profundizó en su boca, dejó que sucediera, sin pensar, y lo disfrutó como a una porción de eternidad desconocida que de pronto dulcificara todas las cosas. Ella lo acarició, perfumada, invisible y real; la sentía desaparecer para volver a crearse con cada caricia. Fueron varios minutos hasta que sonó el teléfono y Jorge Javier atendió, era Celina para avisarle que se había olvidado la valija. Preguntaba si prefería que se la alcanzara. Confundido y todavía en los brazos de su secretaria invitó a Celina a almorzar. ¿Entonces, ella sabe del viaje?... Urgente al curandero chino. Jorge Javier se encontró en los ojos de Dolores y reconoció que no podría desprenderse. Sea lo que sea se siente maravilloso. Pensó resuelto y supo que la vida iría hacia delante.
Trabajaron hasta las doce, hora en que llegó Celina al despacho.
Nunca su mujer le había parecido tan hermosa; tal vez por la vieja costumbre de verla no la veía. La recibieron con halagos que ella agradeció con gracia, hasta el ácido Mr. Jones se iluminó al cruzársela en el pasillo.
Jorge Javier y Celina comieron en un lujoso hotel vecino y charlaron como antes, con interés. La presencia del pasado insípido empujaba para que el presente y quizás el incierto futuro no lo fueran.
Se despidieron en la puerta del hotel con un beso igual a aquél que, a escondidas, sellaba los pactos del noviazgo. La vio irse en una ensoñación donde ella, lindísima, vestida de celeste, se hacía invisible y se recreaba con cada paso.
Era la hora de salir para el aeropuerto, Jorge Javier se apresuró a cruzar, vio otra vez su auto detenido en el semáforo. Miró hacia adentro con menos miedo, más acostumbrado a encontrarse en situaciones impensadas. Allí estaba, muy feliz, besando a su esposa vestida de celeste. Le pareció que su realidad podía modificarse sin aviso. No le importó demasiado. Miró la calle, los autos, el cielo limpio y se distrajo con dos globos amarillos que viajaban hacia la luz, revisó los bolsillos buscando caramelos y entró a la empresa listo para partir, presuroso, entusiasmado.

sábado, 11 de septiembre de 2010

OTRO TEJIDO RECIÉN TERMINADO


Este conjunto lo hice para la preciosa JULIA CICILIANI que acaba de venir a la vida.

EL CUMPLEAÑOS DEL SOL



No me equivoqué, a propósito escribí EL CUMPLEAÑOS DEL SOL porque así me sentí el domingo cino en EL CUMPLEAÑOS DE SOL, una de mis queridas ahijadas. Ella es decidida, inteligente, sagaz, buenísima piba, cariñosa, solidaria, y todo eso provoca que el SOL CUMPLA AÑOS Y SE RENUEVE, PORQUE ASÍ NOS RENUEVA LA VIDA.

TENGO LA BENDICIÓN DE TENER AHIJADOS MARAVILLOSOS, MARÍA SOL ES UNA DE ELLAS, UN HERMOSO REGALO DE VEINTICUATRO.

domingo, 29 de agosto de 2010

MUY PRONTO LA SEGUNDA NOVELA



EDICIONES DE LAS TRES LAGUNAS publicará "DETRÁS DE LOS ÁRBOLES DORADOS"

La tapa es la foto de un cuadro de mi amiga María Antonia Franco que ella nombró: "ESTALLIDO DE MUJER"

FRAGMENTO:

"...Decime algo, Daniel, ¿adónde estás, mi amor, por qué solo venís en sueños, adónde quedó la promesa del primer día?, dije con aliento débil para que mi hijo que dormía no escuchara. Esa mañana me volvían las contradicciones y las dudas con una fuerza antigua.
¿Adónde estás?, repetí buscándolo a mi alrededor. Escuché el ronquido de Midbar contra el silencio intenso y diferente.
Me pregunté si habría llegado el momento de irse, la intuición lo repetía.
“... prestar atención a las situaciones poco habituales...”, había remarcado Lila en el encuentro del sábado. La vida diaria era en sí misma “una situación poco habitual”, pero ya hecha costumbre. ¿Sería escaparse el éxodo del que se hablaba? ¿Cuál es el significado de “crear la vida de otra manera”? Está claro que algo importante viene ocurriendo, los pensamientos, las emociones, ahora muchos hablamos de los seres espirituales, de los destinos posibles caminando paralelos...
Con el grupo meditarmos, casi todos reciben imágenes o avisos, Dani, vos entenderías... , ¿o es que el asunto no está en entender sino en sentir?, yo siempre espero más que las lágrimas subiéndome desde el estómago, lo que sí me pasa es la certeza de que estás vivo. Me basta con mirar los fresnos de Mariana poniéndose dorados con solo fijar los ojos en ellos y saber que estás¿te acordás de los mates con tortitas negras en verano? Midbar escribe en tu cuaderno y no me deja ver ni un renglón. Yo tampoco le permito leer lo mío, no lo hago muy bien, igual me gusta. Con este hijo que vino de la nada en el momento más doloroso de mi vida, empezaron las cosas raras, mi escritura en secreto, un poco de olvido de las rabias que te hacían enojar, un poco de olvido de mi ansiedad por tener más de todo que, sin variante, me dejaba infeliz, atada a lo vacío. Te lo dije en el primer encuentro aquella tarde en El Roble, no sé por qué pude confiar en vos sin conocerte. Me dijiste que nunca me dejarías...
Como cada día de los últimos años, calenté el agua y la puse en la palangana, sin el calefón es engorroso bañarse. De pasada miré a mi nene, el grandote ya ocupa toda la cama. Midbar es un lindo chico. Para los catorce, la próxima Navidad, le voy a hacer una fiesta; qué sé yo adónde estaremos. No sé si hubieses querido un adoptado, los hijos así son distintos de uno; dice Lila que los propios también, ella no tiene y sabe, insiste en que cuando crecen uno los desconoce porque se separan, “se van a la vida” se la pasa repitiendo Lila que ve muchas cosas en las meditaciones, yo menos que todos.¿Será que no estoy lista?
Preparé la mesa del desayuno, eché un vistazo al teléfono que no funcionaba y puse el reloj en la mochila.
Aquella Nochebuena llegó Midbar, como si hubiese salido del cerro, dijo el pediatra que tendría cuatro años, seguro que las estrellas brillaban más y vos sí las hubieras apreciado, yo ni miré para arriba, vivía concentrada en sentirme mal porque te habías ido sin decir adónde, y Midbar sonreía hecho un rulo entre las sábanas, y yo quería que no hubiese aparecido. La noche de Navidad él me mostró el cerro iluminado como nunca y casi no me importó, desaproveché momentos preciosos... Hoy tengo miedo de verdad, tal vez por eso te digo esto que a lo mejor ya te lo conté, es miedo de lo que va a venir, de la incertidumbre, terror de no verte más...Midbar quiere que confíe...
Mariana y mis viejos se cansaron de decirme que él es una señal, yo antes no escuchaba. Ahora creo. Es un pibe maravilloso, sabe de todo. Cuando empezó la primaria la maestra puso en la evaluación que parecía de otro mundo por lo bueno, capaz de sentir a los demás. Aquella vez que le dio las zapatillas al compañerito que se le escapaba el pis yo lo reté y me miró con tanta comprensión que me dio vergüenza.
Me lavé por partes, no hay nada mejor que una ducha larga como las que me daba en el club; aspiré, había “olor a asco”, así decía Midbar cuando era chiquito y alguna comida no le gustaba.
Lila repite que no debo pensar cosas negativas, nadie; Lila tiene lindo el nombre, no la quise al principio y tampoco después cuando Midbar se pegó a ella y a su marido, ellos nos ayudan mucho... vos sabés que soy contradictoria.
Gasté bastante agua para sacarme el aloe del pelo, me refregué bien, como si la fuerza contra el cuero cabelludo pudiera aclarar las dudas. Me vestí con la remera verde y el pantalón de lona que me iba grande, el calor era de verano, no obstante, saqué la camperita de lana y la dejé en la silla; Mariana había dicho: “nos vamos con lo puesto”, entonces, la volví a guardar. Los movimientos me salían con dificultad por la sensación de temblor frío, era un sentimiento difícil de describir o quizás tan sencillo que las palabras se escabullían. Escuché un seseo y me asomé por la ventana, Eliseo barría el patio compartido, los otros departamentos tenían las ventanas abiertas. No se veía a nadie, diferente de otras mañanas cuando a esa hora salen todos. Solo el seseo insistente de la escoba, el ronquido suave de Midbar y el canto de un zorzal paradito en la acacia. Eliseo se detuvo y me preguntó si estaba bien"...

UN CUENTO PREMIADO





En 2009 participé con el cuento DELICIA en el VIII Concurso INTERNACIONAL DE CUENTO Y POESÍA que organiza EDICIONES DE LAS TRES LAGUNAS (una editorial de Junín, provincia de Buenos Aires).
La poco gentil DELICIA recibió una MENCIÓN DE HONOR y comparte espacio con los demás premiados en la antología de la foto.

Comparto el cuento:

DELICIA

-Delicia, te llama la señora-, le avisó la empleada nueva muy concentrada en el traje de gamuza beige que Delicia llevaba con soberbia.
-Se dice Su Señoría. Tenés que aprender cómo son las cosas, además de envidiarme la ropa-, dijo Delicia, mientras se cruzaba de piernas y prendía un cigarrillo.
La chica no habló pero cada dos minutos dejaba de escribir y la escrutaba por encima del monitor.
Delicia fumó despacio, abstraída. Deshizo la colilla, sacó un espejo de la cartera y se retocó el pelo. Después de guardarlo fue con paso hermético hacia el despacho de la jueza. Antes de empujar la puerta modificó su rostro, pudo borrar las intenciones ominosas que contra su voluntad le habían aparecido en la cara. Una delación. Fingió dulzura desde los labios hasta la frente.
-Disculpe, Su Señoría, entré sin pedir permiso porque estaba abierto, perdón por la espera, había ido al baño-, mintió. Ni bien la puerta estuvo cerrada, Delicia fue al escritorio de roble y apoyó las manos frente a la mujer bastante mayor que ella. El arrobamiento que Delicia le mostró no fue franco.
La jueza la observó. Ante ella, el rostro bellísimo que le despertaba el recuerdo de sus propios gemidos, de la noche anterior. Delicia era un espejo de sus ganas diferentes, nuevas. Sin moverse, la magistrada sobria murmuró:
-¿Nos quedamos hoy?
Delicia hizo una pausa estudiada y habló de otra cosa:
-Sé que mañana se lee la sentencia, ¿no podrías por esta vez, sólo por esta vez?...-, y sostuvo con fuerza la carpeta de “Belvedere contra Rancio”.
-¡Ya te dije que no, sería inmoral! Tengo pruebas, el culpable es él, me extraña, de verdad, me extraña...
Delicia pensó un momento e intentó con éxito un susurro firme y arrepentido:
-¡Por favor! ¿No creerás que yo...?
-¿Entonces, para qué insistís?
-Es que revisé de nuevo la foja 220 y sí, me parece que Irene Belvedere tiene responsabilidad y sería injusto que él pagara solo... Ya me había parecido cuando...antes...
-No, no, Delicia. Aquí no hay dudas. ¿Te espero hoy?-, se suavizó la jueza.
Delicia le acarició la mano y sin contestarle se fue pisando el silencio.
Ni bien cerró la puerta del despacho con debilidad firme, manoteó muy seria su cartera y se metió en el baño. Sacó el celular y discó de memoria.
-Ah, Delicia, ¿cómo van las cosas?
-Mal, no accedió, no quiere ni que le nombre el asunto así que... como te imaginarás, para hacerlo de la otra forma necesito más plata.
-¡Ni un peso!
-Con un veinte por ciento más arreglamos. ¿Querés o no querés quedarte con todo?
-Sí, por supuesto, la turra que vaya a laburar , bastante me sacó en estos años.
-Bueno, entonces lo que te dije.
-No entiendo por qué para hacerlo de la otra forma que ni sé cuál es, necesitás más guita, ¿o te pidió la jueza?
-¡Ni soñando, ella es distinta!, lo que pasa es que de esa otra forma no puede hacerlo cualquiera, yo sí, y entonces vale más que convencerla por las buenas.
-Sí pero en un principio...
-Mirá, Rancio, si querés que la sentencia te deje forrado a vos, pagá, sino, chau.
-El veinte por ciento y ni un mango más, ¿oíste? No sea que después...
-Vení mañana a las diez de la noche. No te olvides la chequera y confiá en mí.
Delicia guardó el teléfono y sonriente se fue.
A las seis volvió al juzgado. El vigilante de la entrada la saludó serio. El silencio era un convite que ella no se quería perder.
Su Señoría la esperaba desde las cuatro, iba y venía. Se había desprendido tres botones de la blusa. Los ojos le brillaban inquietos. Las ganas de que la noche anterior se repitiese le ardían el cuerpo. Cuando Delicia entró y se miraron, a ella, la mujer grande y sobria, los muslos le empezaron a latir y se le secó la garganta para que ninguna duda intentara un grito.
Delicia permitió que su nombre se convirtiera en un acto inefable.
La jueza quedó tendida sobre el sofá de cuero con los ojos cerrados. Delicia, arrodillada sobre la alfombra, alargó las caricias sin privarse y con la vista fija en la pared fue planificando la rutina para el día siguiente.

Cada vez que se preparaba para hacer las cosas de esa otra forma, la noche anterior no podía dormir. Estaba previsto así por las mismas leyes que le habilitaban el procedimiento: máxima concentración en lo que deseaba obtener, nada más. Ni comida, ni alcohol, ni descanso. Llegó a su casa, preparó café fuerte, se puso el pijama de seda y se acomodó en su estudio. Las plantas necesitaban agua, en otro momento. Tenían razón sus amigos, el gris de las paredes le restaba frescura al departamento suntuoso, último regalo de un cliente. Ahora sí podría decorarlo a su gusto. Se acarició las piernas, los pechos, los brazos. Después de releer las instrucciones que sabía de memoria veló la noche. Antes de la madrugada vio las imágenes: el cambio del fallo, la plata para ella, mucha, y algo del tipo también, por qué no. Rancio, ordinario, fornido, ojos verdes saltones, un sabroso bocado, temperamental, Rancio.
Eran las seis y media cuando entró en la ducha. Su cuerpo iluminó la mañana de agosto. Sintió que llovía. Sintió placer por todo. Jabón líquido, esponja vegetal, cremas, el perfume caro, el traje azul, la otra forma, los resultados. Envuelta en el toallón blanco se miró en la nube del espejo. Lo aclaró con la mano. La lozanía de su cara, a pesar de no haber dormido, no la tomó por sorpresa. En esos momentos previos, el tiempo y los hechos parecían detenerse. Nada la afectaba.
A las siete y media llegó a la oficina y saludó con fingida franqueza. La empleada nueva le contestó boquiabierta sin sacarle los ojos de encima.
Delicia entró en el despacho de la Jueza y deslizó un “buen día”. Ya estaban todos acomodados. Les habían servido café.
Rancio vestido de negro, la interrogó en silencio.
Su Señoría la siguió con la vista.
Delicia caminó lentamente y se ubicó al costado derecho de la jueza.
Hubo lecturas y sonrisas. Disimulo y sarcasmo. Irene Belvedere con vestido estampado en violeta y naranja observaba. Tenía apariencia de reina venida a menos pero que no se ha dado cuenta. Lo caro, a la vista, y también el contraste en la expresión de su cara. Apetito, lástima..
Delicia esperó un poco y cuando vio que faltaban solo segundos para leer la resolución, hizo un sencillo gesto con su cabeza y murmuró las dos palabras para la otra forma.. Una parte de su espíritu se desprendió fluida, invisible para los ojos comunes y penetró el cuerpo de la jueza y también las letras del fallo -que Su Señoría manoseaba con las puntas de los dedos desde el comienzo de la audiencia.
Le tocó el turno a la jueza. La espera y la ansiedad se dilataban. La lluvia latía sobre la ventana. La mujer se acomodó los anteojos y leyó con honesta seguridad la sentencia que, ahora, beneficiaba en todo a Rancio.
-¡Su Señoría no entiendo, él tiene la culpa! ¿Esto es la justicia? ¡Por favor! ¿Me quedo sin nada? ¿Yo, que lo banqué sabiendo lo que hacía...?¡Qué locura! -, se sacudía roja y furiosa en la silla Irene Belvedere y señalaba, con el índice repleto de anillos de oro, al antiguo marido.
Su abogada quería calmarla y, al mismo tiempo, se apuraba para detener a la jueza que ya se había parado sin contestar. Rancio estaba rígido, pasmado. Delicia, de pie, muy tranquila. La confusión aumentó cuando los abogados de ambas partes empezaron a gritar.
Delicia aprovechó la confusión y repitió –siempre en voz muy baja- las mismas palabras de antes. Mientras la jueza caminaba hacia la puerta metida en un trance inexplicable, un ensueño, Delicia hizo un gesto con las manos. Sin dilación, la parte de su espíritu prestada para la otra forma volvió a ella y se acomodó perfectamente en su lugar.
Delicia sonrió. La jueza se fue para el baño. El resto siguió vociferando un rato más hasta que el secretario y la empleada nueva los convencieron para que se fueran.
Esa noche Rancio le dio a Delicia un cheque por una cifra muy superior a la convenida. Después brindaron. Después Delicia empezó a desvestirlo.

MIS LIBROS PUBLICADOS 3




AHORA LA NOVELA


En 2006 publico:

UN LUGAR PARA LA SOMBRA, en la contratapa del libro digo:


“Desde su casa en el barrio de Caseros y desde el Hospital Militar Central, Laura inicia un nuevo recorrido.

1973 y 1974 son los años que acunan, para ella, el prodigio de sus cambios y también la víspera de un tiempo agónico, superpoblado de sombras. Un susurro deforme se va instalando en la Argentina y el 24 de marzo de 1976 se convierte en el grito que se adueña.

No obstante, Laura necesita ser parte de la realidad “de afuera”. Y entonces el narrador va y viene con ella. Le permite recorrer los tiempos para que la vida, toda, se filtre en su mundo.

Los recuerdos, el presente y el porvenir son, además, interlocutores que a través de diferentes recursos, dicen hasta lo innombrable, desvelan las formas heladas, acompañan a Laura en el viaje.



“Un lugar para la sombra”, palabras de una víspera. Nora Balarino

FRAGMENTOS:

“Entró al hospital por la puerta del costado para cruzar el jardín. A pesar de la escalera de laja, extensa y por eso difícil, no quería perderse las plantas llenas de flores y el césped prolijamente cortado.
Podría haber seguido por el túnel hasta el ascensor 1 pero de esa forma hubiera sido una llegada lúgubre. Iba con sus padres y tres amigos: Ana, Roberto y Alfredo.
A esa hora se internó. Era domingo, el último de abril de 1973.

Habían tomado el tren a las cinco y otra vez las ventanillas eran cuadros con sol; de nuevo el ritmo indiscutible pisaba los rieles y el olor a tren, mezcla de plástico, tierra y algo más, se imponía, característico.
Enfrentaron asientos y conversaron ellos cuatro; del otro lado del pasillo, los mayores.
Laura se reía de los comentarios de Roberto. Ambos continuaban el incipiente juego amoroso iniciado un tiempo atrás.
Pasó el guarda y picó los boletos de cartón. Blanco el de ella; amarillo casi naranja y blanco los restantes porque incluían el regreso. Ella sacó un Blony, lo desenvolvió, leyó el horóscopo y se lo puso entero en la boca. Enseguida ensayó un globo enorme y lo deshizo con la lengua satisfecha. Roberto la miró con ternura y escasa decisión para darle un beso...”


"...Esa tarde del 20 de Junio de 1973 en el Hospital Militar Central, las corridas eran feroces. La orden de desocupar camas se cumplía. Cantidad de personal armado cuidó el establecimiento y se comentó que había posibilidades de que bombardearan la institución. Nunca se dijo de dónde vino la alerta. Laura se enteró y tuvo miedo porque no podía correr, ni caminar. Ella no lo dijo.

El 21 amaneció muy frío y a pesar del retorno a la actividad normal, los tacos se desplazaban con mayor suavidad por el pasillo helado.
Laura pensaba que la vida es como un espiral, de nuevo lo de antes con un agregado o una ausencia. Tenían que volver a operarla para poner las cosas en su lugar. Él estaba cada vez más lejos y Roberto había venido a verla dos veces. Si bien con él habían empezado un flirteo cuando fueron a la fiesta, en La Plata, a Laura no le gustaba y sin darse cuenta seguía el juego para probar que Él ya no era lo primero. Además Ana, en las tardes de hospital, le había contado que la madre de Roberto no quería que él se arreglara con Laura, por su renguera.
-Claro, la vieja se cree perfecta, y Roberto es buena persona pero la madre, una arpía. Lo domina-, fue el comentario de Ana.

Laura necesitaba saber si a pesar de su problema físico era capaz de provocar algo más que amistad en un hombre...”

“...-Me acordé del miedo y si me preguntaban a qué, desconocía la respuesta. Tal vez al lugar para la sombra, aledaño al quirófano; a la infección; al momento previo a la anestesia cuando el anestesista con sonrisa de delfín, apretaba el lazo eficiente y las venas se salían de su camino para que todo fuera más fácil; al momento de empezar a soñar otra vez volviendo de la nada. No sabía.
En el tiempo de afuera también el miedo se desparramó como una gota de veneno y nos fue impregnando hasta quitarnos el habla. Hincó tan profundo que aún hoy el simple hecho de firmar un petitorio o recibir alguna llamada telefónica extraña despierta al gigante. ¿Qué es lo que se desvela, los terrorismos, las circunstancias, los auspiciantes, el fin que justifica los medios, la falta de amor?-, Laura me miró desconcertada.”

"...En el 73 y 74 pasaban cosas afuera del hospital militar central y adentro de mí, otras, disímiles, como si tuviera dos vidas. El 24 de marzo de 1976, cuando mi papá me trajo un mate a la cama y me dijo que no podría comenzar el profesorado porque habían subido los militares, y agregó que menos mal, porque Isabelita estaba destruyendo el país; y que ellos impondrían la paz y el orden; paradójicamente empecé a reconstruirme, a sentir que lo de afuera también vibraba adentro y ¡basta de que es cosa de la política y yo no tengo nada que ver, total a mí eso no me va a pasar! Al enterarme de lo que sucedió después, entendí esa especie de temblor frío que me vino enseguida de la noticia y que mis padres y un médico atribuyeron a la desilusión por no empezar la carrera ese día.
Ahora que por fin tengo los tiempos unidos y en consecuencia una sola vida, ahora quisiera contestar la vieja pregunta con mi cuerpo de hoy que abraza al otro para transmutarlo y que deje de doler. No puedo. El reclamo sigue. Intento responder y entonces las cicatrices del cuerpo de afuera me hacen doler las mías aunque parezcan cerradas. Mis heridas se reflejan en el otro cuerpo, cada corte es un grito afuera, cada rasgo de una puntada es un rostro perdido..."

MIS OBRAS PUBLICADAS 2



EL SEGUNDO LIBRO


En 2004 nace ¿ALFENIQUE?, mi primer libro de cuentos infantiles.

El personaje es un fantasma que huele a bizcochuelo de vainilla. La idea surgió a instancias de una maestra de ciegos (amiga personal) que me pidió un cuento para sus alumnos donde intervinieran otros sentidos además de la vista.

Esta publicación, auspiciada también por la Oficina Municipal de Letras de Tres de Febrero fue destacada de Interés Municipal por el Honorable Concejo Deliberante.

Comparto un fragmento de : UN FANTASMA QUE NO ERA VALIENTE

“Una noche de verano mientras Julieta se ponía el pijama, escuchó silbar al viento entre las ramas del pino. Se acercó a la ventana y miró para el jardín.
Estaba oscuro y no había muchos ruidos pero ¡qué sorpresa tan rica!: un exquisito aroma a bizcochuelo de vainilla le hacía cosquillas en la nariz.
Aunque el aire caluroso la despeinaba se quedó quieta, apretó los ojos y se imaginó un enorme postre.
Así estuvo un rato hasta que el perfume a torta inundó completamente su dormitorio.
Suspiró fuerte, miró a su alrededor y ¿qué vio?: un fantasma apoyado contra la pared la miraba horrorizado. Tenía la cara redonda y un montón de rulos rojos le caían a los costados.
Julieta empezó a aplaudir y a reírse a carcajadas. Era la primera vez que veía un fantasma.
-¿Por qué estás tan asustado?-, le preguntó un poco burlona.
-Por vos-, contestó temblando- Siempre me leyeron cuentos de nenes y nenas pero nunca los había tenido tan cerca.
-¿Cómo me ves?-, dijo Julieta arreglándose el pelo.
- ¡Linda, muy linda!, pero me das miedo.
-¿Yo te doy miedo?, si siempre fue al revés, somos nosotros los que nos asustamos con los cuentos de fantasmas.
Él no contestó.
-Vení, sentate acá-, lo invitó Julieta mostrándole un banquito azul. -¿Cómo te llamás?.
-Alfenique ¿y vos?-, se animó el fantasma.
-Yo soy Julieta y vivo acá. ¿Vos tenés casa?
-Mi familia y yo vinimos para Navidad con el viento Querencio y nos quedamos en las ramas del pino-, contó el fantasma un poco más tranquilo.
-¡Ah!, con tu familia-, repitió Julieta abriendo mucho los ojos.
Muy pero muy de a poquito, Alfenique empezó a entrar en confianza y habló de su hermana y sus papás. En un momento, sin dejar de curiosear para todos lados, preguntó:
-¿Tenés muchos amigos?
-¡Uf, un montón! ¿Y vos?-, contestó ella acomodándose en el suelo bien cerca de él, así de paso lo miraba mejor.
-Yo también-, sonrió Alfenique orgulloso.
-¿Son todos fantasmas tus amigos?-, se apuró Julieta.
-Sí... sí, hasta ahora-, respondió él dejando ver sus manitos celestes al subir los hombros como diciendo ¡qué se le va a hacer!
-¡Tenés las manos celestes, nene fantasma!-, gritó Julieta asombradísima.
-Sí y también los pies y la lengua-, explicó él con un poco de miedo.
-Eso no importa, ¿querés que seamos amigos?-, propuso ella dándole su mano.
-¡Sí, me gusta!-, afirmó suavemente el fantasma estirando su brazo pequeño.
Justo cuando se estaban saludando, sonó el reloj cu-cú y como siempre ladró Gervasio. De nuevo Alfenique se asustó y corrió a encerrarse en el armario.
Las carcajadas de Julieta despertaron a su mamá, entonces ella se rió más bajito y murmuró:
-Vení, no te asustes, es mi perro, sigamos conversando...”

sábado, 28 de agosto de 2010

MIS LIBROS PUBLICADOS



EL PRIMERO:
TODAVÍA ES DE NOCHE (Cuentos y relatos) nació en abril de 2003 inaugurando los auspicios de la Oficina Municipal de Letras de Tres de Febrero.
La tapa la diseñó un artista amigo Gabriel Vañek que interpretó a la perfección mi sentir sobre los signos musicales muy ligados a la escritura en mi primera infancia.

Copio un fragmento de LA CASA DE ISABEL, uno de los relatos:

...“A las cuatro aparecía Isabel con su abuela, como el gong que marcaba el final de la clase sonando al unísono con el tañido del reloj de pared. Inés, luego de hacer las últimas indicaciones, desaparecía detrás del cortinado de brocato que separaba el living del comedor. La fiesta comenzaba sin importarme el pasado y menos el futuro. La abuela con el corsé apretado delineando su figura delicada, ponía las manos blancas sobre el piano, marcaba el ritmo con el pie y los valses alemanes de su juventud subían más allá de las nubes, mientras nosotras bailábamos levantándonos la pollera con la punta de los dedos, imitando a las damas de las ilustraciones de los libros de cuentos. A veces la pianista octogenaria se acomodaba los anteojos y aprovechaba para relatar alguna anécdota graciosa y entonces, cuando volvía al teclado, otro vals surgía de su memoria, quizás evocando ilusiones de antes.Cuando la madre de Isabel nos llamaba desde la cocina impregnada con olor a torta en el horno, dejábamos la fiesta, casi siempre protestando y nos instalábamos en el comedor de diario para hacer la tarea./ Isa me explicaba los problemas de Matemáticas que a mí me costaban y después calcábamos los mapas con plumín y tinta china. Si no había mapas terminábamos más rápido y nos íbamos a jugar alrededor de la casa infinita.
No salió nadie -quizás esté deshabitada- pensé, aunque los rosales florecidos y la tierra regada no lo confirmaban. Toqué otra vez y esperé.
A las seis, la abuela nos llamaba a tomar el té. A veces en invierno era casi de noche con lo cual la infinitud de la casa se volvía fascinante porque semejaba una gran mansión sin límites visibles que contenía abuelos, hermanos, habitaciones enormes, un perro salchicha, un auto y sobre todo el misterio fantástico de las travesías desde y hasta donde yo quisiera recorrer, sin preocuparme por la sombra de la noche que invadía el juego.
La ceremonia del té no era la de una merienda común. Se encendían todas las luces del comedor, un enorme mantel blanco caía largo sobre la mesa de caoba, la abuela de piel blanca vestida de negro traía la tetera caliente y ocupaba la cabecera más cercana al pasillo, porque la otra pertenecía al abuelo. Ponían sobre la mesa una bandeja con jamón y queso, una con pan tostado, el plato grande de porcelana inglesa verde con torta de manzana o bizcochuelo recién enfriado, las tazas y las cucharitas, la azucarera, la lechera y la dulcera de cristal con mermelada brillante de naranja.
La familia se sentaba en sus lugares y nosotras, siempre juntas, no parábamos de cuchichear. A pesar de la formalidad de los preparativos que le imponían seriedad a la circunstancia, una vez que todos desdoblábamos las servilletas almidonadas sobre la falda, transitábamos una de mis travesías favoritas: casi sin darnos cuenta rompíamos el acartonamiento con movimientos suaves llenos de tintineos de porcelana, migas de tostadas y charla risueña.
Alrededor de las siete me venían a buscar, era el momento en que, de común acuerdo, Isa y yo franqueábamos la verja y jugábamos un rato en la vereda mientras nuestras madres hablaban.
Después de tanto esperar se abrió la puerta de madera. Apareció una mujer no muy alta y detrás de ella las dos nenas de nueve o diez años que, sin tomarme en cuenta, huyeron corriendo por el caminito. La mujer me preguntó qué necesitaba y no pude responder, balbuceé que me habían dado mal la dirección y enfrenté una travesía: crucé la calle para alejarme y mirar. Desde allí vi a las nenas jugar a la escondida en la eternidad de la tarde, daban la vuelta manzana hasta perderse; una de ellas peinada con dos colas de pelo largo, corría con esfuerzo y rengueaba al caminar pero no paraba de reirse. Al terminar la sexta campanada lejana del reloj, la abuela de Isabel, vestida de negro, las llamó a tomar el té.

viernes, 27 de agosto de 2010

A PARTIR DE HOY PODRÁN VER MIS ARTESANÍAS



Tantas veces mi amiga Patricia Rolón me dijo que debía mostrar mis artesanías y su idea se hace realidad. Comienzo con esta batita de la segunda medida (para tres a cinco meses)tejida al crochet con lana y seda.

PARA LEER Y SENTIR EN SILENCIO


ESTE ESCRITO VIENE DE CRISTINA DI MARTINO, QUIEN ME INICIARA EN SÍMBOLOS DE LUZ.

UN ABRAZO PARA TODOS

Mensaje original canalizado por Cristina Di Martino
Mensaje recibido el día 25/7/2010 en el 4 Peldaño de Simbolos de Luz


Yo, Babaji, estoy aqui.
Quiero que cierres tus ojos para que sientas
Mi vibración, es de puro Amor
y solo el Amor es el que emana en este lugar sagrado.
Yo manifiesto Presencia de Amor Lumínica,
porque esa es la manifestación más alta de Dios.
Vengo a explicarles que Dios está esperando que todos regresen a El,
Dios está esperando la Unidad
de Todo lo que Es en ti,
Dios está esperando que solo exista la más Alta Luz dentro de ti,
que nada de lo que no manifiesta Luz exista en este plano Divino de la existencia humana,
Pero queremos decirles que todo es un juego,
es el juego de la dualidad que está terminando.
Uds., como Guerreros de la Luz,
están jugando este juego
que se terminará cuanto más rápido Uds. lo quieran.
La dualidad se terminará y solo la Luz estará
en cada partícula del Ser viviente
y en cada partícula del ser no viviente,
Dios Padre Madre no juzga por lo que has sido,
solo quiere que ahora seas Luz
y que sientas que la Chispa Sagrada, que El a puesto dentro de ti,
se expanda dentro de tu ser.
Por eso vibra solo en Luz,
en la Luz más Alta de Dios,
y si hay alguna manifestación contraria,
envuélvela en Luz
y asi se transformará.
Tu tienes herramientas sagradas
para trabajar,
porque solo la Luz de Dios más Alta
debe existir.
Hoy amamos tu Espiritu Sagrado y Divino,
porque eres Luz en este camino,
porque el camino está lleno de Bendiciones y de Amor,
porque ahora eres un guerrero teniendo la Luz de Dios dentro de ti.
Solo imagínate caminando por las esferas terrestres dentro del plano humano
siendo un Faro de Luz e Iluminando
y asi será.
Yo te bendigo y honro cada trabajo de Luz y Amor que hagas en la Tierra.
Amen.

martes, 24 de agosto de 2010

FUI A CONTAR CUENTOS AL JARDÍN DE EMILIA



FUI A CONTAR CUENTOS AL JARDÍN DE INFANTES “MUNDO NIÑO”

Alfenique, escondido en la valija rosa de su amiga Julieta, fue el tema del cuento que los chicos de dos, tres y cuatro años escucharon sentaditos en el suelo. El recibimiento de ellos, de las maestras y de Miriam –la vicedirectora-, fue cariñosísimo y dulce como todas las veces que me han invitado.
Si tuviera que hablar de la felicidad diría que ver el rostro asombrado y atento de Emilia –mi sobrina de tres y sus compañeros- puede muy bien definirla.

miércoles, 18 de agosto de 2010

ESTAR CON TELMA


Hace treinta años que soy amiga de Telma, en consecuencia venimos compartiendo los saltos de las olas que debido a la marea pueden ser suaves arrullos o tenaces agresores, pero siempre está presente la hermosura de nuestra relación de amor verdadero. No romántico, es el amor que nos une como personas, del que venimos y al que vamos, el mismo Hilo que va de uno a otro.
Entonces estar con Telma es encontrarme, y no porque pensemos igual en todo, es hablar con una imagen especular de mí misma y descubrir, también, mis palabras ocultas.
Pasamos un hermoso domingo en su casa, templo apropiado y feliz que su gato Lolo completa.
GRACIAS, TELMA.

miércoles, 11 de agosto de 2010

MARÍA DEL CARMEN SANDOVAL ES MI PRIMA

Mary es Licenciada en Servicios Sociales y comentó mi última nota sobre la sanación:

Ella dice:

Querida Nora, acuerdo plenamente con vos. Quien focaliza solo en curar una enfermedad, corre el riesgo de dejar de lado al enfermo, unidad integrada de físico, psiquis, espíritu y entorno social. La persona necesita ser considerada en su totalidad para

alcanzar la sanación. Tu palabras de artista lo dicen con belleza y también con la certeza de quien lo ha experimentado.

El dolor se alivia con analgésicos, el sufrimiento en cambio, necesita del compromiso y la compasión de quien puede curar “a veces”, aliviar “a menudo” pero debe cuidar “siempre”.

lunes, 9 de agosto de 2010

LO QUE PUEDE UN LIBRO




“¿Puede cada uno de nosotros, que es el resto de la humanidad, que es la humanidad, mirar un hecho muy simple? ¿Observar, ver, que el pensamiento y el tiempo son los factores que dan origen al miedo? Entonces, la percepción misma es acción. Y, a partir de ahí, uno ya no depende de nadie. Véanlo muy claramente. Entonces uno es un ser humano libre”.

Fragmento del libro SOBRE EL MIEDO de KRISHNAMURTI

En mi último artículo hablé del miedo. Es una realidad que me ha preocupado por su forma pegajosa de prenderse y las dificultades que ocasiona sentirla, saber que está latente.
La terapia psicoanalítica no pudo con ella pero sí me abrió la conciencia para llegar a estas lecturas. Hoy finalizo el libro y siento que por fin encontré el espacio justo para liberarme del engorroso miedo - “estructural”, según el decir de mi terapeuta.

jueves, 5 de agosto de 2010

EL SABER NO ES ESTÁTICO


La compasión potencia el saber:




Hace unos meses, compartiendo con mis primos una riquísima paella hecha por Ricardo, uno de ellos, se planteó en la reunión si considerar al paciente como un ser humano con sentimientos y circunstancias y no solo un órgano enfermo, influye a favor de la curación. Puntualmente forcejeamos la idea de si el médico debe considerar todos los aspectos que pueden estar afectando a un otro-paciente.
Ricardo opinaba que este proceder desfocalizaría la búsqueda del profesional cuya tarea es hallar, indefectiblemente la cura –posición que respeté sin compartir.
Hoy visité a mi Oncóloga y confirmé una vez más, después de cinco años de tratamiento, que la compasión potencia el saber y nos empuja a restablecer el equilibrio para encontrar la sanación.
María es una excelente profesional que desde un principio se interesó por mi actividad de escritora y mis relaciones familiares, quiso saber adónde estoy parada, quién me rodea, cómo es mi vida y aún lo hace –además de revisarme, ver los estudios y anotar en la carpeta. Ella supo en un momento cambiar una medicación para evitar una cirugía innecesaria que el pánico de un médico le obligaba a prescribirme, María lo hizo porque sabe de medicina y además conoce mi historia de muchas operaciones debido a la luxación congénita.
Y aquí aparece el MIEDO que nos produce tanto miedo llevándonos de las narices. ¿No será que ya es hora de no dejarnos más dominar por él?

Vuelvo al tema principal de este escrito y les digo que necesito compartir la experiencia y las conclusiones y contarle a Ricardo que se pueden conciliar los saberes, que es mucho más productivo que el médico vea más allá del vademécum y los protocolos y por encima de todo que la compasión sea el motor que lo guíe.

Con respecto al MIEDO, estoy leyendo el libro “SOBRE EL MIEDO” de Jiddu Krishnamurti, es alentador, maravilloso.

UN ABRAZO A TODAS LAS MARÍAS ONCÓLOGAS, Y DE TODAS LAS ESPECIALIDADES MÉDICAS Y NO.
HASTA PRONTO

miércoles, 28 de julio de 2010

DETRÁS DE LOS ÁRBOLES DORADOS


Estoy haciendo la corrección final antes de publicar mi segunda novela, esta vez con la Editorial EDICIONES DE LAS TRES LAGUNAS de Junín, Provincia de Buenos Aires.

Hoy quiero compartir un fragmento y la tapa que es bellísima. Es un cuadro de María Antonia Franco que se llama "Estallido de Mujer".


Fragmento:

El viernes de Nochebuena el arcángel eligió el alma entre muchas y le puso un nombre: Midbar, desierto. El arcángel y Midbar recorrieron transparencias mojadas que refractaban la claridad; escaleras marmóreas quebradas en el espacio de un ahora permanente, de ellos. Arribaron a la llanura celesteazulada, un desierto etéreo donde cabe todo y cada uno comparte un lugar que, al mismo tiempo, le pertenece porque fue creado por sus propias actitudes. La atmósfera encarnada iba desprendiéndose de los otros rostros que pasaban sugiriendo vaya a saber qué. Ante un gesto del arcángel, la luz se abrió en miles de colores y el agua vino como una respuesta. Lo empujó a Midbar con fuerza pueril. Él se dejó caer porque recordó su idilio con el agua. Una historia de amor turquesa en el roce de las caricias ondulantes. La fue tocando con pequeños pellizcones sin desperdiciar ni un espacio hasta el final del pasaje que desembocaba en el mundo sensible justo al pie del cerro.
Era Nochebuena en el valle. La primera estrella se abría en la incipiente penumbra del final de una tarde veraniega. El río iba más lento y de tan claro parecía menos profundo. “A lo mejor por la luna”, repetían Alejo y Guillermina mientras desmoldaban el pan dulce y pelaban las nueces en el patio, al lado de los fresnos. A ellos les gustaba mucho Capilla, por la tranquilidad de la vida, por el aire siempre perfumado de los cerros, porque Alejo había vivido allí su hermosa primera infancia.
La montaña oscurecida en la hora azulada se veía menos, o diferente, “hasta brillosa parece”, aseguró Alejo con el mantel en la mano y los ojos atravesados por el paisaje.
La noche corría en el reloj antiguo del comedor, afuera, en cambio, iba despacio como si necesitara detenerse.
-¿Hago mate, viejo?
-Sí.
Ocuparon la punta de la mesa con la mirada hacia el río quieto, estaba raro.
-No es igual la noche-, quebró Guillermina.
-No, nunca, cada día se ve distinta.
-No, digo ésta, hoy. Huele a rosas blancas.
Él se rió de la ocurrencia de su mujer y no dejó de observar la angostura que marcaba rutilante el borde inferior del cerro.
-Mañana va a hacer calor, allá está enrojecido, más que ayer.
-Sí.
Alejo y Guillermina siguieron tomando mate pero no vieron descender a Midbar.

lunes, 19 de julio de 2010

AHORA UN CUENTO

Acabo de modificar un cuento escrito hace muchos años, y sí, la escritura nos permite recrear la palabra con un nuevo sentido.

Lo comparto:

Se deshizo

Todas las mañanas de sol, Artífice Vequio –el nuevo vecino- salía de su casa a las nueve y caminaba directamente hacia la iglesia -tal vez también lo hiciera cuando llovía pero ella me lo contó así. Iba sonriente, era probable que el buen humor se debiera a lo que pensaba.
Por sus piernas largas, los pasos seguros y rápidos cubrían más de tres baldosas. Se ponía un saco verde oscuro en invierno y uno claro en verano. Evidentemente su ropa era vieja, gritaba lustre con la luz intensa.
Ella me contó que don Artífice -como le decían todos-, la saludaba cada mañana tocándose apenas el sombrero negro seguramente heredado, dedujo, considerando que no estaba de moda en ese tiempo. Tanto el Don, puesto por los vecinos, como el sombrero se veían anacrónicos en él. Vaya a saber por qué razón a la gente de ese lugar le apetecía adjudicarle el monosílabo de superioridad que se le asigna a las personas muy mayores, a los próceres y a los jefes de ciertas asociaciones de moral dudosa, si él no estaba vinculado con ninguna de las tres categorías, o por lo menos no se sabía, como tantos aspectos que uno desconoce de los demás, razonó ella.
Don Artífice con sombrero, saco verde, pisada firme y poca solemnidad en el rostro, la vio en la iglesia una mañana. Hizo el cordial toque en calidad de saludo y se arrodilló en la segunda fila. Bajó la cabeza, cerró los ojos y empezó a mover los labios paseando de a ratos su mano derecha por la frente. Ella se acercó descalza pero con las manos limpias, como era su costumbre, se arrodilló a su lado y le preguntó:
-¿Usted cree, Don Artífice?
-No, descreo- le contestó el hombre con simpatía pese a la interrupción y siguió murmurando, sin sonido, su oración inversa.
Ella me dijo que la idea le dio mucha impresión y hubiera querido hablar más con él pero no le pareció oportuno molestar su concentrado descreimiento. Entonces se fue a la puerta de la biblioteca donde junto con Virgilio, el rengo de nacimiento, Luis, el viejo ciego y Cosme, un sabio descartado, pedían limosna a los visitantes. Como tal les daban libros, porque en ese pueblo muchos tenían poquísimas monedas y billetes. Esos libros regalados era muy entretenido leerlos porque allí nos encontrábamos a nosotros mismos con distintos nombres y entonces la vida era menos insulsa, menos aburrida, me confió ella.
-¿Cómo se reconocían, cómo se daban cuenta de que los personajes eran ustedes con otro nombre?-, le pregunté atónita.
-Por las cosas que les pasaban, circunstancias idénticas a las que vivimos pero en distintos lugares y momentos. Como si esos hechos existieran independientes del espacio y del tiempo. Para que me entiendas, es ver una misma película con otros actores y ropas y paisajes pero repitiendo emociones, conductas-, explicó ella con la sencillez y seguridad de quien sabe más de lo que demuestra, sin alarde.
A la semana siguiente, ella entró a la biblioteca para saber qué hacía Don Artífice todas las tardes encerrado allí. Estaba en la última mesa al lado de una ventana cerrada para entorpecerle el paso a los ruidos. A medida que se acercaba lo veía pasar las hojas lentamente de derecha a izquierda. El ceño fruncido y alerta le quitaba el aire despreocupado de sus caminatas.
Ella, como siempre, descalza, pulcra y con los ojos anhelantes, se sentó muy cerca y con enorme curiosidad por la dirección de las páginas, le preguntó:
-¿Lee, Don Artífice, qué lee, el Hebreo...?-
-No, desleo- contestó decidido el hombre y acompañó las palabras con una inclinación de cabeza buscando complicidad para un secreto mal disimulado. A pesar de que el tono de la contestación marcaba la obviedad de la respuesta, ella no se sintió incómoda porque todavía en ese tiempo él le parecía muy sabio, me dijo.
Transcurrieron estaciones. A ella le creció el pelo, cambió su vestido por otro menos claro y se puso calzado. En esta época –final de la historia o principio de otra, como uno quiera verlo- venía, a diario, mucha gente de la capital buscando el amparo de la tierra, el sol y un cielo más pacífico, según le explicaban a los curiosos. Hubo quienes de ellos se agregaron en torno a la puerta de la biblioteca, un hombre en desuso, uniformado con chaquetilla desteñida y sin botones, un cura con la sotana deshilachada apoyado en su muleta rotosa y, a las perdidas, Martita, la prostituta que se hizo famosa por lo bien que tejía y Tomás, el narrador y poeta.
-Los nuevos y los de antes pedíamos, tal vez por indigencia pero más por costumbre-, dudó ella. –Ahora que en el pueblo ya estaban enterados de lo que veíamos en los libros –porque la lengua desparrama tanto como el agua-, nos regalaban unos de tiempos antiquísimos para que siguiéramos encontrándonos en el pasado más viejo y no solo eso, pidieron que, de alguna forma, lo contáramos para entretenerlos. Fue así que la imprenta de Virgilio y Tomás, recién inaugurada, nos dio la posibilidad de que existiera un semanario con los relatos.
En cuanto salió a la calle hubo cola en los kioscos gracias a la voz que iba de unos a otros y todos lo querían, tal vez por interés verdadero o por igualar al vecino o quién sabe en respuesta a qué motivaciones absolutamente impensables, dijo ella que razonó.

Sucedió que una tardecita del año que después pasó lo que pasó, Don Artífice Vequio hizo cola en el kiosco de la plaza y compró el semanario. Esta acción tan igualita a la de todo el pueblo no le llamó la atención a nadie porque justamente todos los nadies ignoraban las habilidades del hombre que desleía y descreía.
Al día siguiente encontramos en el banco de la plaza cercano al sauce donde él se había sentado, el periódico pero en blanco. El hombre lo había desleído por completo y el viento suave hojeaba sus páginas a lo mejor para que viéramos lo sucedido. A partir de ese momento la imprenta dejó de funcionar y fue imposible arreglarla así que el semanario no salió más, contó ella.
Llegó la primavera. Las acacias mostraron minúsculos puntos verdenuevo que de hora en hora se transformaban en hojas, pusimos plantas con flores y la plaza cambió su alegría por otra con colores bien definidos gracias a la mano del sol más intenso. Los amarronados se convirtieron en verdes, los amarillentos en fucsia y el pasto se fue despabilando ineludible.
Don Artífice tomó por costumbre, luego de visitar la iglesia y la biblioteca –rutina que durante meses solo había alterado los días de cobro en los que iba al banco, al almacén y a la librería-, instalarse en la plaza. En el mismo banco cerca del sauce donde había dejado el periódico desleído apoyaba su flamante caja de pinturas y pinceles, armaba el caballete, le ponía papel y hacía estrellas, plazas, paisajes que antes del anochecer desaparecían dejando la hoja tan blanca como al principio.
-¿Usted dibuja, Don Artífice?-, cuenta que le preguntó ella arrodillada sobre el pasto una preciosa tarde casi veraniega.
-No, desdibujo, y despinto también-, dice que le contestó el hombre naturalmente mientras con el pincel mojado en el azul de la acuarela esbozaba un cielo que al ratito despintaba con otro pincel mojado en agua. Lo más impresionante era ver el gesto de satisfacción de Don Artífice cuando la tarea inversa estaba concluida.
El tiempo y todas las cosas pasaban mientras los hábitos de Artífice Vequio sucedían sin interrupción y hubiera querido detenerlo pero no supo cómo, contó ella después que pasó lo que pasó.
Irrumpió el verano. Las acacias de la plaza fueron vastas sombrillas protectoras y el césped se hizo verde brillante, en la fuente el agua silbó los borbotones transparentes y como habíamos pintado los bancos de amarillo, el contraste nos hizo ver un cuadro que deleitaba, describió ella.
Su último día Don Artífice también lo empezó descreyendo en la iglesia iluminada ahora por la fuerza estival que venía a través de los vidrios de colores. Pero después, en forma inesperada, hizo cosas que nunca antes había siquiera intentado: desembrujó y deshadó los cuentos de la librería. Ya sin brujas y sin hadas –lo que significaba el total debilitamiento de la fantasía -, los libros se cerraron herméticos y fue imposible reabrirlos. Cuando el hombre salió del negocio su mirada había cambiado, era torva, insensible, como si esa acción inversa se hubiera llevado la candidez que antes uno creía verle en la sonrisa, contó ella.
Serio y apurado Don Artífice fue a la biblioteca y con inusual frenesí desleyó hasta el último libro y desmanteló el mobiliario destornillándolo. Ella, que sin saber bien por qué cosas de la intuición, ese día lo acompañaba paso a paso, observó ofuscada sus intenciones y sus movimientos que solo querían, imparables, deshacer. Ella no supo cómo detenerlo, dijo.
Era la tardecita cuando cruzaron a la plaza. La brisa se había calmado, los zorzales y algún benteveo iban por el aire. Ella, parada junto al sauce, observó al hombre aprestar el caballete y una a una, despintar todas las hojas que por alguna rareza de su hábito había guardado pintadas.
No bien terminó, Don Artífice Vequio enfurecido dirigió su pincel a las cosas y deshizo la fuente y su agua, los árboles y los bancos amarillos, el césped, la iglesia, la biblioteca, la librería y al final, cansado y triste por primera vez, se fue deshaciendo él mismo, enturbiándose lentamente hasta quedar solo un atisbo de su sonrisa tenue dirigida a ella en una especie de ruego desesperado. A medida que los astros destellaron en el cielo sin nubes, su gesto se debilitó hasta desaparecer.
Ella y el sauce quedaron intactos. Los pájaros que habían huido ante el pincel amenazante del hombre retornaron al minúsculo paisaje. Ella se acomodó en el suelo y observó atenta su entorno en el silencio austero de afuera que era también el propio y en ese estado limpio de pensamientos se le ocurrió que al no existir ya un artífice que deshiciera lo hecho, se podía empezar de nuevo, liberados del deseo aniquilador tal vez tan viejo como ese hombre. Buscaría a sus compañeros para encender la imprenta y fabricar muchos libros, inventarían brujas y hadas diferentes y sobre todo, y antes que todo, elaborarían creencias frescas donde ni la rigidez de los prejuicios –probable causa del disgusto descontrolado de Don Artífice que lo llevó a hacer lo que hizo, se especuló después- ni la indigencia tuviesen palabra para nombrarlos –que es como no existir-, serían creencias que los acostumbrarían a crear los días todos los días con la felicidad y el amor como faro y entonces ya no se buscarían en las historias gastadas para entretenerse con su lectura y ningún artífice, ni nuevo ni viejo, vendría nunca más a deshacerlos.
Dice ella que casi pudo ver cómo sería todo a partir de ese momento y entonces, con mucha paz en su corazón, se fue corriendo para comenzar.

NUEVAS LEYES QUE INCLUYEN


Estoy feliz por la LEY DEL MATRIMONIO GAY, estoy feliz si el DERECHO incluye, las divisiones nos traen sufrimiento y únicamente el AMOR (no solo el romántico)es y será el brazo luminoso capaz de achicarlo hasta que desaparezca.

La división construye MUROS que nos separan de otros que son como nosotros y provoca todo aquello nefasto que no voy a nombrar para que no obtenga identidad con mi palabra.

Solo el AMOR Y LA PLENA CONCIENCIA DE QUE DIOS, (SER SUPREMO, LA LUZ, EL CREADOR, O COMO QUERAMOS DECIRLE) está en nuestro CORAZÓN, son las columnas doradas que nos llevan para encontrar lo mejor.

UN ABRAZO

domingo, 27 de junio de 2010

NOVEDADES


LES CUENTO QUE ESTOY A PUNTO DE PUBLICAR LA NOVELA "DETRÁS DE LOS ÁRBOLES DORADOS", y además envié una copia de "LA ESCRITURA Y EL DESTINO" a la editorial KIER para su lectura y posible edición.

Aquí comparto un fragmento otro capítulo.



La palabra

Hice la primaria apasionada por la escuela, el saber y la vida social. Iba dos veces por semana a la casa de mi amiga Isabel, que es la menor de cuatro hermanos con mucha diferencia de edad entre ella y los demás. Un día a piano con Inés y otro a inglés con Susana. En esa casa había abuelos y eso me gustaba, yo tenía a las mamás de Elsa y Juan Manuel pero lejos, en Mercedes.
Algunas veces las reuniones para los deberes y la leche eran en lo de Cecilia con sus hermanas, el papá médico sentado en una de las cabeceras, la mamá a cargo de la mesa en la otra y con frecuencia, Mariana -Grandmamá- abuela tan querible como sabia y sensata es mi amiga. Aunque los grandes hablaran de sus cosas sin que pudiésemos intervenir demasiado, las sensaciones de bienestar y alegría se respiraban como aire limpio que nos incluía en su abrazo.
Hoy deduzco que el amor era la causa del sosiego y la plenitud. Cuando hablo del “amor” me refiero a esa presencia irrefutable que aparece en algunas acciones como por ejemplo la mesa para el té bien arreglada no por el valor material, sino por el modo de dar lo que se tiene, dispuesto de tal forma que se comparta y se disfrute. Hablo de un proceder pensado teniendo como meta el bien ajeno, lo cual transforma el instante en un “regalo querido”.
Recibí obsequios de esta naturaleza, felizmente a montones, en mi casa, en lo de mis tíos, con la familia Grillo, en lo de Cecilia, en la casa de Isabel, en el Colegio y hoy cada vez más.
Desde tercer grado cuando me cambiaron al turno mañana Cecilia viene conmigo. He leído que algunas almas nos acompañan en ciertos períodos de la vida para acercarnos lo que necesitamos y luego salen de nuestro entorno pero otras -como ella- permanecen a lo largo del camino. Es una de las personas que hasta hoy me enseña “el amor” de la misma manera que lo aprendí en su casa, como ingrediente primordial de su proceder.1

Vuelvo a la escuela primaria. Yo estaba un año adelantada y eso me dificultaba el aprendizaje. No entendía Matemática y no me gustaban mis “composiciones”. La palabra escrita se me escabullía y entonces más frustración y más rabia. En mi casa era muy bien visto ocupar el primer lugar en “el cuadro de honor” o ser abanderada y como mi mamá quería, yo quería pero alcanzarlo implicaba excesivo trabajo.
Seguramente, para nosotros, “el primer puesto” era una forma de compensar la discapacidad visible.
Hasta no hace mucho viví con la creencia de que el esfuerzo ilimitado –en el que uno llega a enajenarse- es el único modo para alcanzar los logros. Tuve que pelearme conmigo para aliviar esa “rigurosidad” –religiosa e inflexible. El psicoanálisis pudo suavizarme para que aprendiese que el compromiso firme con lo que queremos no demanda necesariamente con denuedo.
Como siempre, Elsa “refuerzos” buscó apoyo. Me anotó en lo de María Teresa –la Señorita de Particular que estudiaba psicología y era tan suave como sus saquitos de angora rosados. Juan Manuel, además de ayudarme a contestar cuestionarios cuando volvía del trabajo, no paraba de repetirme que si quería mejorar la escritura tenía que leer mucho. ¡Era difícil, no me daban ganas de sentarme con un libro! La palabra seguía resbalándose por mis costados.
En séptimo fui la abanderada del mástil en el acto del 20 de junio y Cecilia, de la bandera de ceremonia. No sé si me sentía feliz. En la foto se me ve sonriente.
La segunda mitad de ese año se habló mucho de nuestra próxima etapa. La maestra dio información sobre la cantidad de materias con un profesor para cada una, con sendas carpetas y libros; mis compañeros muy ansiosos conversaban de la nueva escuela, del turno, y de quiénes seguirían juntos. Yo estaba un poco al margen porque no comenzaría al año siguiente la secundaria. El médico había decidido operarme para igualar la diferencia de siete centímetros de mis piernas. Como la izquierda era más corta -consecuencia de un atrofiamiento que venía desde la época del yeso- tenía que usar botas especiales con realce para compensar y que no sufriera mi columna. Los traumatólogos del Hospital Militar decían que yo era “una chica con mala suerte”.

¿Puede uno deshacerse de las marcas que las palabras graban en la carne y eventualmente en los huesos?
Después de pelearse con ellas y llorarlas, aunque no desaparezcan nunca, se quedan silenciosas y nos miran, sin voz posible, decidir a nosotros.
Esta respuesta se iluminó en mi alma después de muchos años de terapia psicoanalítica.

Si, al igual que las vacunas de la niñez, la propuesta médica era para mi bien, no había nada que decir, tampoco me preguntaron ni yo me opuse. El saber de los otros era suficiente.
Luego de la operación larga con Pentotal –que me dejó descompuesta una semana-, estuve otra vez enyesada y en cama.
En el frío invierno del 67 las heladas con temperaturas de ocho grados bajo cero quemaron los filodendros de las macetas del patio. Todas las tardes venía Cecilia a tomar la merienda y a contarme cómo era estar en la secundaria. A ella le gustaba casi todo; su mirada siempre positiva sabe, de modo balanceado, incluir la crítica sin ingredientes negativos. Compartíamos galletitas y café con leche y la charla entretenida que nos tejía la trama de la adolescencia.
Durante ese año sí leí y las horas de inmovilidad de mi pequeña habitación se poblaron de personajes que redujeron el tiempo.
Hubo una segunda operación de menos envergadura, solo para sacarme un clavo. Como no quise que me durmieran toda me lo hicieron con local. Recuerdo que le pedí al anestesita el “Patoruzito” para entretenerme y no pensar en el dolor. Dijo que no sería tan sencillo como para leer. Fue así. Di un grito tan agudo en el momento de extraer el clavo que vinieron de muchos consultorios para ver qué pasaba.
Me sentí valiente y aguantadora, en el primer puesto “del cuadro de honor”.
De nuevo la palabra presente pero como un pedido para que el dolor desapareciese.
La cirugía no dio el resultado que esperaban porque como era todavía plena etapa de crecimiento y mis piernas no lo hacían en forma pareja, la izquierda quedó siete centímetros más corta –como antes-. Mi situación empeoró dado que al fijar la articulación de la cadera ya no pude correr ni andar en bicicleta ni sentarme en el inodoro ni mantener la espalda recta si no es con apoyo.
Hace un mes conversé con una persona que había visto varias veces en el bar del gimnasio donde voy a pileta pero sin intercambiar nada más que saludos. Me preguntó qué tenía en las piernas, por qué el bastón. Cuando le contesté: luxación congénita de caderas dijo dulcemente:
“-¿Sabés, nena, que todo lo que viene de nacimiento es de uno y no hay que arreglarlo?”
La pregunta retórica de Carlos –estudioso de Metafísica-resumió las mías de treinta años.
Mis piernas han sido y son distintas, pese a los esfuerzos de mis padres, los médicos y mío –sin duda buscando el bien- nunca terminaron de igualarse en el largo. De todas maneras camino, voy hacia, con ellas y con la palabra.

En 1968 comencé la secundaria con trece –debido al tratamiento ya no estaba un año adelantada- en la escuela donde también había ido al Jardín.
Fue bueno adecuar la edad cronológica al sistema escolar, porque el estudio se convirtió en placer con poco esfuerzo y tuve hasta 1973 años de lisura, sin adversidades profundas de las que resultara doloroso escaparse.
A diario se presentan obstáculos. A lo largo de mi vida han sido tan pedregosos como enemigos. A medida que me fui haciendo más conciente de cada elección y de cada pensamiento y palabra, el proceso de superación se fue suavizando. Tuve y tengo ayuda para comprender que cada piedra es una posibilidad de aprendizaje que trae implícita la solución. Soy yo quien debo descubrirla.
¿Es verdad que uno puede alcanzar este punto donde la vida –pese a todo- se simplifica y da gusto ser vivida?
Llevo la discapacidad como un ingrediente, me impide hacer cosas, algunas que quizá tampoco haría si pudiera y otras con las que he confeccionado una lista prolija de imposibilidades pero al lado, en forma paralela, le escribí una interminable y atractiva de todos los sí que fui encontrando.
“Es lo que hay” –dijimos mil veces con Silvia. A partir de estos cuatro monosílabos la vida se simplifica y uno disfruta porque elige crear dentro de lo que sí se puede, “con lo que hay” que es muchísimo más de lo que habitualmente nos damos cuenta”.

Desde 1968 hasta 1972 la palabra dejó de escabullirse y se me adhirió al corazón aunque todavía no como una necesidad perentoria. Mejoré notablemente la escritura al mismo tiempo que “La dama de las camelias” me despertó la pasión por los libros. Inicié el descubrimiento de los mundos interminables que cada historia hacía surgir en mi imaginación.
Terminé el secundario con una valija cargada de regalos: amigos, enamoramientos, el viaje a Bariloche y la escritura establecida como una preferencia -no en el primer lugar del catálogo ocupado por el Derecho. El test vocacional de quinto había dado:
Abogacía, Licenciatura en Letras y Crítica Literaria.
No hice ninguna de las tres carreras. Hasta el psicoanálisis estuve convencida de que las cirugías y mis piernas me habían desviado de la vocación. Después entendí y acepté que si realmente hubiera deseado ir a la Universidad, nada me lo habría impedido. Es difícil y doloroso, al comienzo de la terapia, ir desligándose de la creencia de que todo lo de afuera es responsable de nuestras decisiones. Lloré muchísimo, me enojé con la terapeuta pero en realidad el disgusto era conmigo y las lágrimas se multiplicaban al darme cuenta. Uno desmaleza el pasado para que el porvenir sea más tranquilo en cuanto a escoger lo que deseamos, evaluando los puntos a favor y en contra.
El psicoanálisis y nuevas lecturas de distintas vertientes reforzaron la idea de la importancia que tiene “hacerse cargo de la propia vida”.

¿Por qué no llegué antes a todo eso?
Este interrogante es incontestable porque en el pasado yo era otra.
En cambio puedo plantearme ¿qué hago hoy y por qué? Lo de antes quedó atrás y no lo puedo remendar. El presente es el único lugar posible para optar.

Terminé la secundaria en diciembre del 72. El profesor de Teología, locutor profesional, con quien habíamos armado el proyecto “La radio en la escuela” ponderó mis condiciones y me ofreció ayuda para dar el examen en el ISER –fue un hallazgo, sentí que me gustaba la locución y podía hacerlo. Abogacía y Locución, dos palabras seductoras jugaron frente a mí. Una tercera dicha ya durante todo ese año triunfó. La cirugía para igualar la diferencia entre las piernas y transmutar el fracaso del 67.
Recuerdo haber preguntado qué me podría pasar si no la hacíamos. La respuesta contundente había sido: una posible futura desviación de la columna. Se me presenta la imagen de mí aquella noche de 1973 cuando se fueron mis amigos y mis padres del hospital donde al día siguiente me operaban: estoy con el camisón rayado blanco y rosa de mangas cortas farolito, me siento en la cama y pienso “¿y si me visto y me voy?” Era la primera vez que me planteaba huir de la palabra de quienes tenían el saber: mis padres y los médicos. Mil veces latió el interrogante en mi futuro: ¿Por qué no lo hice?
Me quedé y vinieron los sucesos consecuencia de esa elección.
Escribí este tiempo en mi novela Un lugar para la sombra después de varios años de terapia.
Fui Laura para ficcionalizar la historia y que me doliera menos. Elegí algunos fragmentos que transcribo:

“Pasillos y túneles
Entró al hospital por la puerta del costado para cruzar el jardín. A pesar de la escalera de laja, extensa y por eso difícil, no quería perderse las plantas llenas de flores y el césped prolijamente cortado.
Podría haber seguido por el túnel hasta el ascensor 1 pero de esa forma hubiera sido una llegada lúgubre. Iba con sus padres y tres amigos: Ana, Roberto y Alfredo.
A esa hora se internó. Era domingo, el último de abril de 1973.

Habían tomado el tren a las cinco y otra vez las ventanillas eran cuadros con sol; de nuevo el ritmo indiscutible pisaba los rieles y el olor a tren, mezcla de plástico, tierra y algo más, se imponía, característico.
Enfrentaron asientos y conversaron ellos cuatro; del otro lado del pasillo, los mayores.
Laura se reía de los comentarios de Roberto. Ambos continuaban el incipiente juego amoroso iniciado un tiempo atrás.
Pasó el guarda y picó los boletos de cartón. Blanco el de ella; amarillo casi naranja y blanco los restantes porque incluían el regreso. Ella sacó un Blony, lo desenvolvió, leyó el horóscopo y se lo puso entero en la boca. Enseguida ensayó un globo enorme y lo deshizo con la lengua satisfecha. Roberto la miró con ternura y escasa decisión para darle un beso.
Llegaron a Pacífico, bajaron las escaleras y cruzaron el raleado tránsito de la Avda. Santa Fe a esa hora. Buenos Aires parecía tranquila. Ellos cuatro cuchicheaban, se reían y planificaban salidas para después del acontecimiento. Se interpretaban las ganas y en consecuencia constituían una especie de mundo propio.

Laura sabía desde la primavera del año anterior que en el 73 tendría que operarse. El médico le había propuesto a sus padres –en el coqueto y señorial consultorio de Maipú al 500- hacerle, a ella, un estiramiento de su fémur izquierdo para igualar el largo de las piernas.
El proceso parecía algo complicado pero nada del otro mundo:
“En una primera cirugía se quiebra el fémur y se coloca un clavo atravesando la rodilla. De ambas puntas se atan sogas que soportando pesas durante aproximadamente cuarenta y cinco días logran el resultado. La musculatura se estira. En una segunda operación, ponemos todo en su lugar, lo fijamos con una placa metálica y después un yeso hasta que se consolide el hueso”, había concluido el Cirujano Mayor de gesto adusto, observando dos radiografías.
Laura escuchaba sin dudar. Pensaba que el año de facultad estaba perdido, ni siquiera valía la pena anotarse. Sin embargo el hecho de no usar más zapatos con realce para igualar el largo de sus piernas la fascinaba. Sería como las demás chicas, aunque sin correr, eso estaba claro. Nunca más. (Desde los 12, cuando la artrodesis le fijó la cadera dejó de existir el deseo de abalanzarse sobre el mundo a través de las piernas).
La internaron en maternidad porque hasta el día siguiente no se desocupaba la cama en el sector de traumatología. Después de los trámites y como la sala de estar donde esperan los dolores las parturientas estaba sola, se instalaron allí.
Los únicos adornos eran un reloj que declinaba la tarde y un cuadro de la Virgen de cuyo borde colgaban soportes con floreros y gladiolos rosa. Los dos ventanales daban al Regimiento de Granaderos a caballo y el sol, menos alto, iluminaba el granito beige casi blanco del piso y del revestimiento de las paredes.
Ana sacó alfajores de dulce de leche y convidó. Comieron e inevitablemente cayeron migas al piso. Alfredo fingió tener un escobillón y barrerlas mientras el resto le hacía gestos invitándolo a limpiar también los vidrios y todo lo demás.
A las siete vino una monja vestida de blanco, saludó con simpatía y dijo que la hora de visita había terminado.
Laura se despidió menos contenta pero segura. En la sencilla acción de caminar hacia la cama se acordó que por un largo tiempo no lo haría. “Es por tu bien”, le decía de chica su mamá cuando la llevaba a vacunar y ella rezongaba o se ponía triste. De nuevo, “es por tu bien”, repitió para adentro cuando todos se fueron.
-Hasta mañana-, escuchó como última ligadura con el mundo de afuera, desde ese momento desaparecido.
La monja fue con ella hasta la habitación, al abrir la puerta se filtró un aire casi frío, seguramente se había levantado viento. Había seis camas, cinco estaban ocupadas con mujeres; una, la más cercana a la puerta, era la suya.
Se puso el camisón de manga corta, instaló sobre la mesa de luz un espejo con pie dorado, la colonia, el peine con dientes gruesos para deshilar sus rulos de permanente y un libro de poemas. La hermana, con ademanes suaves y contundentes abría la cama y hablaba de Dios, de las pruebas a las que nos somete Nuestro Señor, mientras Laura buscaba en el bolso y pensaba que se había olvidado la crema de manos. El cepillo de dientes y el dentífrico sí estaban junto a la toalla celeste con broderie. Sonreía todo el tiempo para que la monja creyera que la escuchaba.
Una mujer vestida de celeste encendió la luz central de la sala y dijo un “hola” eufórico. Fue dejando los platos con la comida sobre las mesitas con ruedas que ella misma le acercaba a cada enferma o parturienta o mamá.
-Hoy te hacen pasar hambre, caldo y gelatina-, comentó risueña cuando le tocó a Laura. Ella se sentó sobre la cama y se puso a comer.
-¿De qué te operan, porque vos no vas a ser mamá?-, preguntó siempre manteniendo el tono entusiasta.
-De la pierna-, contestó Laura.
Las compañeras de pieza la miraban a hurtadillas sin animarse. Bastó que Laura dijera fuerte que el caldo estaba insípido para que el resto cobrara coraje. Hablaron todas -por suerte nadie estaba grave- inclusive Laura que repitió las palabras del médico debilitando así la curiosidad de sus vecinas.
A pesar de la carencia de sabor, se tomó el caldo y comió toda la gelatina roja, animada por la familiaridad que empezaba a compartir con las demás.
Antes de recoger los platos, entró la enfermera con un médico y fueron directamente hacia ella. El Dr. Pérez la besó en la mejilla. ¡Qué sonrisa! –se sorprendió Laura y enseguida recordó cuando en el 67 lo vio besar en la boca a la instrumentadora pelirroja. Otra vez le tocaba a él anestesiarla.
-¿Qué te pasa ahora, nena?-, habló Pérez al tiempo que escribía en una planilla.
-Me quieren igualar las piernas-, contestó prestando atención a los movimientos de las manos blancas de él.
Le pidió peso, altura, enfermedades infantiles, alergias y anotó las respuestas en los casilleros, seguro, hábil, un experto, apreció Laura.
Después le acarició la cabeza y le dijo:
-Mañana a las ocho te duermo, andá tranquila que todo va a estar bien.
Se fue conversando con la enfermera hacia la oscuridad del pasillo ahora más callado.
El lunes 30 de abril a las seis, Laura miró la hora. El pasillo no era ya un ámbito despoblado. Iban y venían los tacos de algunos y las conversaciones menos cuidadosas del silencio. Los ventanales que daban a la Avda. Luis María Campos estaban rosados y las compañeras de habitación se movían. Laura encendió la luz individual y se miró las uñas pintadas de rojo. Abrió el libro y releyó las Coplas de Manrique.
Sin proponérselo sintió que el tiempo era un eslabón de esa tira de sucesos que iban viniendo inexorablemente. Aún así le dieron ganas de vestirse y correr al hall, tomar el ascensor y huir por el mismo camino del día anterior. Pero ni siquiera dudó, lo cual dejó el campo libre a la certeza resistente. Quedarse y afrontar todo, era por su bien”.

En 1973 estuve varios meses internada en el Hospital Militar. Después de una primera cirugía permanecí en cama con pesas que partían de la rodilla para estirar el fémur y luego de cuarenta y cinco días vino una segunda operación con el objeto de reubicar músculos y hueso. Salió muy bien salvo la infección de quirófano que en mi cuerpo debilitado fue feroz.
Transfusiones, antibióticos intramusculares en los brazos, vitaminas, análisis, fiebre y al mismo tiempo el primer amor y los primeros besos. Nunca me hubiera imaginado que estando en semejantes circunstancias podría seducir a un simpático y elegante formoseño dos años mayor.
No es importante cuánto duró la relación pero sí que el amor- romántico en esa oportunidad- funcionó, una vez más, como Divino Aliento.
En aquellos años de mi adolescencia rezaba como me habían enseñado en la Parroquia. Siempre he sido rigurosamente cumplidora, en consecuencia, iba a misa los domingos, me confesaba y tomaba la comunión. No obstante, veía a Dios, a los Santos y a La Virgen como personajes históricos que alguna vez habían hecho milagros. El dogma se completaba con el horror de las imágenes del infierno del libro de catecismo que seguían vivas en mi memoria.
Cuando aquí menciono la función del amor como Divino Aliento no me refiero a las religiones, sino al proceder iluminado por la porción Divina que llevamos dentro que nos hace querer el bien ajeno como si el regalo fuera para nosotros.
En el próximo fragmento de Un lugar para la sombra aparece una idea sobre el psicoanálisis que en 2005 cuando la escribí anunciaba el sentido que actualmente puedo darle a la terapia.
En este párrafo hago referencia al significado de un primer beso en el contexto de dolor:
...“El psicoanálisis le hizo ver a Laura algo más.. Con él no sólo llegó a descubrir su afección a la escritura, sino que ordenó las etapas de su vida. Dice que es como si se hubiera aclarado todo. Cada cosa fue a su lugar y entonces surgieron, como castillos abarrotados, ideas nuevas.
-¿Por qué ideas como castillos abarrotados...
Un castillo es una construcción importante y siento que una idea también y en mi caso vienen muchas, encadenadas, continentes de otras, como castillos abarrotados.
En esa misma charla, Laura explicó:
Alejandro y el beso significaron la rotura con el dolor; la posibilidad de apropiarme de algo precioso entre catéteres, sangre ajena y médicos y la ocasión de ver la otra parte, un lado con menos aflicciones y entonces elegir”.

Recuperada nuevamente, empezó el año 74, me inscribí en un taller de teatro y con intensa felicidad, en la Facultad de Derecho para comenzar el curso de ingreso en el segundo cuatrimestre.
Cecilia me acompañó a Figueroa Alcorta; después de la escalinata que subí de su brazo, nos adentramos en un mundo de carteles con letras rojas y nubes eufóricas de cigarrillos. De allí fuimos a hacer compras a Once porque el 6 de julio se casaba con un oficial de Marina recién recibido.
Hasta el mes de julio participé de los preparativos de la boda y compartí salidas con los amigos que habían sido espaldas gigantes durante mi extensa convalecencia. También con Cecilia volvimos a Derecho para revisar las listas de los inscriptos. Me encontré. Efectivamente empezaría a cumplir mi sueño.
En teatro ensayábamos Antígona Vélez que representaríamos para el día de la primavera. Me había tocado un personaje que si bien no era ninguno de los principales significaba un papel en la vida, en un escenario alejado del dolor real, actuando una tragedia de palabras. Hoy entiendo por qué me identificaba muy bien con Carmen -el paralelo de Ismena en la Antígona de Sófocles-, ella no puede transgredir la orden de un superior. En el 74 yo aceptaba como única la palabra de la autoridad.
Ni bien se casó Cecilia se me quebró la placa del fémur que me habían atornillado en el 73 y volví al Hospital para que con otra cirugía se arreglara el desarreglo del 73 consecuencia de aquel del 67.
“¿Cómo nadie le aconsejó que hiciera terapia?”
Fue una de las primeras preguntas que en 1996 me hiciera Silvia, mi psicoanalista, cuando le conté la historia.
Los prejuicios y la rigidez son firmes antagonistas que nos comen de a poco o de a mucho mientras no podemos verlos.

Recién en 1975 me liberé de muletas, yesos e inmovilidad y vino un largo período de vida sin olor a alcohol yodado, jeringas y gente con barbijos.
Cumplí los veinte y me puse de novia como todas mis amigas. Quería que mi palabra tuviese la marca de momentos amorosos con alguien que pensara en mí, me llamara por teléfono y me regalara flores. Mientras, el deseo de estudiar era un continuo llamado.
Mi novio, buena persona pero conservador como mis padres respecto al lugar que la mujer ocupa en la sociedad prefería que hiciese el Profesorado para ser maestra de grado y no Derecho. Argumentaban que era una carrera larga con demanda de tiempo que necesitaría para atender la casa y los hijos. Se sumaba que el precioso edificio neoclásico de la Facultad tenía demasiadas escaleras para mis piernas y que debía cuidarlas y que, y que, y que...
Dudé y expuse mis razonamientos: sentía que el saber estaba en la Universidad y quería la justicia de la ley.
Ahora intuyo que la búsqueda estaba relacionada con encontrar una forma de vivir menos dolorosa.
“Usted quería la ley, la justicia, sentía que le habían quitado algo. ¿Qué le habían quitado?”
Fueron las palabras de Silvia en una sesión.
“A lo mejor el movimiento, a lo mejor me había sentido en la cárcel”. Recuerdo haber contestado con lágrimas de angustia.

Me costó anotarme en el Profesorado cerca de mi casa. Pero una vez que empecé la carrera el amor por la docencia -tema principal de mis juegos de la infancia-, se despertó apasionado.
Hasta el psicoanálisis repetí que no había ido a la Universidad para cuidar mis piernas porque ese era mi destino.
A fines del 77 terminé la carrera. Para entonces el cirujano quería sacarme la placa con trece tornillos ideada por él (tapa de un libro de traumatología de los setenta).
“¿Pero si estoy muy bien así, por qué?” le pregunté pasmada.
“Y...para el futuro, no sea cosa que un día se caiga y se le quiebre y entonces...” Contestó como quien araña una respuesta mientras la improvisa.

¿Es bueno vivir en función del futuro?
¿Qué pasa con la medicina tradicional que intenta hacernos víctimas del “por si acaso” en razón de que la estadística dice...? ¿O se hace porque justamente en algunos casos (como el mío según dijeron) no había estadística y alguien debía iniciarla con su cuerpo y su alma?
Desde que me concentro en cada minuto que vivo y confío en La Creación (La Luz, Dios, el Ser) ya no estoy sujeta al miedo. Cumplo con los controles que las mujeres hacemos anualmente, con las radiografías de mis caderas, observo mi alimentación, trato de mejorarla, hago natación y enfoco mis pensamientos en la banda positiva de la existencia. Estoy atenta, no sugestionada, no víctima de la desesperación ajena.
El arribo a estos pensamientos y a la forma de encarar el devenir fue a través de una cadena de laberintos y encrucijadas donde la medicina tradicional tuvo la palabra que yo le permití.

Ese verano en Mar de Ajó, escuché la misma voz de la primera vez en Pehuen-Có que desde la espuma yodada de las olas imparables parecía decirme: el movimiento de la vida no se detiene si le damos impulso a su columpio.
Decidí trabajar de maestra y no visitar al cirujano por mucho tiempo. Le dije que no a mi papá y al médico.
En Psicología Evolutiva estudié que el “NO” de los dos años es el primer “SÍ” a uno mismo porque establece la separación con el mundo. Similar por su significado fue mi NO del 78. Un rudimento que grabó una diferencia. Por primera vez había abierto una puerta por donde salir hacia otro lado. Por primera vez el saber sobre mi vida lo tenía yo y el sentido de la frase “chica con mala suerte” intentaba cambiar de dirección.
Trabajé muy feliz todo el 78, fui maestra de Lengua en sexto grado. La escritura se mantenía cercana quizá para que, cuando fuese el momento, pudiera parirla con plena conciencia como herramienta creadora.
En el 79 y gracias a la oportunidad que me brindó un pariente, entré al Banco de la Pcia.de Buenos Aires y el noviazgo se quebró. No me vi más como esposa y mamá en la casita propia construida delante de la de mis padres. Había sostenido durante cuatro años una relación que no me convencía del todo y la imagen de mí apropiada para el contexto. ¿Por temor a no encontrar a otra persona que me quisiera con mi discapacidad a cuestas? No pude seguir con ese modelo.
Durante el período de tristeza por la separación que trajo cambios decidí estudiar la carrera bancaria.
En 1984 ya había logrado aprobar varios exámenes que me proporcionaron dos ascensos y entonces quise viajar y lo hice. Fui a Madrid y tomé el tren a París. Pasé allí seis días sola hasta la llegada del grupo al cual tenía que unirme para continuar. Describo esta primera parte de la estadía porque en la soledad del frío y la hermosura parisina descubrí los sentimientos de independencia y autodeterminación. Días después en una mañana inefable en los jardines de la Alhambra tuve por primera vez la sensación de pertenecer a la bella realidad de cielo azul, flores y aromas de un aire distinto. La emoción me enmudeció y las nuevas experiencias me hicieron ver la posibilidad de anhelar otras sintiéndome libre por dentro.
¿Qué es lo que nos atrae de un lugar, de una obra de arte o de una persona y nos hace vibrar con soplos nuevos? ¿O somos nosotros que aprehendemos la Luz de la Creación en los paisajes, lo indescriptible de la interioridad de esa persona, la intervención del artista en su obra? ¿O suceden ambas al unísiono y la Luz interior propia se hermana con la belleza del otro lado y provoca las emociones que nos enmudecen?
La ventaja de no tener respuestas para todo es la búsqueda infinita que danza delante de mis ojos y genera más preguntas y más emociones.


HASTA PRONTO


NORA