domingo, 27 de junio de 2010

NOVEDADES


LES CUENTO QUE ESTOY A PUNTO DE PUBLICAR LA NOVELA "DETRÁS DE LOS ÁRBOLES DORADOS", y además envié una copia de "LA ESCRITURA Y EL DESTINO" a la editorial KIER para su lectura y posible edición.

Aquí comparto un fragmento otro capítulo.



La palabra

Hice la primaria apasionada por la escuela, el saber y la vida social. Iba dos veces por semana a la casa de mi amiga Isabel, que es la menor de cuatro hermanos con mucha diferencia de edad entre ella y los demás. Un día a piano con Inés y otro a inglés con Susana. En esa casa había abuelos y eso me gustaba, yo tenía a las mamás de Elsa y Juan Manuel pero lejos, en Mercedes.
Algunas veces las reuniones para los deberes y la leche eran en lo de Cecilia con sus hermanas, el papá médico sentado en una de las cabeceras, la mamá a cargo de la mesa en la otra y con frecuencia, Mariana -Grandmamá- abuela tan querible como sabia y sensata es mi amiga. Aunque los grandes hablaran de sus cosas sin que pudiésemos intervenir demasiado, las sensaciones de bienestar y alegría se respiraban como aire limpio que nos incluía en su abrazo.
Hoy deduzco que el amor era la causa del sosiego y la plenitud. Cuando hablo del “amor” me refiero a esa presencia irrefutable que aparece en algunas acciones como por ejemplo la mesa para el té bien arreglada no por el valor material, sino por el modo de dar lo que se tiene, dispuesto de tal forma que se comparta y se disfrute. Hablo de un proceder pensado teniendo como meta el bien ajeno, lo cual transforma el instante en un “regalo querido”.
Recibí obsequios de esta naturaleza, felizmente a montones, en mi casa, en lo de mis tíos, con la familia Grillo, en lo de Cecilia, en la casa de Isabel, en el Colegio y hoy cada vez más.
Desde tercer grado cuando me cambiaron al turno mañana Cecilia viene conmigo. He leído que algunas almas nos acompañan en ciertos períodos de la vida para acercarnos lo que necesitamos y luego salen de nuestro entorno pero otras -como ella- permanecen a lo largo del camino. Es una de las personas que hasta hoy me enseña “el amor” de la misma manera que lo aprendí en su casa, como ingrediente primordial de su proceder.1

Vuelvo a la escuela primaria. Yo estaba un año adelantada y eso me dificultaba el aprendizaje. No entendía Matemática y no me gustaban mis “composiciones”. La palabra escrita se me escabullía y entonces más frustración y más rabia. En mi casa era muy bien visto ocupar el primer lugar en “el cuadro de honor” o ser abanderada y como mi mamá quería, yo quería pero alcanzarlo implicaba excesivo trabajo.
Seguramente, para nosotros, “el primer puesto” era una forma de compensar la discapacidad visible.
Hasta no hace mucho viví con la creencia de que el esfuerzo ilimitado –en el que uno llega a enajenarse- es el único modo para alcanzar los logros. Tuve que pelearme conmigo para aliviar esa “rigurosidad” –religiosa e inflexible. El psicoanálisis pudo suavizarme para que aprendiese que el compromiso firme con lo que queremos no demanda necesariamente con denuedo.
Como siempre, Elsa “refuerzos” buscó apoyo. Me anotó en lo de María Teresa –la Señorita de Particular que estudiaba psicología y era tan suave como sus saquitos de angora rosados. Juan Manuel, además de ayudarme a contestar cuestionarios cuando volvía del trabajo, no paraba de repetirme que si quería mejorar la escritura tenía que leer mucho. ¡Era difícil, no me daban ganas de sentarme con un libro! La palabra seguía resbalándose por mis costados.
En séptimo fui la abanderada del mástil en el acto del 20 de junio y Cecilia, de la bandera de ceremonia. No sé si me sentía feliz. En la foto se me ve sonriente.
La segunda mitad de ese año se habló mucho de nuestra próxima etapa. La maestra dio información sobre la cantidad de materias con un profesor para cada una, con sendas carpetas y libros; mis compañeros muy ansiosos conversaban de la nueva escuela, del turno, y de quiénes seguirían juntos. Yo estaba un poco al margen porque no comenzaría al año siguiente la secundaria. El médico había decidido operarme para igualar la diferencia de siete centímetros de mis piernas. Como la izquierda era más corta -consecuencia de un atrofiamiento que venía desde la época del yeso- tenía que usar botas especiales con realce para compensar y que no sufriera mi columna. Los traumatólogos del Hospital Militar decían que yo era “una chica con mala suerte”.

¿Puede uno deshacerse de las marcas que las palabras graban en la carne y eventualmente en los huesos?
Después de pelearse con ellas y llorarlas, aunque no desaparezcan nunca, se quedan silenciosas y nos miran, sin voz posible, decidir a nosotros.
Esta respuesta se iluminó en mi alma después de muchos años de terapia psicoanalítica.

Si, al igual que las vacunas de la niñez, la propuesta médica era para mi bien, no había nada que decir, tampoco me preguntaron ni yo me opuse. El saber de los otros era suficiente.
Luego de la operación larga con Pentotal –que me dejó descompuesta una semana-, estuve otra vez enyesada y en cama.
En el frío invierno del 67 las heladas con temperaturas de ocho grados bajo cero quemaron los filodendros de las macetas del patio. Todas las tardes venía Cecilia a tomar la merienda y a contarme cómo era estar en la secundaria. A ella le gustaba casi todo; su mirada siempre positiva sabe, de modo balanceado, incluir la crítica sin ingredientes negativos. Compartíamos galletitas y café con leche y la charla entretenida que nos tejía la trama de la adolescencia.
Durante ese año sí leí y las horas de inmovilidad de mi pequeña habitación se poblaron de personajes que redujeron el tiempo.
Hubo una segunda operación de menos envergadura, solo para sacarme un clavo. Como no quise que me durmieran toda me lo hicieron con local. Recuerdo que le pedí al anestesita el “Patoruzito” para entretenerme y no pensar en el dolor. Dijo que no sería tan sencillo como para leer. Fue así. Di un grito tan agudo en el momento de extraer el clavo que vinieron de muchos consultorios para ver qué pasaba.
Me sentí valiente y aguantadora, en el primer puesto “del cuadro de honor”.
De nuevo la palabra presente pero como un pedido para que el dolor desapareciese.
La cirugía no dio el resultado que esperaban porque como era todavía plena etapa de crecimiento y mis piernas no lo hacían en forma pareja, la izquierda quedó siete centímetros más corta –como antes-. Mi situación empeoró dado que al fijar la articulación de la cadera ya no pude correr ni andar en bicicleta ni sentarme en el inodoro ni mantener la espalda recta si no es con apoyo.
Hace un mes conversé con una persona que había visto varias veces en el bar del gimnasio donde voy a pileta pero sin intercambiar nada más que saludos. Me preguntó qué tenía en las piernas, por qué el bastón. Cuando le contesté: luxación congénita de caderas dijo dulcemente:
“-¿Sabés, nena, que todo lo que viene de nacimiento es de uno y no hay que arreglarlo?”
La pregunta retórica de Carlos –estudioso de Metafísica-resumió las mías de treinta años.
Mis piernas han sido y son distintas, pese a los esfuerzos de mis padres, los médicos y mío –sin duda buscando el bien- nunca terminaron de igualarse en el largo. De todas maneras camino, voy hacia, con ellas y con la palabra.

En 1968 comencé la secundaria con trece –debido al tratamiento ya no estaba un año adelantada- en la escuela donde también había ido al Jardín.
Fue bueno adecuar la edad cronológica al sistema escolar, porque el estudio se convirtió en placer con poco esfuerzo y tuve hasta 1973 años de lisura, sin adversidades profundas de las que resultara doloroso escaparse.
A diario se presentan obstáculos. A lo largo de mi vida han sido tan pedregosos como enemigos. A medida que me fui haciendo más conciente de cada elección y de cada pensamiento y palabra, el proceso de superación se fue suavizando. Tuve y tengo ayuda para comprender que cada piedra es una posibilidad de aprendizaje que trae implícita la solución. Soy yo quien debo descubrirla.
¿Es verdad que uno puede alcanzar este punto donde la vida –pese a todo- se simplifica y da gusto ser vivida?
Llevo la discapacidad como un ingrediente, me impide hacer cosas, algunas que quizá tampoco haría si pudiera y otras con las que he confeccionado una lista prolija de imposibilidades pero al lado, en forma paralela, le escribí una interminable y atractiva de todos los sí que fui encontrando.
“Es lo que hay” –dijimos mil veces con Silvia. A partir de estos cuatro monosílabos la vida se simplifica y uno disfruta porque elige crear dentro de lo que sí se puede, “con lo que hay” que es muchísimo más de lo que habitualmente nos damos cuenta”.

Desde 1968 hasta 1972 la palabra dejó de escabullirse y se me adhirió al corazón aunque todavía no como una necesidad perentoria. Mejoré notablemente la escritura al mismo tiempo que “La dama de las camelias” me despertó la pasión por los libros. Inicié el descubrimiento de los mundos interminables que cada historia hacía surgir en mi imaginación.
Terminé el secundario con una valija cargada de regalos: amigos, enamoramientos, el viaje a Bariloche y la escritura establecida como una preferencia -no en el primer lugar del catálogo ocupado por el Derecho. El test vocacional de quinto había dado:
Abogacía, Licenciatura en Letras y Crítica Literaria.
No hice ninguna de las tres carreras. Hasta el psicoanálisis estuve convencida de que las cirugías y mis piernas me habían desviado de la vocación. Después entendí y acepté que si realmente hubiera deseado ir a la Universidad, nada me lo habría impedido. Es difícil y doloroso, al comienzo de la terapia, ir desligándose de la creencia de que todo lo de afuera es responsable de nuestras decisiones. Lloré muchísimo, me enojé con la terapeuta pero en realidad el disgusto era conmigo y las lágrimas se multiplicaban al darme cuenta. Uno desmaleza el pasado para que el porvenir sea más tranquilo en cuanto a escoger lo que deseamos, evaluando los puntos a favor y en contra.
El psicoanálisis y nuevas lecturas de distintas vertientes reforzaron la idea de la importancia que tiene “hacerse cargo de la propia vida”.

¿Por qué no llegué antes a todo eso?
Este interrogante es incontestable porque en el pasado yo era otra.
En cambio puedo plantearme ¿qué hago hoy y por qué? Lo de antes quedó atrás y no lo puedo remendar. El presente es el único lugar posible para optar.

Terminé la secundaria en diciembre del 72. El profesor de Teología, locutor profesional, con quien habíamos armado el proyecto “La radio en la escuela” ponderó mis condiciones y me ofreció ayuda para dar el examen en el ISER –fue un hallazgo, sentí que me gustaba la locución y podía hacerlo. Abogacía y Locución, dos palabras seductoras jugaron frente a mí. Una tercera dicha ya durante todo ese año triunfó. La cirugía para igualar la diferencia entre las piernas y transmutar el fracaso del 67.
Recuerdo haber preguntado qué me podría pasar si no la hacíamos. La respuesta contundente había sido: una posible futura desviación de la columna. Se me presenta la imagen de mí aquella noche de 1973 cuando se fueron mis amigos y mis padres del hospital donde al día siguiente me operaban: estoy con el camisón rayado blanco y rosa de mangas cortas farolito, me siento en la cama y pienso “¿y si me visto y me voy?” Era la primera vez que me planteaba huir de la palabra de quienes tenían el saber: mis padres y los médicos. Mil veces latió el interrogante en mi futuro: ¿Por qué no lo hice?
Me quedé y vinieron los sucesos consecuencia de esa elección.
Escribí este tiempo en mi novela Un lugar para la sombra después de varios años de terapia.
Fui Laura para ficcionalizar la historia y que me doliera menos. Elegí algunos fragmentos que transcribo:

“Pasillos y túneles
Entró al hospital por la puerta del costado para cruzar el jardín. A pesar de la escalera de laja, extensa y por eso difícil, no quería perderse las plantas llenas de flores y el césped prolijamente cortado.
Podría haber seguido por el túnel hasta el ascensor 1 pero de esa forma hubiera sido una llegada lúgubre. Iba con sus padres y tres amigos: Ana, Roberto y Alfredo.
A esa hora se internó. Era domingo, el último de abril de 1973.

Habían tomado el tren a las cinco y otra vez las ventanillas eran cuadros con sol; de nuevo el ritmo indiscutible pisaba los rieles y el olor a tren, mezcla de plástico, tierra y algo más, se imponía, característico.
Enfrentaron asientos y conversaron ellos cuatro; del otro lado del pasillo, los mayores.
Laura se reía de los comentarios de Roberto. Ambos continuaban el incipiente juego amoroso iniciado un tiempo atrás.
Pasó el guarda y picó los boletos de cartón. Blanco el de ella; amarillo casi naranja y blanco los restantes porque incluían el regreso. Ella sacó un Blony, lo desenvolvió, leyó el horóscopo y se lo puso entero en la boca. Enseguida ensayó un globo enorme y lo deshizo con la lengua satisfecha. Roberto la miró con ternura y escasa decisión para darle un beso.
Llegaron a Pacífico, bajaron las escaleras y cruzaron el raleado tránsito de la Avda. Santa Fe a esa hora. Buenos Aires parecía tranquila. Ellos cuatro cuchicheaban, se reían y planificaban salidas para después del acontecimiento. Se interpretaban las ganas y en consecuencia constituían una especie de mundo propio.

Laura sabía desde la primavera del año anterior que en el 73 tendría que operarse. El médico le había propuesto a sus padres –en el coqueto y señorial consultorio de Maipú al 500- hacerle, a ella, un estiramiento de su fémur izquierdo para igualar el largo de las piernas.
El proceso parecía algo complicado pero nada del otro mundo:
“En una primera cirugía se quiebra el fémur y se coloca un clavo atravesando la rodilla. De ambas puntas se atan sogas que soportando pesas durante aproximadamente cuarenta y cinco días logran el resultado. La musculatura se estira. En una segunda operación, ponemos todo en su lugar, lo fijamos con una placa metálica y después un yeso hasta que se consolide el hueso”, había concluido el Cirujano Mayor de gesto adusto, observando dos radiografías.
Laura escuchaba sin dudar. Pensaba que el año de facultad estaba perdido, ni siquiera valía la pena anotarse. Sin embargo el hecho de no usar más zapatos con realce para igualar el largo de sus piernas la fascinaba. Sería como las demás chicas, aunque sin correr, eso estaba claro. Nunca más. (Desde los 12, cuando la artrodesis le fijó la cadera dejó de existir el deseo de abalanzarse sobre el mundo a través de las piernas).
La internaron en maternidad porque hasta el día siguiente no se desocupaba la cama en el sector de traumatología. Después de los trámites y como la sala de estar donde esperan los dolores las parturientas estaba sola, se instalaron allí.
Los únicos adornos eran un reloj que declinaba la tarde y un cuadro de la Virgen de cuyo borde colgaban soportes con floreros y gladiolos rosa. Los dos ventanales daban al Regimiento de Granaderos a caballo y el sol, menos alto, iluminaba el granito beige casi blanco del piso y del revestimiento de las paredes.
Ana sacó alfajores de dulce de leche y convidó. Comieron e inevitablemente cayeron migas al piso. Alfredo fingió tener un escobillón y barrerlas mientras el resto le hacía gestos invitándolo a limpiar también los vidrios y todo lo demás.
A las siete vino una monja vestida de blanco, saludó con simpatía y dijo que la hora de visita había terminado.
Laura se despidió menos contenta pero segura. En la sencilla acción de caminar hacia la cama se acordó que por un largo tiempo no lo haría. “Es por tu bien”, le decía de chica su mamá cuando la llevaba a vacunar y ella rezongaba o se ponía triste. De nuevo, “es por tu bien”, repitió para adentro cuando todos se fueron.
-Hasta mañana-, escuchó como última ligadura con el mundo de afuera, desde ese momento desaparecido.
La monja fue con ella hasta la habitación, al abrir la puerta se filtró un aire casi frío, seguramente se había levantado viento. Había seis camas, cinco estaban ocupadas con mujeres; una, la más cercana a la puerta, era la suya.
Se puso el camisón de manga corta, instaló sobre la mesa de luz un espejo con pie dorado, la colonia, el peine con dientes gruesos para deshilar sus rulos de permanente y un libro de poemas. La hermana, con ademanes suaves y contundentes abría la cama y hablaba de Dios, de las pruebas a las que nos somete Nuestro Señor, mientras Laura buscaba en el bolso y pensaba que se había olvidado la crema de manos. El cepillo de dientes y el dentífrico sí estaban junto a la toalla celeste con broderie. Sonreía todo el tiempo para que la monja creyera que la escuchaba.
Una mujer vestida de celeste encendió la luz central de la sala y dijo un “hola” eufórico. Fue dejando los platos con la comida sobre las mesitas con ruedas que ella misma le acercaba a cada enferma o parturienta o mamá.
-Hoy te hacen pasar hambre, caldo y gelatina-, comentó risueña cuando le tocó a Laura. Ella se sentó sobre la cama y se puso a comer.
-¿De qué te operan, porque vos no vas a ser mamá?-, preguntó siempre manteniendo el tono entusiasta.
-De la pierna-, contestó Laura.
Las compañeras de pieza la miraban a hurtadillas sin animarse. Bastó que Laura dijera fuerte que el caldo estaba insípido para que el resto cobrara coraje. Hablaron todas -por suerte nadie estaba grave- inclusive Laura que repitió las palabras del médico debilitando así la curiosidad de sus vecinas.
A pesar de la carencia de sabor, se tomó el caldo y comió toda la gelatina roja, animada por la familiaridad que empezaba a compartir con las demás.
Antes de recoger los platos, entró la enfermera con un médico y fueron directamente hacia ella. El Dr. Pérez la besó en la mejilla. ¡Qué sonrisa! –se sorprendió Laura y enseguida recordó cuando en el 67 lo vio besar en la boca a la instrumentadora pelirroja. Otra vez le tocaba a él anestesiarla.
-¿Qué te pasa ahora, nena?-, habló Pérez al tiempo que escribía en una planilla.
-Me quieren igualar las piernas-, contestó prestando atención a los movimientos de las manos blancas de él.
Le pidió peso, altura, enfermedades infantiles, alergias y anotó las respuestas en los casilleros, seguro, hábil, un experto, apreció Laura.
Después le acarició la cabeza y le dijo:
-Mañana a las ocho te duermo, andá tranquila que todo va a estar bien.
Se fue conversando con la enfermera hacia la oscuridad del pasillo ahora más callado.
El lunes 30 de abril a las seis, Laura miró la hora. El pasillo no era ya un ámbito despoblado. Iban y venían los tacos de algunos y las conversaciones menos cuidadosas del silencio. Los ventanales que daban a la Avda. Luis María Campos estaban rosados y las compañeras de habitación se movían. Laura encendió la luz individual y se miró las uñas pintadas de rojo. Abrió el libro y releyó las Coplas de Manrique.
Sin proponérselo sintió que el tiempo era un eslabón de esa tira de sucesos que iban viniendo inexorablemente. Aún así le dieron ganas de vestirse y correr al hall, tomar el ascensor y huir por el mismo camino del día anterior. Pero ni siquiera dudó, lo cual dejó el campo libre a la certeza resistente. Quedarse y afrontar todo, era por su bien”.

En 1973 estuve varios meses internada en el Hospital Militar. Después de una primera cirugía permanecí en cama con pesas que partían de la rodilla para estirar el fémur y luego de cuarenta y cinco días vino una segunda operación con el objeto de reubicar músculos y hueso. Salió muy bien salvo la infección de quirófano que en mi cuerpo debilitado fue feroz.
Transfusiones, antibióticos intramusculares en los brazos, vitaminas, análisis, fiebre y al mismo tiempo el primer amor y los primeros besos. Nunca me hubiera imaginado que estando en semejantes circunstancias podría seducir a un simpático y elegante formoseño dos años mayor.
No es importante cuánto duró la relación pero sí que el amor- romántico en esa oportunidad- funcionó, una vez más, como Divino Aliento.
En aquellos años de mi adolescencia rezaba como me habían enseñado en la Parroquia. Siempre he sido rigurosamente cumplidora, en consecuencia, iba a misa los domingos, me confesaba y tomaba la comunión. No obstante, veía a Dios, a los Santos y a La Virgen como personajes históricos que alguna vez habían hecho milagros. El dogma se completaba con el horror de las imágenes del infierno del libro de catecismo que seguían vivas en mi memoria.
Cuando aquí menciono la función del amor como Divino Aliento no me refiero a las religiones, sino al proceder iluminado por la porción Divina que llevamos dentro que nos hace querer el bien ajeno como si el regalo fuera para nosotros.
En el próximo fragmento de Un lugar para la sombra aparece una idea sobre el psicoanálisis que en 2005 cuando la escribí anunciaba el sentido que actualmente puedo darle a la terapia.
En este párrafo hago referencia al significado de un primer beso en el contexto de dolor:
...“El psicoanálisis le hizo ver a Laura algo más.. Con él no sólo llegó a descubrir su afección a la escritura, sino que ordenó las etapas de su vida. Dice que es como si se hubiera aclarado todo. Cada cosa fue a su lugar y entonces surgieron, como castillos abarrotados, ideas nuevas.
-¿Por qué ideas como castillos abarrotados...
Un castillo es una construcción importante y siento que una idea también y en mi caso vienen muchas, encadenadas, continentes de otras, como castillos abarrotados.
En esa misma charla, Laura explicó:
Alejandro y el beso significaron la rotura con el dolor; la posibilidad de apropiarme de algo precioso entre catéteres, sangre ajena y médicos y la ocasión de ver la otra parte, un lado con menos aflicciones y entonces elegir”.

Recuperada nuevamente, empezó el año 74, me inscribí en un taller de teatro y con intensa felicidad, en la Facultad de Derecho para comenzar el curso de ingreso en el segundo cuatrimestre.
Cecilia me acompañó a Figueroa Alcorta; después de la escalinata que subí de su brazo, nos adentramos en un mundo de carteles con letras rojas y nubes eufóricas de cigarrillos. De allí fuimos a hacer compras a Once porque el 6 de julio se casaba con un oficial de Marina recién recibido.
Hasta el mes de julio participé de los preparativos de la boda y compartí salidas con los amigos que habían sido espaldas gigantes durante mi extensa convalecencia. También con Cecilia volvimos a Derecho para revisar las listas de los inscriptos. Me encontré. Efectivamente empezaría a cumplir mi sueño.
En teatro ensayábamos Antígona Vélez que representaríamos para el día de la primavera. Me había tocado un personaje que si bien no era ninguno de los principales significaba un papel en la vida, en un escenario alejado del dolor real, actuando una tragedia de palabras. Hoy entiendo por qué me identificaba muy bien con Carmen -el paralelo de Ismena en la Antígona de Sófocles-, ella no puede transgredir la orden de un superior. En el 74 yo aceptaba como única la palabra de la autoridad.
Ni bien se casó Cecilia se me quebró la placa del fémur que me habían atornillado en el 73 y volví al Hospital para que con otra cirugía se arreglara el desarreglo del 73 consecuencia de aquel del 67.
“¿Cómo nadie le aconsejó que hiciera terapia?”
Fue una de las primeras preguntas que en 1996 me hiciera Silvia, mi psicoanalista, cuando le conté la historia.
Los prejuicios y la rigidez son firmes antagonistas que nos comen de a poco o de a mucho mientras no podemos verlos.

Recién en 1975 me liberé de muletas, yesos e inmovilidad y vino un largo período de vida sin olor a alcohol yodado, jeringas y gente con barbijos.
Cumplí los veinte y me puse de novia como todas mis amigas. Quería que mi palabra tuviese la marca de momentos amorosos con alguien que pensara en mí, me llamara por teléfono y me regalara flores. Mientras, el deseo de estudiar era un continuo llamado.
Mi novio, buena persona pero conservador como mis padres respecto al lugar que la mujer ocupa en la sociedad prefería que hiciese el Profesorado para ser maestra de grado y no Derecho. Argumentaban que era una carrera larga con demanda de tiempo que necesitaría para atender la casa y los hijos. Se sumaba que el precioso edificio neoclásico de la Facultad tenía demasiadas escaleras para mis piernas y que debía cuidarlas y que, y que, y que...
Dudé y expuse mis razonamientos: sentía que el saber estaba en la Universidad y quería la justicia de la ley.
Ahora intuyo que la búsqueda estaba relacionada con encontrar una forma de vivir menos dolorosa.
“Usted quería la ley, la justicia, sentía que le habían quitado algo. ¿Qué le habían quitado?”
Fueron las palabras de Silvia en una sesión.
“A lo mejor el movimiento, a lo mejor me había sentido en la cárcel”. Recuerdo haber contestado con lágrimas de angustia.

Me costó anotarme en el Profesorado cerca de mi casa. Pero una vez que empecé la carrera el amor por la docencia -tema principal de mis juegos de la infancia-, se despertó apasionado.
Hasta el psicoanálisis repetí que no había ido a la Universidad para cuidar mis piernas porque ese era mi destino.
A fines del 77 terminé la carrera. Para entonces el cirujano quería sacarme la placa con trece tornillos ideada por él (tapa de un libro de traumatología de los setenta).
“¿Pero si estoy muy bien así, por qué?” le pregunté pasmada.
“Y...para el futuro, no sea cosa que un día se caiga y se le quiebre y entonces...” Contestó como quien araña una respuesta mientras la improvisa.

¿Es bueno vivir en función del futuro?
¿Qué pasa con la medicina tradicional que intenta hacernos víctimas del “por si acaso” en razón de que la estadística dice...? ¿O se hace porque justamente en algunos casos (como el mío según dijeron) no había estadística y alguien debía iniciarla con su cuerpo y su alma?
Desde que me concentro en cada minuto que vivo y confío en La Creación (La Luz, Dios, el Ser) ya no estoy sujeta al miedo. Cumplo con los controles que las mujeres hacemos anualmente, con las radiografías de mis caderas, observo mi alimentación, trato de mejorarla, hago natación y enfoco mis pensamientos en la banda positiva de la existencia. Estoy atenta, no sugestionada, no víctima de la desesperación ajena.
El arribo a estos pensamientos y a la forma de encarar el devenir fue a través de una cadena de laberintos y encrucijadas donde la medicina tradicional tuvo la palabra que yo le permití.

Ese verano en Mar de Ajó, escuché la misma voz de la primera vez en Pehuen-Có que desde la espuma yodada de las olas imparables parecía decirme: el movimiento de la vida no se detiene si le damos impulso a su columpio.
Decidí trabajar de maestra y no visitar al cirujano por mucho tiempo. Le dije que no a mi papá y al médico.
En Psicología Evolutiva estudié que el “NO” de los dos años es el primer “SÍ” a uno mismo porque establece la separación con el mundo. Similar por su significado fue mi NO del 78. Un rudimento que grabó una diferencia. Por primera vez había abierto una puerta por donde salir hacia otro lado. Por primera vez el saber sobre mi vida lo tenía yo y el sentido de la frase “chica con mala suerte” intentaba cambiar de dirección.
Trabajé muy feliz todo el 78, fui maestra de Lengua en sexto grado. La escritura se mantenía cercana quizá para que, cuando fuese el momento, pudiera parirla con plena conciencia como herramienta creadora.
En el 79 y gracias a la oportunidad que me brindó un pariente, entré al Banco de la Pcia.de Buenos Aires y el noviazgo se quebró. No me vi más como esposa y mamá en la casita propia construida delante de la de mis padres. Había sostenido durante cuatro años una relación que no me convencía del todo y la imagen de mí apropiada para el contexto. ¿Por temor a no encontrar a otra persona que me quisiera con mi discapacidad a cuestas? No pude seguir con ese modelo.
Durante el período de tristeza por la separación que trajo cambios decidí estudiar la carrera bancaria.
En 1984 ya había logrado aprobar varios exámenes que me proporcionaron dos ascensos y entonces quise viajar y lo hice. Fui a Madrid y tomé el tren a París. Pasé allí seis días sola hasta la llegada del grupo al cual tenía que unirme para continuar. Describo esta primera parte de la estadía porque en la soledad del frío y la hermosura parisina descubrí los sentimientos de independencia y autodeterminación. Días después en una mañana inefable en los jardines de la Alhambra tuve por primera vez la sensación de pertenecer a la bella realidad de cielo azul, flores y aromas de un aire distinto. La emoción me enmudeció y las nuevas experiencias me hicieron ver la posibilidad de anhelar otras sintiéndome libre por dentro.
¿Qué es lo que nos atrae de un lugar, de una obra de arte o de una persona y nos hace vibrar con soplos nuevos? ¿O somos nosotros que aprehendemos la Luz de la Creación en los paisajes, lo indescriptible de la interioridad de esa persona, la intervención del artista en su obra? ¿O suceden ambas al unísiono y la Luz interior propia se hermana con la belleza del otro lado y provoca las emociones que nos enmudecen?
La ventaja de no tener respuestas para todo es la búsqueda infinita que danza delante de mis ojos y genera más preguntas y más emociones.


HASTA PRONTO


NORA

viernes, 25 de junio de 2010

EMILIA FUE ABANDERADA


Emilia, mi sobrina, tiene tres años y medio y fue abanderada para la fiesta DEL DÍA DE LA BANDERA.
De nuevo la emoción saltó de su escondite y me llenó de LUZ el Corazón.
Solamente con ver su gesto responsable sosteniendo la bandera hizo nacer la pregunta que desde su nacimiento se repite: ¿quién es esta niñita que muchas veces sabe de la vida más que un adulto?

martes, 22 de junio de 2010

CON EL INVIERNO

EL SOL DEL CORAZÓN ES EL QUE ILUMINA LOS DÍAS CORTOS.

ESCRIBO CUENTOS Y TERMINO DE CORREGIR LA NOVELA: "DETRÁS DE LOS ÁRBOLES DORADOS" cuya publicación está a punto de suceder.

La Editorial EDICIONES DE LAS TRES LAGUNAS será la encargada de editarla gracias a la posibilidad económica que proporciona a los escritores.

HASTA PRONTO