miércoles, 28 de julio de 2010

DETRÁS DE LOS ÁRBOLES DORADOS


Estoy haciendo la corrección final antes de publicar mi segunda novela, esta vez con la Editorial EDICIONES DE LAS TRES LAGUNAS de Junín, Provincia de Buenos Aires.

Hoy quiero compartir un fragmento y la tapa que es bellísima. Es un cuadro de María Antonia Franco que se llama "Estallido de Mujer".


Fragmento:

El viernes de Nochebuena el arcángel eligió el alma entre muchas y le puso un nombre: Midbar, desierto. El arcángel y Midbar recorrieron transparencias mojadas que refractaban la claridad; escaleras marmóreas quebradas en el espacio de un ahora permanente, de ellos. Arribaron a la llanura celesteazulada, un desierto etéreo donde cabe todo y cada uno comparte un lugar que, al mismo tiempo, le pertenece porque fue creado por sus propias actitudes. La atmósfera encarnada iba desprendiéndose de los otros rostros que pasaban sugiriendo vaya a saber qué. Ante un gesto del arcángel, la luz se abrió en miles de colores y el agua vino como una respuesta. Lo empujó a Midbar con fuerza pueril. Él se dejó caer porque recordó su idilio con el agua. Una historia de amor turquesa en el roce de las caricias ondulantes. La fue tocando con pequeños pellizcones sin desperdiciar ni un espacio hasta el final del pasaje que desembocaba en el mundo sensible justo al pie del cerro.
Era Nochebuena en el valle. La primera estrella se abría en la incipiente penumbra del final de una tarde veraniega. El río iba más lento y de tan claro parecía menos profundo. “A lo mejor por la luna”, repetían Alejo y Guillermina mientras desmoldaban el pan dulce y pelaban las nueces en el patio, al lado de los fresnos. A ellos les gustaba mucho Capilla, por la tranquilidad de la vida, por el aire siempre perfumado de los cerros, porque Alejo había vivido allí su hermosa primera infancia.
La montaña oscurecida en la hora azulada se veía menos, o diferente, “hasta brillosa parece”, aseguró Alejo con el mantel en la mano y los ojos atravesados por el paisaje.
La noche corría en el reloj antiguo del comedor, afuera, en cambio, iba despacio como si necesitara detenerse.
-¿Hago mate, viejo?
-Sí.
Ocuparon la punta de la mesa con la mirada hacia el río quieto, estaba raro.
-No es igual la noche-, quebró Guillermina.
-No, nunca, cada día se ve distinta.
-No, digo ésta, hoy. Huele a rosas blancas.
Él se rió de la ocurrencia de su mujer y no dejó de observar la angostura que marcaba rutilante el borde inferior del cerro.
-Mañana va a hacer calor, allá está enrojecido, más que ayer.
-Sí.
Alejo y Guillermina siguieron tomando mate pero no vieron descender a Midbar.

lunes, 19 de julio de 2010

AHORA UN CUENTO

Acabo de modificar un cuento escrito hace muchos años, y sí, la escritura nos permite recrear la palabra con un nuevo sentido.

Lo comparto:

Se deshizo

Todas las mañanas de sol, Artífice Vequio –el nuevo vecino- salía de su casa a las nueve y caminaba directamente hacia la iglesia -tal vez también lo hiciera cuando llovía pero ella me lo contó así. Iba sonriente, era probable que el buen humor se debiera a lo que pensaba.
Por sus piernas largas, los pasos seguros y rápidos cubrían más de tres baldosas. Se ponía un saco verde oscuro en invierno y uno claro en verano. Evidentemente su ropa era vieja, gritaba lustre con la luz intensa.
Ella me contó que don Artífice -como le decían todos-, la saludaba cada mañana tocándose apenas el sombrero negro seguramente heredado, dedujo, considerando que no estaba de moda en ese tiempo. Tanto el Don, puesto por los vecinos, como el sombrero se veían anacrónicos en él. Vaya a saber por qué razón a la gente de ese lugar le apetecía adjudicarle el monosílabo de superioridad que se le asigna a las personas muy mayores, a los próceres y a los jefes de ciertas asociaciones de moral dudosa, si él no estaba vinculado con ninguna de las tres categorías, o por lo menos no se sabía, como tantos aspectos que uno desconoce de los demás, razonó ella.
Don Artífice con sombrero, saco verde, pisada firme y poca solemnidad en el rostro, la vio en la iglesia una mañana. Hizo el cordial toque en calidad de saludo y se arrodilló en la segunda fila. Bajó la cabeza, cerró los ojos y empezó a mover los labios paseando de a ratos su mano derecha por la frente. Ella se acercó descalza pero con las manos limpias, como era su costumbre, se arrodilló a su lado y le preguntó:
-¿Usted cree, Don Artífice?
-No, descreo- le contestó el hombre con simpatía pese a la interrupción y siguió murmurando, sin sonido, su oración inversa.
Ella me dijo que la idea le dio mucha impresión y hubiera querido hablar más con él pero no le pareció oportuno molestar su concentrado descreimiento. Entonces se fue a la puerta de la biblioteca donde junto con Virgilio, el rengo de nacimiento, Luis, el viejo ciego y Cosme, un sabio descartado, pedían limosna a los visitantes. Como tal les daban libros, porque en ese pueblo muchos tenían poquísimas monedas y billetes. Esos libros regalados era muy entretenido leerlos porque allí nos encontrábamos a nosotros mismos con distintos nombres y entonces la vida era menos insulsa, menos aburrida, me confió ella.
-¿Cómo se reconocían, cómo se daban cuenta de que los personajes eran ustedes con otro nombre?-, le pregunté atónita.
-Por las cosas que les pasaban, circunstancias idénticas a las que vivimos pero en distintos lugares y momentos. Como si esos hechos existieran independientes del espacio y del tiempo. Para que me entiendas, es ver una misma película con otros actores y ropas y paisajes pero repitiendo emociones, conductas-, explicó ella con la sencillez y seguridad de quien sabe más de lo que demuestra, sin alarde.
A la semana siguiente, ella entró a la biblioteca para saber qué hacía Don Artífice todas las tardes encerrado allí. Estaba en la última mesa al lado de una ventana cerrada para entorpecerle el paso a los ruidos. A medida que se acercaba lo veía pasar las hojas lentamente de derecha a izquierda. El ceño fruncido y alerta le quitaba el aire despreocupado de sus caminatas.
Ella, como siempre, descalza, pulcra y con los ojos anhelantes, se sentó muy cerca y con enorme curiosidad por la dirección de las páginas, le preguntó:
-¿Lee, Don Artífice, qué lee, el Hebreo...?-
-No, desleo- contestó decidido el hombre y acompañó las palabras con una inclinación de cabeza buscando complicidad para un secreto mal disimulado. A pesar de que el tono de la contestación marcaba la obviedad de la respuesta, ella no se sintió incómoda porque todavía en ese tiempo él le parecía muy sabio, me dijo.
Transcurrieron estaciones. A ella le creció el pelo, cambió su vestido por otro menos claro y se puso calzado. En esta época –final de la historia o principio de otra, como uno quiera verlo- venía, a diario, mucha gente de la capital buscando el amparo de la tierra, el sol y un cielo más pacífico, según le explicaban a los curiosos. Hubo quienes de ellos se agregaron en torno a la puerta de la biblioteca, un hombre en desuso, uniformado con chaquetilla desteñida y sin botones, un cura con la sotana deshilachada apoyado en su muleta rotosa y, a las perdidas, Martita, la prostituta que se hizo famosa por lo bien que tejía y Tomás, el narrador y poeta.
-Los nuevos y los de antes pedíamos, tal vez por indigencia pero más por costumbre-, dudó ella. –Ahora que en el pueblo ya estaban enterados de lo que veíamos en los libros –porque la lengua desparrama tanto como el agua-, nos regalaban unos de tiempos antiquísimos para que siguiéramos encontrándonos en el pasado más viejo y no solo eso, pidieron que, de alguna forma, lo contáramos para entretenerlos. Fue así que la imprenta de Virgilio y Tomás, recién inaugurada, nos dio la posibilidad de que existiera un semanario con los relatos.
En cuanto salió a la calle hubo cola en los kioscos gracias a la voz que iba de unos a otros y todos lo querían, tal vez por interés verdadero o por igualar al vecino o quién sabe en respuesta a qué motivaciones absolutamente impensables, dijo ella que razonó.

Sucedió que una tardecita del año que después pasó lo que pasó, Don Artífice Vequio hizo cola en el kiosco de la plaza y compró el semanario. Esta acción tan igualita a la de todo el pueblo no le llamó la atención a nadie porque justamente todos los nadies ignoraban las habilidades del hombre que desleía y descreía.
Al día siguiente encontramos en el banco de la plaza cercano al sauce donde él se había sentado, el periódico pero en blanco. El hombre lo había desleído por completo y el viento suave hojeaba sus páginas a lo mejor para que viéramos lo sucedido. A partir de ese momento la imprenta dejó de funcionar y fue imposible arreglarla así que el semanario no salió más, contó ella.
Llegó la primavera. Las acacias mostraron minúsculos puntos verdenuevo que de hora en hora se transformaban en hojas, pusimos plantas con flores y la plaza cambió su alegría por otra con colores bien definidos gracias a la mano del sol más intenso. Los amarronados se convirtieron en verdes, los amarillentos en fucsia y el pasto se fue despabilando ineludible.
Don Artífice tomó por costumbre, luego de visitar la iglesia y la biblioteca –rutina que durante meses solo había alterado los días de cobro en los que iba al banco, al almacén y a la librería-, instalarse en la plaza. En el mismo banco cerca del sauce donde había dejado el periódico desleído apoyaba su flamante caja de pinturas y pinceles, armaba el caballete, le ponía papel y hacía estrellas, plazas, paisajes que antes del anochecer desaparecían dejando la hoja tan blanca como al principio.
-¿Usted dibuja, Don Artífice?-, cuenta que le preguntó ella arrodillada sobre el pasto una preciosa tarde casi veraniega.
-No, desdibujo, y despinto también-, dice que le contestó el hombre naturalmente mientras con el pincel mojado en el azul de la acuarela esbozaba un cielo que al ratito despintaba con otro pincel mojado en agua. Lo más impresionante era ver el gesto de satisfacción de Don Artífice cuando la tarea inversa estaba concluida.
El tiempo y todas las cosas pasaban mientras los hábitos de Artífice Vequio sucedían sin interrupción y hubiera querido detenerlo pero no supo cómo, contó ella después que pasó lo que pasó.
Irrumpió el verano. Las acacias de la plaza fueron vastas sombrillas protectoras y el césped se hizo verde brillante, en la fuente el agua silbó los borbotones transparentes y como habíamos pintado los bancos de amarillo, el contraste nos hizo ver un cuadro que deleitaba, describió ella.
Su último día Don Artífice también lo empezó descreyendo en la iglesia iluminada ahora por la fuerza estival que venía a través de los vidrios de colores. Pero después, en forma inesperada, hizo cosas que nunca antes había siquiera intentado: desembrujó y deshadó los cuentos de la librería. Ya sin brujas y sin hadas –lo que significaba el total debilitamiento de la fantasía -, los libros se cerraron herméticos y fue imposible reabrirlos. Cuando el hombre salió del negocio su mirada había cambiado, era torva, insensible, como si esa acción inversa se hubiera llevado la candidez que antes uno creía verle en la sonrisa, contó ella.
Serio y apurado Don Artífice fue a la biblioteca y con inusual frenesí desleyó hasta el último libro y desmanteló el mobiliario destornillándolo. Ella, que sin saber bien por qué cosas de la intuición, ese día lo acompañaba paso a paso, observó ofuscada sus intenciones y sus movimientos que solo querían, imparables, deshacer. Ella no supo cómo detenerlo, dijo.
Era la tardecita cuando cruzaron a la plaza. La brisa se había calmado, los zorzales y algún benteveo iban por el aire. Ella, parada junto al sauce, observó al hombre aprestar el caballete y una a una, despintar todas las hojas que por alguna rareza de su hábito había guardado pintadas.
No bien terminó, Don Artífice Vequio enfurecido dirigió su pincel a las cosas y deshizo la fuente y su agua, los árboles y los bancos amarillos, el césped, la iglesia, la biblioteca, la librería y al final, cansado y triste por primera vez, se fue deshaciendo él mismo, enturbiándose lentamente hasta quedar solo un atisbo de su sonrisa tenue dirigida a ella en una especie de ruego desesperado. A medida que los astros destellaron en el cielo sin nubes, su gesto se debilitó hasta desaparecer.
Ella y el sauce quedaron intactos. Los pájaros que habían huido ante el pincel amenazante del hombre retornaron al minúsculo paisaje. Ella se acomodó en el suelo y observó atenta su entorno en el silencio austero de afuera que era también el propio y en ese estado limpio de pensamientos se le ocurrió que al no existir ya un artífice que deshiciera lo hecho, se podía empezar de nuevo, liberados del deseo aniquilador tal vez tan viejo como ese hombre. Buscaría a sus compañeros para encender la imprenta y fabricar muchos libros, inventarían brujas y hadas diferentes y sobre todo, y antes que todo, elaborarían creencias frescas donde ni la rigidez de los prejuicios –probable causa del disgusto descontrolado de Don Artífice que lo llevó a hacer lo que hizo, se especuló después- ni la indigencia tuviesen palabra para nombrarlos –que es como no existir-, serían creencias que los acostumbrarían a crear los días todos los días con la felicidad y el amor como faro y entonces ya no se buscarían en las historias gastadas para entretenerse con su lectura y ningún artífice, ni nuevo ni viejo, vendría nunca más a deshacerlos.
Dice ella que casi pudo ver cómo sería todo a partir de ese momento y entonces, con mucha paz en su corazón, se fue corriendo para comenzar.

NUEVAS LEYES QUE INCLUYEN


Estoy feliz por la LEY DEL MATRIMONIO GAY, estoy feliz si el DERECHO incluye, las divisiones nos traen sufrimiento y únicamente el AMOR (no solo el romántico)es y será el brazo luminoso capaz de achicarlo hasta que desaparezca.

La división construye MUROS que nos separan de otros que son como nosotros y provoca todo aquello nefasto que no voy a nombrar para que no obtenga identidad con mi palabra.

Solo el AMOR Y LA PLENA CONCIENCIA DE QUE DIOS, (SER SUPREMO, LA LUZ, EL CREADOR, O COMO QUERAMOS DECIRLE) está en nuestro CORAZÓN, son las columnas doradas que nos llevan para encontrar lo mejor.

UN ABRAZO