domingo, 12 de septiembre de 2010

EL CUENTO PREMIADO



Jorge Javier


Cuando vio que eran las seis de la tarde, se levantó del sillón de cuero azul y caminó hacia la oficina de su secretaria. Ella y los demás empleados se habían retirado. Seguramente lo saludaron pero, entretenido con el trabajo, no les prestó atención. Resultaba raro no haber escuchado la voz de Dolores quien, en los últimos días era más que una empleada eficiente. Le gustaba y creía que ella también había empezado a coquetearle.
Jorge Javier Mansilla, gerente de la empresa, llevaba veinte años casado con la misma mujer. Tenían tres hijos adolescentes, una linda casa, un auto nuevo y una vida familiar tranquila, ideal para su gusto.
Había disfrutado algunos romances pasajeros que, sin riesgos, pudo concretar en los viajes de negocios. Él sabía que estaba lejos de brillar en sus roles, no obstante, Celina, su esposa, seguía acompañándolo. Ella era muy buena en todo aunque algo pasada de moda en comparación con las mujeres de los otros gerentes que lucían retocadas y trabajaban en oficinas con hombres que podían admirarlas y hasta... algo más. Celina, su esposa, no, estaba en la casa dedicada a él y a los hijos, como siempre les había gustado, por lo menos a él.
Ellos se querían y también a la costumbre. Pero cuando la rutina tediosa venía a malograrles la vida, trataban, con salidas al cine o cenas con amigos y encuentros inusuales en hoteles caros, de recrear aquel fogoso principio a los veintitantos en el que Celina le murmuraba al oído que él había sido su primer hombre. Sin embargo, sus proyectos estaban impregnados de sabores suaves y a Jorge Javier no le interesaba excederse en ningún ámbito y así evitar complicaciones, no a los altibajos, no a la pasión descontrolada, no a los cambios que pudieran atormentarlo. Casi nada lo seducía demasiado excepto Dolores, su joven, inteligente y hermosa secretaria que, con cautela, le hacía sentir su presencia. Dolores no era bonita pero emanaba una belleza fresca relacionada, sin duda, con su sensibilidad.
Jorge Javier había notado el cambio una tarde que se quedaron trabajando en su oficina. En un instante diminuto ella permaneció quieta, con sus ojos en los de él, diciéndole así callada y por primera vez, cosas que nada tenían que ver con la tarea y entonces la reunión fue un encuentro mágico que cambió el aire. El duende oculto y solapado del deseo había hecho su aparición instalándose adentro y afuera de ellos como si la famosa flecha mitológica hubiera respondido el llamado de los ojos, de los dos.
De a poco, Jorge Javier empezó a tener en cuenta cada movimiento de Dolores y si bien se esforzaba para no demostrarlo, solía agregar un roce de manos que ella tomaba con estudiada indiferencia. En el rincón más profundo de su interioridad sentía la vehemencia del impulso en creciente ebullición y aunque simulaba restarle importancia, madrugaba ansioso para llegar temprano y encontrarla sola en la computadora u organizando la correspondencia.
Una tarde salió del edificio alrededor de las dos para almorzar en el centro comercial. Parado en la esquina esperando que el semáforo lo habilitara a cruzar, vio un auto idéntico al suyo, la curiosidad lo llevó a observar adentro y quedó perplejo: él manejaba muy suelto acompañado de Dolores. Pese al tránsito conversaban con la confianza que se ve en quienes comparten una historia por mínima o insignificante que sea.
Jorge Javier caminó ensimismado hacia la confitería y no almorzó. El té y la aspirina que pidió en su lugar quedaron intactos. Absorto aún en la imagen que se le había impregnado en el pensamiento pagó la cuenta y se volvió.
Dolores conversaba con el cliente que tenía cita a las tres, la situación, por demás ordinaria, también lo sobresaltó porque, de acuerdo a su visión, ella no debía estar allí, ¡y tampoco él!
La llamó a su despacho y le preguntó, con disimulo, si había salido a almorzar. Como respuesta recibió casi una justificación: el presidente de Rear S.A. le había ocupado su horario de descanso, por lo tanto prefería quedarse para adelantar el envío semanal.
No puede ser, repetía callado, esto es una fantasía...una cosa de la imaginación. Terminó extenuado por los nervios. No veía la hora de llegar a su casa y confirmar que allí todo era como siempre.
Así fue, Celina recién llegada de la peluquería lo esperaba lista para ir al cumpleaños de su suegra del que, por supuesto, no tenía noción de que le hubiera comentado.
Esa noche, después de varias copas de vino, soñó con Dolores. Se acariciaban desnudos en el sofá de la oficina. Se despertó excitado y ya no pudo dormir.
Apagó el reloj antes de que sonara, se preparó el mate y lo disfrutó solo en la cocina. Después se dio una ducha apresurada y eligió el traje nuevo con la camisa blanca que abrochó despareja y no le importó, quería correr a la empresa. Necesitaba ver a Dolores, sentir su presencia tranquila y viva al mismo tiempo. Sacó el auto de la cochera y tomó la mano rápida de la autopista hasta el centro, la desesperación por llegar antes que los demás le hacía transpirar las manos. Desacostumbrado a los sobresaltos manejaba torpe y saboreando la idea de esa mujer, la única en ese momento. Cuando la culpa lo zamarreaba la justificación se imponía: Total una aventura más no lo convertiría en mal tipo, con tomar los recaudos para que nadie sufriera...
Jorge Javier se dio cuenta de que el deseo ardiente y no suave le gustaba. En medio del desbarajuste de tránsito y sentimientos, recordó su noviazgo con Celina que desembocó inevitablemente en matrimonio. En los cuatro lustros de amistad de sus padres estuvo dicho que se casarían y ellos habían aceptado cómodos la decisión bienintencionada de los grandes.
Dobló por Marcelo T. de Alvear y al detenerse en el semáforo de Libertad vio a una pareja de la mano. Ella hablaba risueña mientras él desenvolvía un caramelo y la escuchaba con atención, cruzaban en dirección a Libertador. Al principio no se fijó en las caras pero algo familiar lo obligó a hacerlo. Era él con Dolores. Él con el traje azul nuevo y ella con uno rojo encantador como su apasionada sencillez.
¿Estoy soñando? ¿Qué me pasa? ¿Cuál de las dos es la realidad? Tocó bocina preguntándose sin parar y como a esa hora había menos ruido, el otro -que era él- giró la cabeza en su dirección. No supo qué decirle y se agachó como si buscase en la guantera. Su otro él no pareció reconocerlo. Al cambiar la luz arrancó y dio varias vueltas antes de estacionar cosa que le costó porque no podía concentrarse en nada que no fuera Dolores y los interrogantes.
Atravesó el hall hacia el ascensor que se abrió como una invitación a la aventura. Marcó el cinco. Se vio preocupado y canoso en el espejo impecable. Entró a su despacho y se sentó frente al periódico puesto con cuidado sobre el escritorio. Hasta ese momento todo parecía normal. Cuando escuchó pasos, se asomó temeroso a la oficina de Dolores. Allí estaba su secretaria acomodando la mañana, se movía ágil y hermosa vestida de rojo. El saludo de los dos fue un suspiro y Jorge Javier se acercó desesperado dispuesto a abrazarla.
No pudo, retrocedió esforzándose por esconder lo que sentía pero fue inútil. Intentó una explicación e inventó una serie de incongruencias que, en su interior, decían todo lo contrario. Quiso ocultar la pasión y habló de ella, de sus desvelos, de la necesidad física, de los sueños, de la urgencia... Dijo casi todo, menos que se vio con ella. Dolores habló después:
-Yo también te quiero-, murmuró mientras le mostraba los dos pasajes a Río de Janeiro.
Jorge Javier se pasó la mano por la cara y la cabeza y se acercó sin atreverse a más.
-¿Sabe Celina?-, le preguntó ella naturalmente.
A él le corrió hielo por la espalda. No recordaba ningún viaje inminente ni haber hablado con Mr.Jones al respecto. Tendré que pedir hora con... con un médico, un psicólogo, un curandero, como Mia Farrow en aquella película, ¿era Chino o?... que me saque de esto, que me despierte o me duerma del todo. Lo único que pudo hacer fue acercarse a Dolores y besarla. Aunque con miedo, rompió sus barreras y profundizó en su boca, dejó que sucediera, sin pensar, y lo disfrutó como a una porción de eternidad desconocida que de pronto dulcificara todas las cosas. Ella lo acarició, perfumada, invisible y real; la sentía desaparecer para volver a crearse con cada caricia. Fueron varios minutos hasta que sonó el teléfono y Jorge Javier atendió, era Celina para avisarle que se había olvidado la valija. Preguntaba si prefería que se la alcanzara. Confundido y todavía en los brazos de su secretaria invitó a Celina a almorzar. ¿Entonces, ella sabe del viaje?... Urgente al curandero chino. Jorge Javier se encontró en los ojos de Dolores y reconoció que no podría desprenderse. Sea lo que sea se siente maravilloso. Pensó resuelto y supo que la vida iría hacia delante.
Trabajaron hasta las doce, hora en que llegó Celina al despacho.
Nunca su mujer le había parecido tan hermosa; tal vez por la vieja costumbre de verla no la veía. La recibieron con halagos que ella agradeció con gracia, hasta el ácido Mr. Jones se iluminó al cruzársela en el pasillo.
Jorge Javier y Celina comieron en un lujoso hotel vecino y charlaron como antes, con interés. La presencia del pasado insípido empujaba para que el presente y quizás el incierto futuro no lo fueran.
Se despidieron en la puerta del hotel con un beso igual a aquél que, a escondidas, sellaba los pactos del noviazgo. La vio irse en una ensoñación donde ella, lindísima, vestida de celeste, se hacía invisible y se recreaba con cada paso.
Era la hora de salir para el aeropuerto, Jorge Javier se apresuró a cruzar, vio otra vez su auto detenido en el semáforo. Miró hacia adentro con menos miedo, más acostumbrado a encontrarse en situaciones impensadas. Allí estaba, muy feliz, besando a su esposa vestida de celeste. Le pareció que su realidad podía modificarse sin aviso. No le importó demasiado. Miró la calle, los autos, el cielo limpio y se distrajo con dos globos amarillos que viajaban hacia la luz, revisó los bolsillos buscando caramelos y entró a la empresa listo para partir, presuroso, entusiasmado.

sábado, 11 de septiembre de 2010

OTRO TEJIDO RECIÉN TERMINADO


Este conjunto lo hice para la preciosa JULIA CICILIANI que acaba de venir a la vida.

EL CUMPLEAÑOS DEL SOL



No me equivoqué, a propósito escribí EL CUMPLEAÑOS DEL SOL porque así me sentí el domingo cino en EL CUMPLEAÑOS DE SOL, una de mis queridas ahijadas. Ella es decidida, inteligente, sagaz, buenísima piba, cariñosa, solidaria, y todo eso provoca que el SOL CUMPLA AÑOS Y SE RENUEVE, PORQUE ASÍ NOS RENUEVA LA VIDA.

TENGO LA BENDICIÓN DE TENER AHIJADOS MARAVILLOSOS, MARÍA SOL ES UNA DE ELLAS, UN HERMOSO REGALO DE VEINTICUATRO.