sábado, 27 de noviembre de 2010

LA PUERTA

Comparto con ustedes el cuento finalista del Certamen de Literatura de Tres de Febrero:

LA PUERTA

Recién a los trece años empecé a deleitarme con lo que hasta entonces las ganas de jugar habían postergado. La mirada del río, los árboles recortados en el cielo cambiante, las cartas de mi amiga Cecilia y la maravilla de leer conformaron mi flamante realidad.
Dediqué los veranos a los libros que me regalaba Lucio. Nuestro pensativo quiosquero me advertía que a lo mejor no eran para mi edad pero mi papá aseguraba que los libros de buena escritura son apropiados para todos y que igual, aunque algo no entendiera, las palabras provocarían un aleteo, un gesto de libertad a punto de convertirse en vuelo y que eso era lo importante.
Corría las diez cuadras con el impredecible equipaje envuelto y la ansiedad desenvuelta y lista para las palabras nuevas. Entraba por la puertita del frente desgarrando el plástico y me acomodaba en el cobijo del fresno del fondo.
A los trece fueron novelas románticas y de terror, a los catorce irrumpieron los misterios donde fascinantes laberintos abrían los ojos de sus tramas turbias. Apoyada en el árbol generoso iba por los pasadizos y las calles lóbregas con asesinos en cierne. Inmersa en el encanto de cada urdimbre descubrí que las puertas me obsesionaban. A veces eran el comienzo del enigma, otras, la luz que lo descifraba, y siempre decían algo. En cambio las de mi casa –de madera opaca- parecían testigos mudos de nuestra vida sencilla en el Barrio San José donde crecí con mi papá y una sola foto de mi mamá que él guardaba adentro del ropero con la puerta siempre cerrada.
En la víspera de los quince escogí lo que llamamos iglesia–no terminada aún y preciosa de todas maneras- como lugar de lectura. La paz y la soledad fresca de su interior me conmovieron.
Creo, a la distancia, que necesitaba ir más allá del fresno del fondo y de las puertas opacas y silenciosas de mi casa.
El primer día de esas vacaciones cargué el libro y una manzana y salí. Crucé corriendo el campito que separa mi barrio del río, reflejo manso de su paisaje en ese tramo. Luego de unos metros de soledad llegué al otro campito donde algunos veían a la Virgen, allí me tiré a descansar, y a esperarla. No entendí de dónde me nació ese impulso porque mi educación religiosa brillaba por su ausencia, si le preguntaba a mi papá por Dios él respondía: “Está en todos lados y en nosotros”. Quizás su natural veracidad, sin frases hechas ni avisos sobre cielos e infiernos, no me inducía a indagar más, igual que con la ausencia de mi mamá.
Ahora, viéndome sobre el césped de ese verano presumo, casi con certeza, que la aparición esperada era otra.
A las once entré al templo por la amplia puerta lustrada. El silencio de sus paredes altísimas fue una caricia. Me senté en uno de los últimos bancos en dirección al altar sobrio. Había una mesa con mantel blanco que sostenía el atril y la Biblia, al costado un portavelas de pie con un velón y cerca, la Virgen con el hijo. Me concentré en la lectura y comí la manzana.
Recién cuando las sombras se estiraron puse atención en el otro costado del altar y vi la puerta. Era un recorte con manija en la pared celeste que formaba el cielo de fondo para la madre y el hijo. Era una puerta distinta, inesperada. Deduje que por allí entrarían los curas para las misas y con creciente inquietud conjeturé sin parar influida por mi libro donde detrás de una puerta cerrada se escondía el secreto de todo.
Al día siguiente entré inquieta. Algunas personas iban y venían deteniéndose en la cúpula central que termina en un espacio cristalino, precioso. Me acomodé más adelante con los ojos en mi nueva obsesión. Después de unos minutos decidí leer sin abandonar la vigilancia de la puerta. En un atisbo vi un chico descalzo que caminaba rápido y se paraba frente a ella. A los pocos segundos una mano emergió de su garganta y lo tiró para adentro. Cerré el libro y salí corriendo hasta el campito donde tuve que parar porque me dolía el estómago.
De regreso mis presunciones eran atroces: “robarían personas para..., los noticieros hablaban de... ¿serían extraterrestres? Investigaría, no, ni loca...sí, ¡sí!”. Por primera vez mis miedos se refugiaron desesperados en un cosquilleo desconocido y el deseo de escribir emergió nuevo, indefectible.
Entré a mi casa, saqué la foto del ropero y le hablé como otras veces:
-Voy a golpear esa puerta, mamá. Después de guardarla con cuidado busqué lo necesario y me guarecí en la sombra acogedora de mi árbol.
En los días que siguieron vi más chicos y también adolescentes que eran tragados por la puerta del cielo. Yo escribía con el miedo como pésimo interlocutor y así dilataba el momento crucial que daba vueltas en mi cabeza. Antes de enfrentarme de una vez, vigilé el barrio en la búsqueda de indicios pero solo encontré casas insospechables y el quiosco de Lucio cerrado.
Elegí un día en que el verano era una llama incandescente. Entré al templo cerca de las doce, caminé sin apuro pese al deseo de apurarme. Llegué por fin a la puerta de ese cielo que de cerca sentí gris. La mirilla, invisible de lejos, se movió al mismo tiempo que salió un brazo apurado y me hizo entrar. La joven mujer sonrió y dijo:
-Hiciste bien en venir.
La seguí atónita por el lúgubre pasillo de paredes sin revocar.
-Me llamo Silvia Gracia-, agregó en el camino.
-Magdalena, me dicen Magda-, murmuré más sola que nunca y a punto de llorar.
Al final de la penumbra del principio, la realidad estalló distinta de aquel terror ahora viejo. Era una gran construcción con ventanales por donde el sol jugaba a través de las cortinas anaranjadas. Había olor a limpio, a pan horneándose, a cosas de la casa. Gente de distinta edad trajinaba envuelta en un simple murmullo que me pareció el sonido de la alegría. En el sector cocina se hacía el almuerzo y las viandas, en otro las mujeres cosían; los chicos escuchaban un cuento en el rincón infantil.
-Magdalena, hoy te precisamos en la cocina, hay que pelar fruta.
El velo del misterio se había corrido. La incertidumbre que me quitara hasta los sueños se convertía en la certeza provocada por sentimientos nuevos y claros.
-Este hogar es La Casa del Sol, Magda. Acá todos somos necesarios, hacemos viandas económicas, comemos, tenemos un coro, una carpintería, talleres, compartimos... para vivir, hacemos la vida con menos reclamos y más acción. La queja te inmoviliza, Magda... -, me explicó dulcemente Silvia Gracia en su bienvenida.
Con las sombras calurosas y largas, salí por la calle lateral y llegué a mi casa, liviana, casi libre. Le conté todo a mi papá. Esa tarde él me cebó mate y juntos nos reímos del miedo que me habían provocado mis presunciones fantasiosas.
-Sé del hogar, hija, como no leés el diario... –Hizo una pausa y siguió–. También será un aleteo de prueba para que vueles...para que aprendas a elegir tu destino, –me dijo acariciándome la cabeza.
Durante años fui diariamente a La Casa del Sol donde crecí. Hubo sacrificios, alegría y problemas pero allí supe que no necesitaba dogmas, ni religiosos ni políticos, para que el amor fuese un faro en todo momento.
Con su llamado tenaz la lectura equilibró lenta y minuciosa mi afán por escribir; las conjeturas se debilitaron cuando entendí que lo aparente dispara la opinión que me puede conducir hacia lo equivocado.
Mi mamá no regresó. Al observar su foto me veo y le digo que mis deseos más profundos se cumplen inexorablemente y de la mejor forma aunque a veces parezcan no coincidir con lo imaginado.
Desde aquella primera vez en La Casa del Sol con el inesperado descubrimiento de un sentir nuevo y una vida distinta, Silvia Gracia me ha ayudado a que las puertas no sean un obstáculo ni una inquietante obsesión; junto a ella abrí muchas, todas las infinitas imprescindibles para poder, hoy, escribir este cuento.